Música Caleidoscópica

Por: Fausto Barragán

Para los que recuerden el primer festival musical más importante de todos los tiempos. Sí, ese espacio donde todas las almas podrían convivir en una sola voz, estar libres, solo al ritmo de la música dionisiaca; para todos aquellos quienes piensan que la música de los 60´s fue lo mejor y que después de ello nada más vale la pena escuchar, seguro que saben a qué tipo de espectáculo me refiero.

El festival que a nuestras tierras llegó bajo el nombre de “Woodstock. Tres días de paz, música y amor”, conocido mundialmente como Woodstock 69. Y en él, muchas de las estrellas de rock de esa época se hicieron presentes, haciendo que el evento agarre vuelo y viaje por los confines de la historia, a través del recuerdo y anhelo por ver juntos a otros tantos dioses del rock que descollaron por su ausencia (The Doors, Bob Dylan, Led Zeppelin, The Beatles, entre otros). Pero en definitiva, podemos referirnos a Woodstock como esa fiera salvaje, que duró tres días, y contra ello, nada ni nadie pudo interponerse, arruinar su espectro, su aura, su magia, ese efecto que más de medio millón de personas pudo sentir en vivo y en directo, pero que ahora, gracias a la visión y sensibilidad de un director cinematográfico, es posible que mucho más personas sean testigos de al menos una parte de esa magia que sostuvo gran parte del espíritu del amor y  la paz, propalado religiosamente entre los concurrentes de esos lejanos días de amor libre y rock.

Para muchos de los que vimos la película o el documental de “Woodstock 69. Tres días de paz, música y amor” nos queda la imagen de jóvenes hippies jugando en el lodo, amándose furtivos entre los arbustos, o bailando semidesnudos entre miles y miles de personas. Claro, todo ello, acompañado de la mejor música, rústica, tribal, blues, funk, folk, entre otros géneros que encontraron agradecidos y fieles escuchas. Pero solo eso. Fragmentadas imágenes que nos diagraman todo la expectativa generada a raíz de esa fiesta con una constante buena banda sonora. Los comentarios de vecinos, de los organizadores, del mismo público asistente en pleno trayecto por la carretera hacia el ruido, las flores y el color. Toda la bella exposición de un evento, que al fin y al cabo resultó un éxito, no solo económico, sino en muchos otros aspectos. Rompió todas las expectativas dejando su impronta indeleble en la conciencia de muchos, y redefiniendo el concepto de espectáculos musicales.

Pero, sin afán de querer evadir el propósito de este post, quisiera dejar en claro mi agrado por la película/reportaje del festival Woodstock 69, a pesar que ella deje muchos vacíos, claro, innecesarios de explotar, pues el motivo principal y el encanto de la película fue el de mostrar un documental de esa fiesta de la música, en toda su extensión, con los paisajes, el clima, la música, y por momentos, algunos extras, sí, aquellos vecinos extrañados por la presencia de peculiares advenedizos invasores, aquellos, con quienes estará en eterna deuda Ang Lee, director del hermoso y elocuente film, Taking Woodstock.

Taking Woodstock, película dirigida por el cineasta Ang Lee en el 2009, nos muestra los avatares de una rústica familia propietaria del motel Mónaco, en las inmediaciones de la granja Bethel en EE.UU. A través de la mirada de su protagonista, Elliot Tiber, la película nos muestra en una conmovedora visión capitalista los problemas tras bambalinas del evento hippy más importante de la historia. Cubierto por un halo de misticismo y bordeando lo surreal, vemos cómo el joven Elliot (encargado de recepcionar, limpiar y atender a los clientes del motel) instiga a uno curiosos visitantes quienes tienen la intención de montar un evento musical que traiga paz y amor a la gente que pueda participar de él, a desarrollarlo en una vieja granja colindante a su casa, con muchas hectáreas vacías, siendo ideal para su realización. Si bien, inicialmente la historia presenta diversas dificultades que opacan el brillo del evento, es gracias a la astucia y, algo de fortuna, que logra negociar con algunos de sus vecinos dueños de dichas hectáreas, para que faciliten la posibilidad de poner en marcha del evento. Es así que Elliot se erige como una de las figuras más importantes y co-autoras del mismo, todo ello, siendo visto siempre por el resto de su comunidad como una artera y vergonzosa traición.

Los anclajes con hechos de su referente en la realidad. Sirve en muchos aspectos como un astuto, aunque ya visto, recurso ficcional. Es como toda gran película que se enfrenta con la realidad y sale ganando, sin evadirla, cambiándole la cara, sin temor a no poder hacerle frente. Ese quizás sea uno de lo méritos no celebrados de esta película. Existen muchos intentos fílmicos que reconstruyen, o al menos lo intentan, la realidad, abriendo nuestro panorama y permitiéndonos considerar el “¿y si hubiera pasado esto?”. Pero pocas veces vemos intentos que acuñen constantemente como soporte la realidad. Se me ocurren títulos como Forrest Gump, por los claros manejos de estos soportes hallados en la realidad (John Lennon, Elvis Presley, Vietnam, etc.). La ventaja que podría tener quizás sea la mayor cantidad de material histórico sobre el cual vierte su ficción, empalmando cada uno de los acontecimientos con los procesos existenciales que atraviesan los personajes. Eso podría ser más interesante, pero también más peligroso, pues queda al descubierto el uso y abuso de la historia en función de los personajes. La ausencia del efecto “histórico” en la película, hace que su presencia se disipe y pierda el peso necesario para condicionar su atmósfera. Lo que no pasa con Elliot en Taking Woodstock. La película nos presenta la experiencia que atraviesa Elliot, ese despertar emocional sucedido a partir de la imprevista llegada de un enorme festival musical. En ningún momento se pretende tratar o encaminar los hechos reales a partir de la sensibilidad de los personajes; es el lugar, el contexto, el momento, el Hito que significa el festival de Woodstock 69 que define a Elliot y a los demás personajes de la película.

Por otro lado, la instancia que se quiebra en la trama es una de sus fortalezas. Los dos momentos que Elliot experimenta al pasar de una a de otra familia, a una comunidad mucho más grande y diversas que esa pequeña, recta y lúgubre a la que por muchos años consideró su verdadero hogar. Desde el primer plano, en el que presenta una conservadora vida dentro de ese reducto, en el cual es encargado de satisfacer y atender a extraños, viviendo su vida a través de ellos, ajena por completo, a pasar a otra vida mucho más auténtica, abandonándolo todo al azar, arrojando su vetusta existencia al viento de los nuevos cambios que se avecinan encarnados en rostros pintados, automóviles llenos de flores, drogas y sexos desnudos por doquier. Lo que vuelve a esta película en una elocuente y justa “exposición” de un momento específico de la historia, es el estado de “abyección” del concierto, que sería lo más notorio, pero justamente, en ese trato estriba su éxito. Muchos podemos creer que esta película nos presentará a versionados Hendrix, Joplin, who, etc., siendo comprensiblemente evidente. Pero no. Ang Lee apuesta por la distancia, por esa barrera de misticismo y energía sobrenatural, omitiendo imágenes del concierto y solo dejándolo como una proyección o representación de los mismos personajes; por esa otra parte no mostrada en el documental que de alguna manera complementaba esa fiesta de la música: el público en general.

Elliot, y su abandono en la carretera, su deambular por carpas y caravanas de extraños, de probar por primera vez la carne, drogas y demás, pero todo a un mismo ritmo, colectivo, al unísono de un bello y gigantesco monstruo, víctimas de una cósmica renovación solo aquellos quienes se vieron involucrados en Woodstock. Ese es la propuesta de Ang Lee. No reconstruir la historia, simplemente ofrecernos otra ventana por la cual apreciarla. Nos permite comprender cuánta gente estuvo involucrada y se vio afectada de una u otra forma por una de las revoluciones culturales más significativas de la historia.

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2 comentarios en “Música Caleidoscópica

  1. Woodstock desde donde lo veas es una pieza de arte, no sólo en lo musical que ya desde esos exponentes es increible, sino tambien es una obra de expresión social- cultural, danza arte y tambien visualmente es espectacular. Claro los que no tuvimos la suerte de vivir en los sesentas tenemos al Taking Woodstock. para tomar la musica no solo desde la perspectiva rockera sino de la personal-“humana” con Elliot, buen tema Fausto Barragán like!

  2. Claro, Woodstock fue definitivamente un hito, de hecho, lo es. Lo que me llama la atención de la pela es el contraste y la humanidad que se presenta, esa distancia con el concierto mismo, pero a la vez, todo desarrollado en torno a él. Es una muy buena película.

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