El País que busca un nombre

Por: Fausto Barragán

José Rosas Ribeyro (Lima, 1949), poeta, quien da sus primeros pasos en esporádicas publicaciones en la década de 60, editor de la revista Estación reunida (1966- 1968), y más adelante miembro del movimiento Infra realista de México, irrumpe en la escena literaria actual, sorprendiéndonos no con un poemario, sino con la que sería su primera novela. El nombre de esta incipiente incursión narrativa, curiosamente: País sin nombre.

La novela nos ubica en un país extrañamente anónimo, en donde, Javier Rosales, su protagonista, hará partícipe al lector de su vida, la misma, de la que no está completamente seguro si en verdad vivió. Javier Rosales Riquelme, es una de las víctimas de un régimen dictatorial, quien proscrito hacia tierras del norte junto a otros personajes, entre intelectuales y figuras públicas, se encuentra cuestionando no sólo su condición de ser humano, sino también el grado de identificación con ese lugar al que llama “su País”. A partir de esta escena, la novela toma un abrupto giro que nos remonta al pasado del narrador. Este tránsito retrospectivo, no es más que una astuta manera de iniciar con la odisea de su vida, relatando los momentos a partir de su ingreso a la universidad, por la cual atravesará un tortuoso camino propio de una vida incierta y montaraz, hasta engarzarnos nuevamente al presente del relato, al de su forzado viaje.

Las características del personaje central, son las de un joven salido de una familia pequeño burguesa, modestamente bien ubicada en la capital, el cual, adolece de objetivos concretos y rumbos que tomar en su vida. Esa simple apreciación, nos permite imaginar a alguien con mucho tiempo libre, sin nada claro aún, libre de dramáticas elecciones, en definitiva, falto de norte (irónicamente a donde se dirige en el transcurso del relato), pero lo curioso estriba, en que al parecer no necesita de una. Su único baluarte será el interés por la literatura, pero ojo, sin asomar éste de forma ávida y voraz, pues en cada elucubración, comentario, y sugerencias -no sólo entre los personajes, sino también hacia el mismo lector-, se percibe por sí sola y sin remilgo de más, una sólida formación no sólo literaria, sino cultural. La atmósfera de la novela está cargada por dos fuerzas que la tensionan. Por un lado, una esfera de calma y sosiego, advertida en momentos como en los que vive en casa de sus padres disfrutando de una vida ajena de responsabilidades, en los que conozca de cachimbo a sus nuevos compañeros -alguno de ellos compañeros en lo que dure la historia-, al igual que cuando departa en cantinas con poetas y demás excéntricos personajes que frecuentan su grupo; pero también, hay momentos que logran cambiarle la cara a la situación, como en la repentina salida de su hogar, en las responsabilidades que súbita y violentamente le golpean la cara, y también, en momentos en los cuales corra peligro su propia vida. Ese será el ritmo que logre primar en la narración: la cálida y amena anécdota, sucedida por un incierto suspenso que aguarda a la vuelta de la esquina. En resumen, un constante “tira y afloja”.

Los personajes adquieren un matiz peculiar dentro de la trama. Es que ella, no es la simple narración lineal de una historia mezquina, arrebatada toda, por la voz y perspectiva del protagonista y o narrador. No. País sin nombre, si bien encomienda la disposición de su narración a un personaje en particular (Javier Rosales), no se ciñe sólo en él y sus experiencias, sino que va de la mano con gran parte de la historia peruana (específicamente urbana) desde fines de los 60´s hasta gran parte de los 70´s. Es decir, que la vida del protagonista dialoga de forma equitativa con su contexto social. Ello, nos exhorta a imbuirnos en datos, hechos, anécdotas, pero sobre todo, en una inmensidad de personajes que pueblan este pequeño universo, insuflándole una dosis precisa de verosimilitud a una colectividad o grupo sumamente heterogéneo, pero afines, al compartir los mismos intereses, miedos e inseguridades.

Otro de los elementos que le suman a la novela, son los constantes diálogos e interpelaciones que el narrador dirige al lector, buscando de forma directa, atrevida y sin reparo alguno, la conexión necesaria que lo mantenga al pendiente, sin siquiera pestañear. Así, en muchos capítulos la narración puede ser interrumpida abruptamente por un llamado a la atención del lector, como también por preguntas que prueban no sólo cuán concentrado está en su lectura, sino su propio bagaje cultural “No se cuántos de ustedes, queridos lectores de estas páginas de memoria fugaz y olvidos perennes, sabe sobre los protagonistas de la guerra de España.” (Pág.122) Y por supuesto, no está demás mencionar la dosis necesaria de humor, sea en la situación que se encuentre, recordándonos a cada instante, que esa persona maltratada por el destino, es aún la misma de las primeras páginas, en este caso, al compartir un cita muy elocuente acorde a la situación que atraviesa: “Debo confesar, sin embargo, que esto que cito ahora, a treinta años y más de los hechos, no es que me lo sepa de memoria y haya pasado automáticamente del recuerdo a las yemas de mis dedos, y de las yemas de mis dedos a las yemas del ordenador. No. He hecho trampa. Tengo el libro aquí al lado.” (Pág.515)

Existe una carencia de personajes concretos y logrados –salvo el protagonista-, sin que ello obedezca a deficiencias o falta de rigurosidad por parte del autor, ya que en la historia, tales personajes, están de más. Su atractivo radica en el denso mosaico social que ellos representan; las voces, los rostros, las experiencias, la pluralidad de sentimientos y sensaciones, hacen sucumbir cualquier tentativa protagónica de un potencial héroe de novela clásica, para ser reemplazado por un simpático y simple turista envuelto en un viaje a través de sus propios recuerdos, en busca de una explicación ante el estado de incertidumbre y soledad que no deja de perseguirlo. “Un hombre libre es sinónimo de un hombre solitario, si consignas, sin caminos elegidos por otros, sin órdenes que cumplir. Estoy solo con mi conciencia, mis valores, mis principios, mis temores y mi cobardía.” (Pág. 454) Este “País sin nombre”, es el lugar donde interactúan como espectros, voces con máscaras no tan disímiles a sus referentes en la vida real. Tal carácter, le suma una consistencia extraordinaria a la naturaleza de la novela, revistiéndola de una coraza tan fuerte como la del texto testimonial. Así es. Sería una inevitable forma de consumir la novela, no sólo como el mismo narrador y autor se esfuerzan en sugerir (como un producto ficcional), sino como naturalmente se podría colegir: como las confesiones de un poeta sobre los momentos decisivos de su vida.

Llena de precisiones e imprecisiones dentro de la narración, de la recurrencia del “he olvidado”, de sus “fulanos y menganos”, y la constante mención de su “memoria desmemoriada”, País sin nombre se define como un detallado trabajo que busca representar lo que fue parte de la historia de su protagonista, del entorno social que lo marcó, y sobretodo, del proceso -aún inconcluso- de adopción de una identidad. Por eso, no escatima en sentenciar frases como: “Somos campeones del reciclaje ideológico, somos un objeto ideológico no identificado, que admiran los extranjeros ávidos de exotismo. Cuando nos ven disfrazados y pavoneándonos con una pluma en el culo, nos adoran. Y cuando intentamos ser sencillamente seres humanos, nos ignoran.”(Pág.407). La vida y experiencia hablan por él. Existen, pues, razones suficientes para sensibilizarse y dejarse seducir por la historia de su vida, y porqué no, la de su tan ingrato, odiado, apestado, pero a la vez querido, “País si nombre”.

El sábado 7 de enero, parte de este texto salió publicado en el diario La República.

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