Las puertas y el Other side

Por: Fausto Barragán

La idea a la que inmediatamente me arrastra ese título, a parte de la curiosa reflexión de W. Blake, condensada en su clásica frase “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas todo se habría de mostrar tal cual es: infinito”, no es más que a una de mis bandas preferidas, así es, hablo de The Doors, y de todo el halo de misticismo que los acompañó. Pero en esta oportunidad, estas humildes letras no serán dedicadas a ellos, sino al libro que lleva como título parte de aquella cita, Las puertas de la percepción obra del escritor inglés Aldous Huxley, la cual fue publicada en 1954. Es en este esfuerzo por parte del autor de querer hacer partícipe al público sobre sus experiencias con alucinógenos, que termina redactando uno de los textos más interesantes en relación a los efectos de esta droga, y de los alcances reflexivos y sensitivos que se llegan a tener.

En las primeras páginas se da un breve panorama sobre los pioneros en el estudio científico del Peyot,-nombre que le dan los mexicanos al Cacto-, el cual data de finales del siglo XXI, estudiando precisamente el aditivo base de esta planta (Peyot), la mescalina, elemento recurrente y casi protagónico en el libro. Tras arrojar el contexto del estudio de dicha planta, y su afán por ser víctima de sus efectos, el autor procede a ingerir una moderada dosis de la mentada “mescalina”, desatándose así una serie de elucubraciones decoradas con imágenes psicodélicas, bellos paisajes internos, y arranques de siniestras meditaciones existenciales. Muchas de ellas, terminan siendo reveladoras, cuestionando el registro de percibir e interactuar en el mundo, motejándolo de “utilitario”, es decir, que nuestros actos, motivaciones, distracciones, y percepciones en general dependen de la utilidad que encontremos en ellas, y tales utilidades, son consecuencia de arbitrarias imposiciones heredadas a lo largo de la historia. Pero, todo esto se puede suspender mediante la experiencia –en el caso del libro- del consumo de la droga, dándoles prioridad por ejemplo a las patas de una silla, a una mosca volando, a una pequeña grieta en la pared, en vez que a un perro suelto que amenace con morder, ser testigo o estar en un incendio y no preocuparse por su seguridad, salvar a una anciana o bebé de un accidente, etc. Todo valor, condición, conciencia de “normalidad y deber” se anula. Al igual que la noción de espacio y tiempo, todo se suspendente; así, clásicas preguntas como dónde, cuándo, y cómo dejan de tener relevancia.

Las divagaciones que experimenta el autor mientras es grabado así mismo bajo los efectos de la droga, le permiten aseverar la idea de que la percepción humana, la cual rige y dosifica nuestra vida cotidiana, es manipulable, por lo que se puede reducir considerablemente su riguroso filtro. Las posibilidades de llevarlo a cabo -menciona él mismo – pueden ser de dos maneras: la primera, que consta de habilidades propias, naturales, con las que contaría cada ser humano, claro, que eso sería algo extraordinario, esa facilidad de poder captar las cosas de forma supra-natural, en su peculiaridad y generalidad, poniendo como ejemplo a la eminente figura de William Blake; y la segunda, que sería por el lado inmediato, a través de la mescalina, causando evidentes cambios sensoriales similares pero pasajeros, a diferencia del primero, que es congénito. De esto, se desprende su condición inocua en relación a la adicción que pueda acarrear, diciendo que “después de usarla, el organismo no tendrá la necesidad de repetir la dosis”. Un factor interesante también estriba en sus aseveraciones en cuanto al arte, poniendo en el tapete una suerte de dos tiempos, donde un mismo objeto (en este caso una pintura o un paisaje) es asimilado de forma distinta. En la etapa lúcida, el objeto puede ser una “simple” muestra del furor y creatividad del artista, muestra de originalidad, en el sentido de construcciones que hiperbolicen la realidad, percepción que cambia sentenciosamente bajo los efectos de la mescalina, pues se observa cuán cierto, cuán real, y cuán absoluta es, no la obra de arte, sino el objeto representado, al cotejar ambas experiencias sensitivas –la del artista (Pintura) y la de él mismo-, dándose cuenta de su gran similitud. Esto acusa en el artista cierto grado de percepción superior al de los demás, un grado superior de representar la “realidad”, claro, la que él concibe.

Este libro podría considerarse como antecedente del otro gran ejemplar, referencia inmediata en cuanto a experiencias con el peyot se trate, Las enseñanzas de don Juan (1968), por Carlos Castaneda, que asomó años después como otro representante de este tan interesante como misterioso tema: el abandono de la percepción mundana, por una revitalizante y nueva forma de no sólo concebir el exterior, sino de redefinir los soportes que constituyen la “realidad”. Es ahora que le encuentro otro sentido a la canción de The Doors “Break on through”, esa búsqueda de romper las barreras, esa búsqueda por pasar al “other side”.

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