Suicide club: Diferentes formas de morir viendo un solo film

Por: Alberto Luna

Hoy abordaré un tema que es muy importante para mí desde el rubro que trato constantemente, es decir el cine, o la producción cinematográfica para ser más específico. Hasta ahora no había tocado la línea del cine oriental, el cual me ha marcado profundamente ya que desde pequeño fui un gran seguidor de la cultura japonesa, la misma que llegó a mí, como a tantos otros, a través de la animación (Saint Seiya, Dragon ball, Evangelion, etc.), posteriormente me vi un poco más inmerso en toda esta cultura gracias a la capacidad de los orientales para explotar el recurso de la sangre y la violencia de manera bastante acertada. Gracias a la necesidad de saciar mis más sádicas fantasías adolescentes fue que descubrí grandes títulos del cine oriental (japonés sobre todo), aun así mi conocimiento sobre esta industria del este es bastante escaso, más todavía que el que tengo del correspondiente a nuestro hemisferio, debo confesar.

En esta ocasión me ocuparé de una de las películas más interesantes que he visto; antes debo aclara que aquellas referencias generales que haga no incluyen a esos títulos de terror coreano (si no me equivoco) que han pasado por nuestra cartelera en diversas oportunidades y, desde mi modesto punto de vista, no me llaman ni un poquito la atención, todas me parecen iguales y la gente me dice “pero dan miedo”, a lo que yo respondo “no me interesa”. La película a la que hago referencia y el eje de esta publicación es “Suicide club” o “Suicide circle” (o “Jisatsu Sakuru” en japonés) dirigida por el talentoso Sion Sono, quien además de cineasta es poeta. El título por sí solo resulta ya bastante provocador e insinuante, coquetea muy descaradamente con nuestro lado más retorcido y reprimido.

La temática ha sido replanteada hace pocos años en una producción hollywoodense titulada, si la memoria no me falla, “El fin de los tiempos”, agradable y entretenida pero sin mayor trascendencia. Reseñando brevemente esta película, recuerdo que de un momento a otro en una de las grandes metrópolis estadounidenses la gente comete suicidios en masa. La respuesta que nos brinda la película es que tras años de contaminación y maltrato a la naturaleza, ésta ha decidido cobrar venganza produciendo un extraño químico que inhibe la parte de nuestro cerebro encargada del instinto de autoconservación; como imaginan, ha resultado un típico producto de la poética del cine norteamericano de género. Años antes de El fin de los tiempos, Suicide club ya había ganado bastantes premios apelando a una historia similar pero con un giro de acontecimientos diferente.

La escena inicial es, sin exagerar, un auténtico baño de sangre (es precisamente el video que les dejo adjunto, perdonen la calidad pero fue lo mejor que conseguí); en una estación de metro en Tokyo un gran grupo de colegialas se toman de las manos y saltan a las vías del tren justo cuando éste se encuentra a punto de arribar en el andén, la primera toma después del salto muestra como la cabeza de una de las chicas queda sobre una de las vías en donde inmediatamente estalla al ser alcanzada por la primera rueda del vehículo. Así es como empieza este grotesco tránsito fílmico de corte medio policial aunque alguna crítica lo ha enclaustrado en el género del “horror-gore”, calificación que no termina de convencerme. Sin embargo, todo este despliegue de violencia explícita no es una forma de distraer al espectador de una narración sin sentido o carente de contenido, contrariamente el verdadero valor del film se halla en la trama, la misma que se encuentra sumergida en el mar de sangre y vísceras.

El relato invita a cuestionar la visión que se tiene del “otro”, es decir, todo aquello que es ajeno al “yo”, siendo visto este “otro” inicialmente como el enemigo desde el aspecto policial, para luego convertirse en el “otro” en general, desde la visión humana y las relaciones inter e intrapersonales. A diferencia de la otra película citada líneas arriba, en Suicide club la historia sí admite al hombre como ejecutor de su propia destrucción, una visión totalmente desesperanzadora y, por qué no decirlo, posmoderna de la sociedad, agregando el plus del agobio tecnológico e informático.

Suicide club, tiene tal vez algunos puntos débiles en la narración que prefiero no molestarme en mencionar porque de todos modos no restan mérito alguno a la obra en general. Es sin lugar a dudas una producción cruda y entrañable (usando la palabra en un extensión distinta) que sabe reflejar bastante bien su espíritu tanto en el aspecto visual como en el discursivo. Altamente recomendable pero sólo para estómagos, corazones y mentes fuertes, le doy las tres calificaciones (la primera relacionada a lo repugnante, la segunda a la capacidad de tensionar o asustar, y la tercera por el impacto psicológico que pueda causar) aunque la película no asuste en realidad, pero el clima que puede crear a lo largo de la cinta sí es capaz de mantener en suspenso. Y para aquellos que tengan la oportunidad de verla o la hayan visto ya, quisiera agregar que mi escena favorita es la de los suicidios en cadena que comienza con las cuatro mujeres conversando sobre la utilidad de la vida, la manera de entrelazar tomas y mezclar de alguna manera lo cómico y rutinario con aquello otro tan atroz es magistral. Realmente merece el tiempo que se le deba dedicar a este film para poder apreciar la lectura que tiene el realizador sobre la vida, su significado y como esta se puede terminar.

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