“La poesía de la pansensualidad”. Una entrevista con Julio Heredia

Por: Fausto Barragán

 

 

 

Recuerdo que hace meses tenía en mente entrevistar a uno de los miembros del grupo “Kloaka” que, a mi parecer, se diferencia notoriamente del resto. Julio Heredia (1959), poeta limeño quien hace sus primeras apariciones en 1982, con su poemario “El libro de los instintos”, con el que ganó el premio nacional José Gálvez Barrenechea, no ha cesado de sorprendernos con diversas entregas, a las cuales, curiosamente le anteceden la palabra “Libros”. Eso explica el proyecto estético que cuaja desde la década de los 80´s hasta la actualidad, un proyecto de continuidad que no implique una ruptura al final de cada poemario, sino más bien una pausa, un cambio de página, un capítulo más de su obra total. Más adelante publicaría “Libro de los muchachos chinos” (1989), texto que tiene como sustrato gran parte de su estadía en China, entre otros, cada uno de ellos, dialogando siempre entre sí. Es esta búsqueda estética de la esencia en su trabajo la que me permite hablar de él como un poeta, y me entusiasma el publicar al menos una parte, de la vida de este destacado poeta peruano.

 

¿Cuáles fueron los primeros libros que te motivaron a desarrollar el interés y la práctica literaria?

No tengo una memoria exacta de los títulos que haya podido leer en la adolescencia, lo que tengo es una noción bastante clara del clima que pudo haberme influenciado. Creo que ese clima influye y determina mi vocación literaria: los Barrios Altos, donde nací; un sector de Lima que tenía mucho de vestigio colonial y un color local criollo popular. Me parece que la decadencia de ese rincón de Lima no era aún patente, aunque ya había zonas, hacia el fondo, cerca del cementerio, con presencia delincuencial. Pero por lo menos el marco donde yo nací, alrededor de la Plaza Italia, siendo popular e incluso pobre, tenía todavía cierta pretensión de ciudad. Por momentos debo haberme sentido, curiosamente, en el Centro. Ese clima debe haberme hecho tomar conciencia, muy temprano, que continuaba una tradición cultural, y esa tradición era la llamada “criolla”, porque mis padres lo eran, y mis tíos, etc. De ello se desprende que la música criolla acompañó mis primeros años, aunque, irónicamente, de niño no me gustara, pero ya  adolescente me di cuenta que me sabía de memoria las letras de esos valses. En la universidad, me percaté que la gente de mi entorno, compañeros -poetas, profesores, gente generalmente mayor-  consumía este tipo de música, pero nunca acertaba tanto como yo con las letras. Cuando uno lee las estrofas de las canciones de Manuel Covarrubias, por ejemplo, o de Felipe Pinglo Alva, por supuesto, se encuentra con un sustrato literario bien interesante. Y eso, posiblemente, no porque fueran demasiado amantes de la literatura, sino porque entonces todavía la “Cultura” influenciaba a las capas populares, y como creo que ha dicho Borges, esas capas imitaban a la cultura “culta”. A veces son casi perfectos versos modernistas y no necesariamente románticos. Entonces mis primeras influencias son esas. Es por eso que varios de los epígrafes de mis poemarios están tomados de algunos valses de Lima.

 

¿Cómo crees que el panorama universitario dialogó con tu práctica de poeta, asumiendo que ingresaste a la universidad con un poemario bajo el brazo?

Bueno, ya he contado que el primer examen de ingreso, que me ilusionó mucho y  que estaba convencido de haber resuelto brillantemente, fue anulado al descubrirse un fraude. Logré ingresar a San Marcos después, pero casi de mala gana. Dentro, mi situación como estudiante fue ambigua y contradictoria. Por un lado estuve muy entusiasmado de encontrar profesores tan motivadores como Manuel Velázquez Rojas y Antonio Cornejo Polar y poetas tan  destacados como Washington Delgado y Francisco Bendezú (ahora me percato que en Literatura había en general un nivel muy alto) pero al mismo tiempo el clima político que había en San Marcos me desazonó. Yo era una persona muy tímida todavía y creo que por timidez me dejaba arrastrar por determinadas corrientes materialistas siendo que muy temprano me había convencido la democracia como sistema y ya desde adolescente mi temperamento me inducía más a la metafísica. Había un clima politizado al máximo, todo el mundo era no sólo de izquierda, sino fundamentalmente marxista y maoísta, es el caso de Roger Santiváñez y de Dalmacia Ruíz Rosas, que fueron mis primeros amigos en la Universidad. Yo era secretamente escéptico de la “revolución” armada, pero asistí algunas veces a “talleres” de adoctrinamiento. Me sentía obviamente muy del lado del pueblo, de lo popular, sentía que provenía de allí, y ansiaba una transformación en el Perú que impusiera la  justicia social en democracia. Parece que la “tercera vía” me había seducido.  San Marcos, efectivamente,  fue para mí muy motivadora desde el punto de vista literario, pero decepcionante en lo político.

Me parece que intuitivamente opté rápidamente por la libertad, es decir, preferí las opciones que consideraban al individuo y su complejidad. Quizá entonces no lo tenía muy claro, pero ahora me doy cuenta que era ya un librepensador. Tengo la convicción que el altruismo, la solidaridad, la fraternidad, el amor, sólo pueden surgir de un sujeto –el individuo? a quien se le acuerda valor absoluto. Ni siquiera la democracia puede imponerse a los pueblos bajo la coartada de su superioridad moral. Admito que es una postura más bien filosófica y que en la práctica induciría al relativismo o a la indulgencia respecto del Poder,  cualquiera que este fuere. Pero, en mi visión, tal postura debe acompañarse de una ética, y esa ética sostiene una acción crítica (y autocrítica) y contributiva. Más que al “compromiso” de que hablaba Sartre, lo que digo se emparenta a la noción del deber.

Creo que uno no solo siente sino también piensa según su temperamento, es por eso que una propuesta que se suponía revolucionaria y liberadora, como la marxista, como la comunista, a mi me aterró, y la percibí tan castradora como el catolicismo medieval. Para remate, poquísimo tiempo después, viví en carne propia la acción delirante de Sendero luminoso. Yo había comenzado a trabajar muy temprano en periodismo, después de trabajar en El Diario de Marka pasé a Caretas, entonces gente cercana, estudiantes de Letras como yo, dirigentes, en la Ciudad universitaria, comenzó a atacarme porque “me había vendido a la burguesía”, por escribir en Caretas. Incluso llegaron a agredirme físicamente. Algunos de los que ahora con ligereza me tildan de derechista, de fujimorista, o cosas por el estilo, podrían tomarse el tiempo de analizar las causas de mis posiciones actuales. Ya he contado alguna vez que comenzando nomás la década violenta de los 80, no solo me libré de lo de Uchuraccay, donde perdí a mis dos colegas entrañables de El Observador (Jorge Luis Mendívil y Willy Retto) sino también a mi compañero de carpeta de la Secundaria, y a mi mejor amigo de entonces, Miguel Portugal. Jamás he caído, sin embargo, en el macartismo ni en la delación. La gran mayoría de mis amigos sigue siendo de izquierda y yo comparto aún con ellos algunos sueños y combates. Y tengo siempre al cristianismo, al taoísmo y al budismo como mis grandes soportes ideológicos.

 

 ¿Recuerdas alguna relación con los de Hora Zero? Al ser ellos sus predecesores en cuanto a la propuesta poética iconoclasta, es seguro que la tuvieron. ¿Qué me puedes decir sobre ello?

Guardo mucho afecto por varios de los poetas de Hora Zero, por Jorge Pimentel, especialmente, y  por Juan Ramírez Ruiz, como ya te dije. A los dos nombrados y a Enrique Verástegui, me parece, debe corresponderles el título de renovadores del lenguaje de la poesía peruana de la segunda mitad del siglo XX, más que a los poetas mayores de la década del 60. Abundando en la respuesta que me pides, te contaré que Juan Ramírez Ruiz, desde que yo publiqué mis primeros poemas, trató de convencerme de que yo era “un grande”, es difícil decir esto ahora que ya está muerto y que no puede venir a desmentirme, pero te lo digo para que te hagas una idea de lo entrañable que puede ser para mí. De Verástegui guardo diálogos invalorables en mi etapa formativa en algún café o en su casa de entonces; es, sin duda, uno de los príncipes de nuestra poesía, así fuere sólo por su primer libro. Y está Eloy Jáuregui, brillante intelectual que ha sabido no salir del barrio, con quien comparto tantas cosas como es lógico, pues él sale de Surquillo y yo de los Barrios Altos. E incluso Tulio Mora tan gruñón ( o tan “niñín” como diría Vallejo) no me convoca sino admiración y respeto.

 

¿Cómo llegas al grupo literario Kloaka; cuál es el vínculo, el elemento en común que te permitió adherirte a ellos, y claro está, los comentarios que te deja?

Varias veces me han preguntado eso, y creo que nunca he respondido como te voy a responder ahora. Yo ingresé a Kloaka porque tuve un arrobamiento amoroso con alguien que ya integraba ese grupo. En el curso del  año el 82, creo, Roger Santiváñez, Edián Novoa, Mariela Dreyfus y Guillermo Gutiérrez habían creado Kloaka. Por entonces, yo había  decidido no pertenecer a ningún grupo. Había tenido una experiencia muy temprana, apenas ingresado a San Marcos, en el grupo llamado La sagrada familia, al cual me habían llevado  Roger Santiváñez y Dalmacia Ruiz Rosas. Era un grupo que pretendía emular a Hora Zero  pero al mismo tiempo diferenciarse. Entonces los de Hora Zero veían a los integrantes de La sagrada familia como “pitucos de izquierda”, en ese tiempo no se había acuñado el término “caviar” (risas). Estaban allí además de la pareja nombrada, Edgard O´hara, Guillermo Niño de Guzmán, Luis Alberto Castillo, Eleonora Falco, creo que Juan Luis Dammert, Luis Rebaza, Enrique Sánchez Hernani, luego se integró  Carlos López Degregory, y Óscar Malca y yo, que éramos los más jóvenes. Dentro ya del grupo, me pareció una cosa infructuosa, el escenario para la lucha entre los narcisismos más desenfrenados. Me salí un tanto decepcionado y al poco tiempo el grupo se deshizo. Ahora, que lo veo en retrospectiva, me parece que fue divertido e instructivo: nos juntábamos, hacíamos bohemia, me parece que el nivel intelectual y creativo de sus miembros era alto…bueno, disculpa la sinceridad: todo lo anterior a la década del 90 me parece más nutricio en comparación con lo que tenemos ahora. Luego, los de Hora Zero quisieron jalarme, e incluso un día en una borrachera dije: “me uno a ustedes”, o una cosa por el estilo. Y después publicaron un artículo en el Diario de Marka, histórico periódico de izquierda que existía en esa época, diciendo que yo me había incorporado a Hora Zero, con Roger Santiváñez, Dalmacia, entre otros, y yo lo desmentí. Desde entonces, creo, Tulio Mora, me tiene una gran bronca…quizá sea solo aparente, pues a pesar de las diferencias, yo siempre les he profesado una gran amistad y admiración, incluyendo a Juan Ramírez Ruiz que ya se había apartado del movimiento, y que fue mi gran amigo. Volviendo a Kloaka,  ya entrado el año 82, me reencuentro con Roger, me cuenta que han fundado un nuevo movimiento llamado “Kloaka”, y como siempre hubo mucho afecto entre nosotros, decido hacerles una entrevista para la revista Gente, donde yo trabajaba en ese momento. Fue una entrevista amplia. Proponían allí la “pansensualidad”,  y si alguna postura política quedaba clara, era la apuesta por la libertad amatoria y sexual. Se reivindicaba practicas marginalizadas o estigmatizadas socialmente. Eso me pareció valiente, útil, novedoso. Y terminé incorporándome a Kloaka donde además se encontraba el sujeto de mi amor (risas). Pero al poco tiempo se radicalizó la postura desde el lado marxista militante y, sobre todo, fue mal vista y condenada por Mariela Dreyfus, una de las fundadoras, la relación que mantuve con uno de los miembros del Grupo. Entonces, fue evidente para mí que ya nada tenía que hacer allí.

 

¿Cuánta presión o influencia representó la presencia de Sendero Luminoso en Kloaka y en ti?

Mientras yo estuve en Kloaka no hubo ninguna acción ni manifestación que fuera explícitamente pro-senderista o pro-subversiva. Creo que algunos de ellos se autoconferían una misión revolucionaria, pero eran cercanos a partidos legales. Yo, en tanto periodista, estuve tres veces en Ayacucho y esa experiencia fue para mí definitiva: Sendero era una deriva desquiciada y criminal.

 

Sobre algunas las influencias de poetas mayores ¿Qué te dejó Juan Gonzalo Rose?

Guauuu….ya no me queda aliento para responderte esa pregunta. La influencia que he recibió de él, más que literaria es de vida, me ha quedado su soplo agónico que contenía toda su vitalidad tormentosa y prodigiosa. Creo que he respondido antes esta pregunta. No me cabe duda que fue un ser tocado por la divinidad, una persona que vivía en olor de poesía. Tuvo la capacidad de asumir el dolor en clave de estoicismo. Juan Gonzalo muere, ahora me doy cuenta, joven, pues tenía 55 años, un poco mayor que yo ahora. Como se sabe muere, en mis brazos, de alcoholismo, atribulado por episodios depresivos, pero,  fundamentalmente, muere habitado por el alma de la poesía. Más poeta que él no he conocido.

 

Y en relación a tu estadía fuera de Perú ¿Cuánta influencia tuvo Pekín en tu poesía?

Es verdad que estuve asentado en Pekín,  pero es China, ese pueblo, esa cultura, los que me asaltan y penetran, me trituran. Es casi un continente, ¿no?, y lo estuve recorriendo de norte a sur y también a lo ancho en apenas dos años. China es la frontera entre el que fui y el que ahora soy. Me sirvió para descubrirme, lo que he intentado plasmar en el “Libro de los muchachos chinos” (1989) y para darme cuenta que las fronteras terrenas son tan artificiosas como inexpugnables.

 

Y para terminar ¿Qué opinas de la producción artística, específicamente literaria, de los jóvenes actualmente en Lima?

Quizá sea un poco impúdico confesar que el periodo depresivo por el que estuve atravesando, me hizo perder contacto con el mundo artístico y literario, pues  me acostumbré a recorrer esos universos en una compañía que ya no está. Últimamente, gracias al programa que tengo en Radio Capital, he conocido y descubierto a algunos jóvenes escritores, hombres y mujeres, y, como es previsible, me percato que hay de todo. En general, me parece que hay inventiva e imaginación pero quizá se haya perdido la formación humanística y el rigor con que se trabajaba la palabra, la escritura, hasta mi Generación. Soy sincero, eso me parece lamentable. A veces tengo la impresión que los jóvenes creadores, tanto narradores como versificadores, están más ocupados en aparecer y en afinar sus itinerarios de viaje con destino a encuentros y festivales nacionales e internacionales, que en resolver el dilema de conciencia que supone agregarle un objeto estético a lo existente, conocerse, y publicar un libro.

 

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3 comentarios en ““La poesía de la pansensualidad”. Una entrevista con Julio Heredia

  1. He seguido a Julio Heredia en los diversos medios que ha participado. Lamentablemente siempre ha salido golpeando la puerta pues no acepta un no como respuesta. Algunos lo calificarían como capricho otros como tenacidad, no importa. Lo cierto es que sus reacciones y sus “técnicas de debate” no han madurado y son dignas de un preadolescente.
    Prefiero leerlo que escucharlo debatir

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