Stop breakin down…

Por: Fausto Barragán

 

 

Los recuerdos musicales que me trae el verano -hace un par de años, de forma específica- son ciertamente agradables; desde pequeñas bandas juveniles, hasta la grata sorpresa de haber escuchado por primera vez a una de la más antiguas y máximas autoridades de ese género, propio del folklor estadounidense, al cual se le denomina Blues. Está claro que no sólo  por tal mérito escribo acerca de él –si lo comparamos con mis indiscriminadas elecciones musicales. Si pensaban que seguramente tiene que ver con una leyenda, o historia inverosímil, déjenme decirles que sí. Es la historia de Robert Johnson y su célebre pacto con el diablo, historia la cual, va de la mano con su gran espectro musical.

La leyenda en la que un guitarrista vendió su alma al diablo a cambio de hacerlo tocar el blues mejor que nadie. No pretendo contarles tal historia, pues basta poner su nombre en Wikipedia si quieren saber sobre él, o poner en Youtube, si quieren escucharlo. En lo personal, no me considero un melómano blusero, pero eso no implica que no guste de algunas de las bandas y músicos solistas clásicos de tal género. Un ejemplo, el Sr. Johnson. Llegué a él indirectamente, no escuchando su música, sino enterándome de historias que inevitablemente tendrían que ver con su célebre “trato”. Ese conocimiento, de alianzas o acuerdos paranormales que tienen como protagonistas a hombres terrenales con entidades demoniacas en busca de superación o motivadas por desesperadas ambiciones, no tiene su origen en esta historia, viene de hace mucho, como tampoco este músico es el único vinculado con tal práctica, simplemente encuentro este ejemplo ilustrativo, y en lo personal, muy atractivo. La figura de Robert Johnson, ha dejado su marca en la música, en sus viscerales riffs cuadrados (propio del blues), pero tan peculiar, tanto en las notas, en destreza, como en el clima generado, que nos grafica una suerte de desolación casi mágica, suspendidas en la impostada voz, sumados con aullidos, lamentos, y en diversos elementos que terminan siendo toda una experiencia. ¿Es posible que una persona, de ser aficionada a la guitarra, 1 año después, se vuelva una eminencia en el género?

Historias descabelladas se han tejido sobre él. Dicen que en el estudio donde tocaba, lo hacía siempre de espaldas a los pobres paneles y ventanas, dándoselas también a los técnicos, para sincronizar con el diablo, y así tocar; otros dicen que lo hacía para que no vieran sus ojos luminosos mientras era poseso; al igual que hablan de una mítica “canción 30”, la cual explicaría a manera de muestra su servidumbre al rey de las tinieblas. Es que, el mismo Johnson contribuyó a la popularización de su leyenda, ¿en dónde?, en las letras de sus canciones. Lo vemos hablando de pactos en su popular “Crossroad”, como también en la clásica y casi de culto “Me and the Devil”; me parece que estos dos ejemplos, si se toman la molestia de escucharlos, los llevarán a un lugar desconocido del blues, como me pasó a mí: escuchar el lado más crudo del blues, interpretado sólo por el músico y su guitarra, y porqué no, por un tercero, que muchos se niegan a aceptar. Les queda escuchar sus 29 temas, y si no tienen tiempo, algunos, entre los cuales destaquen los dos aquí mencionados, les aseguro que no se arrepentirán.

os recuerdos musicales que me trae el verano -hace un par de años, de forma específica- son ciertamente agradables; desde pequeñas bandas juveniles, hasta la grata sorpresa de haber escuchado por primera vez a una de la más antiguas y máximas autoridades de ese género, propio del folklor estadounidense, al cual se le denomina Blues. Está claro que no sólo  por tal mérito escribo acerca de él –si lo comparamos con mis indiscriminadas elecciones musicales. Si pensaban que seguramente tiene que ver con una leyenda, o historia inverosímil, déjenme decirles que sí. Es la historia de Robert Johnson y su célebre pacto con el diablo, historia la cual, va de la mano con su gran espectro musical.

La leyenda en la que un guitarrista vendió su alma al diablo a cambio de hacerlo tocar el blues mejor que nadie. No pretendo contarles tal historia, pues basta poner su nombre en Wikipedia si quieren saber sobre él, o poner en Youtube, si quieren escucharlo. En lo personal, no me considero un melómano blusero, pero eso no implica que no guste de algunas de las bandas y músicos solistas clásicos de tal género. Un ejemplo, el Sr. Johnson. Llegué a él indirectamente, no escuchando su música, sino enterándome de historias que inevitablemente tendrían que ver con su célebre “trato”. Ese conocimiento, de alianzas o acuerdos paranormales que tienen como protagonistas a hombres terrenales con entidades demoniacas en busca de superación o motivadas por desesperadas ambiciones, no tiene su origen en esta historia, viene de hace mucho, como tampoco este músico es el único vinculado con tal práctica, simplemente encuentro este ejemplo ilustrativo, y en lo personal, muy atractivo. La figura de Robert Johnson, ha dejado su marca en la música, en sus viscerales riffs cuadrados (propio del blues), pero tan peculiar, tanto en las notas, en destreza, como en el clima generado, que nos grafica una suerte de desolación casi mágica, suspendidas en la impostada voz, sumados con aullidos, lamentos, y en diversos elementos que terminan siendo toda una experiencia. ¿Es posible que una persona, de ser aficionada a la guitarra, 1 año después, se vuelva una eminencia en el género?

Historias descabelladas se han tejido sobre él. Dicen que en el estudio donde tocaba, lo hacía siempre de espaldas a los pobres paneles y ventanas, dándoselas también a los técnicos, para sincronizar con el diablo, y así tocar; otros dicen que lo hacía para que no vieran sus ojos luminosos mientras era poseso; al igual que hablan de una mítica “canción 30”, la cual explicaría a manera de muestra su servidumbre al rey de las tinieblas. Es que, el mismo Johnson contribuyó a la popularización de su leyenda, ¿en dónde?, en las letras de sus canciones. Lo vemos hablando de pactos en su popular “Crossroad”, como también en la clásica y casi de culto “Me and the Devil”; me parece que estos dos ejemplos, si se toman la molestia de escucharlos, los llevarán a un lugar desconocido del blues, como me pasó a mí: escuchar el lado más crudo del blues, interpretado sólo por el músico y su guitarra, y porqué no, por un tercero, que muchos se niegan a aceptar. Les queda escuchar sus 29 temas, y si no tienen tiempo, algunos, entre los cuales destaquen los dos aquí mencionados, les aseguro que no se arrepentirán.

Otro de los datos, para todos aquellos jóvenes seguidores de ese clásico y popular panteón de breves pero ingentes estrellas del rock llamado Club 27, déjenme decirles que el fundador no es nuestro buen amigo Morrison, ni Hendrix, ni tampoco, siendo más ambiciosos, el gran compositor y multiinstrumentista, Brian Jones. No. Es nada menos que Robert Johnson. Él muere a los 27 años, en 1938,  siendo todo un conquistador y mujeriego, como reza la ley para todo gran músico, y claro, sin olvidar las adicciones, en este caso: el alcohol. Dicen que murió luego que el dueño del bar donde tocaba le invitara una botella de whisky envenenado, al estar tras la esposa del mismo; otros dicen que muere de neumonía, como también de sífilis.

De una u otra manera, la sombra de R. Johnson marca la música y el espectro que por naturaleza debe acompañar a esos míticos intérpretes del siglo XX. Es que si lo vemos de esta manera, R. Johnson ha marcado no sólo con su música y vida, sino también con su leyenda, la dirección de Blues y del rock mundial. Lo digo, ya que muchos de nuestros héroes de guitarra (de jóvenes y viejos) Hendrix, Slash, B. May,  e inclusive el hilarante showman de Keith Richard, todos lo reconocen como influencia, la cual, no es para nada gratuita. Me queda exhortar a los lectores de este post que escuchen y vean algunas de las películas inspiradas en tan misteriosa historia Crossroads(1986) la que lleva esa clásica escena del duelo de guitarristas entre el popular “Karate Kid”  Ralph Macchio y Steve Vai; O Brother, Where Art Thou?(2000), que muestra claramente la vida del mítico blusero de los años 30; y la no tan conocida Stop breakin down. Aquí les dejo un enlace, disfrútenla.

Algo más, las dos fotos que anexo a este post son las únicas que se registran en la historia como pertenecientes a él.

Otro de los datos, para todos aquellos jóvenes seguidores de ese clásico y popular panteón de breves pero ingentes estrellas del rock llamado Club 27, déjenme decirles que el fundador no es nuestro buen amigo Morrison, ni Hendrix, ni tampoco, siendo más ambiciosos, el gran compositor y multiinstrumentista, Brian Jones. No. Es nada menos que Robert Johnson. Él muere a los 27 años, en 1938,  siendo todo un conquistador y mujeriego, como reza la ley para todo gran músico, y claro, sin olvidar las adicciones, en este caso: el alcohol. Dicen que murió luego que el dueño del bar donde tocaba le invitara una botella de whisky envenenado, al estar tras la esposa del mismo; otros dicen que muere de neumonía, como también de sífilis.

De una u otra manera, la sombra de R. Johnson marca la música y el espectro que por naturaleza debe acompañar a esos míticos intérpretes del siglo XX. Es que si lo vemos de esta manera, R. Johnson ha marcado no sólo con su música y vida, sino también con su leyenda, la dirección de Blues y del rock mundial. Lo digo, ya que muchos de nuestros héroes de guitarra (de jóvenes y viejos) Hendrix, Slash, B. May,  e inclusive el hilarante showman de Keith Richard, todos lo reconocen como influencia, la cual, no es para nada gratuita. Me queda exhortar a los lectores de este post que escuchen y vean algunas de las películas inspiradas en tan misteriosa historia Crossroads(1986) la que lleva esa clásica escena del duelo de guitarristas entre el popular “Karate Kid”  Ralph Macchio y Steve Vai; O Brother, Where Art Thou?(2000), que muestra claramente la vida del mítico blusero de los años 30; y la no tan conocida Stop breakin down. Aquí les dejo un enlace, disfrútenla.

Algo más, las dos fotos que anexo a este post son las únicas que se registran en la historia como pertenecientes a él.

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