La agonía del pensamiento, en una novela gris

Por: Fausto Barragán

 

 

 

descargaHace muchos años se rompió con la herencia novelística que nos entregaba historias duras, tristes, sombrías, pero siempre con un (como podría llamarse a groso modo, por agrado del lector) final feliz. Más allá de ello, esta predilección se debe a la sólida base ficticia que el autor entregaba en cada historia, ese final contundente, redondo, que termina en un alivio para los lectores luego de haberse identificado con el texto. En los últimos años la tendencia narrativa ha variado, pues un lector de hoy difícilmente se conforma con ese tipo de textos, llegando a considerarlos (no de forma absoluta) como algo ineficaz, que ya no satisface. En la actualidad hay un mayor goce por las historias que se alejan de un “centro” de raciocinio, las que confrontan directamente el criterio e idiosincrasia del lector, haciéndolo verse desde afuera, lejos del narcicismo inherente con el que está acostumbrado a abordar una narración. Y partiendo de ello, tenemos un buen exponente de ese tipo de tendencias, una novela que en lo último que piensa es en darle gusto al lector.

Desgracia (1999) publicada por el escritor sudafricano J. M. Coetzee, nos presenta la historia del catedrático de la Universidad del Cabo, David Lurie y su trágico paso de las aulas universitarias al confinamiento en una granja lejos de la ciudad. Todo ello, tras haberse involucrado con una de sus alumnas, Melanie Isaac, desatándose así una tormenta de escándalo y acusaciones que terminan por dilapidar su carrera como docente para siempre. Luego, decide marcharse lejos, evitando ser víctima de atosigamientos por doquier, a las afueras de la ciudad, rumbo a una granja regentada por su joven hija Lucy, quien según él, actuaría como soporte ayudándole a escapar de todo los problemas que lo asediaban. Una vez allí, se da cuenta que las cosas no resultan como esperaba, pues su hija, esa persona que llevaba consigo como el retrato que un padre guarda de sus retoños en la billetera, siempre con él, había cambiado de forma tan extraña, que solo el imponente ambiente desolador del lugar podría explicar. Los nuevos personajes, y situaciones que devienen a su llegada logran impregnar un duro aroma difícil de respirar para de David, ya que las cosas a partir de su llegada escapan de su comprensión, arrojándolo de cara ante nuevas leyes, prácticamente, a un mundo en donde su pensamiento lógico no encontrará respuesta por ningún lado.

El autor plantea dos climas claramente marcados, no solo por sus diferencias territoriales, sino por la idiosincrasia de cada lugar regido por sus propias reglas. David Lurie llega desde muy lejos a una tierra extraña, con preceptos y valores heredados de una férrea raigambre occidental, pero se da cuenta que su manera de pensar, a partir de su llegada, termina sobrando o careciendo (para el caso es lo mismo) de lo necesario para comprender a los demás y afrontar su propia vida. Se puede entonces apreciar la novela como una perfecta colisión de culturas, en este caso, la de un occidental inmerso en un espacio que por su incompatibilidad lo rechaza.

El protagonista representa la búsqueda de un hombre de sus partes, esas que ha ido dejando a lo largo de su vida. David Lurie es sometido a repentinos cambios que alteran definitivamente su concepción de la vida, reflejándose en el heroico intento por aferrarse a su lógica cartesiana, defendiéndola a capa y espada de las aberraciones que es obligado (por sus principios) a reparar. Inmerso en esta lucha, se reconstruye tomando los pedazos dejados en su transitar por el antiguo hombre (conocido de toda la vida) que fue, deseando al mismo tiempo deshacerse de ellos, para empezar desde cero, como los animales, como los perros. Al ser víctima de estos cambios, está obligado a despojarse de esa forma de pensar, de las pasiones, de las ilusiones que lo sostuvieron todos esos años, para abandonarse al azar, sin interponerse, simple y llanamente a la naturaleza de las cosas. 

El conflicto que lo persigue también obedece a la necesidad de cerrar la historia surgida con Melanie, esa mujer que Lurie permitió calar tan hondamente en su vida. Desde su confinamiento en tierras lejanas, junto a la indiferencia de su hija, los arrebatos idílicos de su compañera de trabajo, el misterioso cinismo del capataz de la granja, y muchos animales en el cadalso, David Lurie no deja de pensar en Melanie, no solo por el deseo de saber cómo está, al igual que un asesino transitando por la escena del crimen para verificar si todo anda bien, sino pensando en la posibilidad de haber sido feliz junto a ella. Estos pensamientos están acuñados astutamente al personaje literario favorito del profesor Lurie, Lord Byron (del cual estaba en proceso un trabajo, próximo a publicar), y sus románticos encuentros con su eternamente amada Teresa. La presencia del poeta inglés adquiere relevancia en la novela a medida actúa como alter-ego de Lurie, dejándose éste llevar inocentemente por sus pasiones sin culpa ni sanción, libre de amar y ser amado, claro, solo a través de Byron, en elucubraciones, en bellas estampas de algo que adquiere dimensiones monstruosas al lindar con la realidad. 

La novela grafica con cierto humor retorcido, los intentos de un viejo hombre, que tiene como recursos en la vida sus diferentes lecturas, portador de un profundo conocimiento sobre el pensamiento occidental, por entenderse así mismo y a los demás, proclive a desarmarse con simples preguntas como ¿eres feliz? o ¿cuál es tu fin en la vida? Reflexiones como esas, lo anularán, muy por debajo del resto de personajes que plagan el otro lado de la novela, esos “otros”, delincuentes y “animales” que pueblan la granja y sus alrededores. La leve esperanza que lo mantiene vivo penderá de un hilo, la misma que evanescente, lo abandona cada día que respira junto a su hija Lucía, Petrus, y a todos los demás, en esos lejanos dominios que jamás llegará a comprender.

En conclusión, podemos hablar de una excelente novela, que no pierde en ningún momento el semblante que desde el inicio la marca como una sombra: la desgracia. Las tinieblas en las que se sumerge no solo la razón de David Lurie, sino también la nuestra, y las sucesivas desgracias que sobrevuelan por su triste existencia, le dan el clima perfecto a la novela. Es que el sol nunca termina de asomarse ni por piedad en la agonía del protagonista, y si lo hace, no logra identificarse como tal, arrojándonos también como lectores a ese desierto de incomprensión y soledad que nos envuelve, en busca de respuestas, donde probablemente, ni siquiera conozcamos las preguntas.

Frankenweenie, la propuesta animada de Tim Burton

Por:  Pedro C. Espinoza

 

 

 

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Frankenweenie, última película animada del director Tim Burton es su nueva propuesta cinematográfica que le ha valido una nominación a los Globos de Oro y al Oscar. Si bien, es una recreación de la novela de Mary Shelley y una versión extendida de su cortometraje en live-action del mismo nombre realizado en 1984, la técnica cinematográfica stop-motion será el toque perfecto para una siniestra e interesante animación. No puedo dejar de evidenciar, ciertas peculiaridades dentro de la película que la hacen entretenida. Me será suficiente mencionar dos aspectos que me parecen, hasta cierto grado, atractivos.

El primer aspecto que presta mi atención es, sin lugar a dudas, la técnica que nos presenta la película, es decir, en blanco y negro o B/N. Debo mencionar que el cortometraje de 1984 tiene la misma presentación y, obviamente, no es gratuito este aspecto. Se debe apreciar, que la técnica elegida por Tim Burton esta relacionada con la trama y contexto de la película llevándonos a una inmersión visual con respecto al pueblo de Nueva Holanda -lugar donde transita toda la historia. Me baso en dos ejemplos; primero, los artefactos utilizados por los personajes son muy antiguos, dándole verosimilitud al mundo plasmado; y segundo, la llegada de un maestro de ciencias, el Sr. Rzykruski. Éste justamente percibe un claro atraso en el pueblo de Nueva Holanda que reforzaría su rusticidad y falta de curiosidad ante los nuevos descubrimientos; por tal motivo, cuando llega el Sr. Rzykruski a enseñar el curso de ciencias, lo terminan –el pueblo- echando de la escuela. Es así como la técnica utilizada por Tim Burton suma verosimilitud y nos introduce al mundo de Víctor Frankenstein y su mascota Sparky.

El segundo aspecto me lleva a enfocarlo desde una perspectiva interna y externa de la película. Por un lado, Sparky es resucitado por Víctor, quien tendrá que ser ocultado para no provocar revuelo en el pueblo de Nueva Holanda. Víctor es consciente que el descubrimiento de la “nueva vida” de Sparky podría traerle problemas tanto a él como a su familia, inclusive, teniendo en cuenta que rompe con las reglas de lo natural. Esto es debido, a la paupérrima capacidad de conocimientos que tienen los pobladores de Nueva Holanda, que deviene en una visión alarmante ante algo que no se ajusta a su perspectiva de realidad; sin lugar a dudas, esto provoca que se vea a Sparky como un ser extraño y abominable. Por otro lado, los personajes de la película Víctor Frankenstein, Elsa Val Helsing y, especialmente, la “chica rara” que tiene como mascota a su gato llamado Sr. Bigotes entre otros, tienen un aspecto escalofriante y desagradable. Asimismo, estos personajes tienen gestos muy peculiares que refuerzan su propia desnaturalidad dentro de su mundo, pero no son sujetos a cuestionamientos. Solo Sparky es el ser que más atención tiene por parte de los pobladores de Nueva Holanda. Las peculiaridades que tienen los personajes de Frankenweenieson son sumamente extrañas, haciendo una comparación con las versiones originales de la historia. Sin lugar a dudas, la perspectiva externa es interesante, ya que se ven a seres extraños y degradantes y, son estos quienes ven a Sparky como un ser de las mismas características. Es así como, se aprecia una perspectiva interna –la de los personajes- y una perspectiva externa –la del público.

De esta manera, he comentado dos aspectos que me parecen relevantes en la película de Tim Burton, Frankenweenie. Sabiendo ya los resultados de los Globos de Oro, le queda aún los premios Oscar, aunque tendrá una difícil competencia con películas como Valiente de los estudios Pixar Animation y entre otras como ParaNorman y Ralph, El Demoledor. Películas más destacadas en Latinoamérica. Pero no por ello no deja de tener una buena acogida y sobre todo estar basada en una novela imprescindible para la literatura.

¿Y ahora qué pasa, eh?

Por: Fausto Barragán

 

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Cómo abordar una novela de la que se desprende una de las películas más populares de la cultura occidental de inicio de los 70´s,  sin restarle mérito por supuesto, corroborando que sí es posible llevar a la pantalla grande una gran historia,  sin que ella experimente el vedetismo en el que muchos de sus representantes vergonzosamente cayeron. Es cierto que ambos caminos artísticos (cine y literatura) presentan similares columnas dentro de todo el enmarañado trabajo que demanda su realización, pero también hay que reconocer que cada uno presenta sus propias reglas y herramientas, que lo vuelven autónomo e independiente del otro. Sabiendo ello, hay que reparar un momento en cómo se deba acceder a un producto fílmico el cual, parte de un anterior producto literario, y sobre todo, si este producto es la celebrada (por generaciones) película La naranja mecánica.

 

La anécdota

El libro La naranja mecánica (1962), escrita por el inglés Anthony Burgess, fue originalmente dividida en 3 partes, y cada una de ellas, contaba con 7 capítulos respectivamente, es decir, formaban en conjunto 21 apartados. En palabras del autor, él junto a sus colegas pertenecían a una generación en la que se le otorgaba a los números un valor fundamental como forma de soportes en cada una de sus historias, en pocas palabras: el valor numérico en la novela no era gratuito. Y ¿qué significó para Burgess el número 21? Simplemente la llegada de la mayoría de edad, ese tránsito de la adolescencia (nadsat) a la adultez, el cambio que lamentablemente no se logra plasmar a cabalidad en la magnífica pieza cinematográfica que Kubrick nos heredó, aquella que se erige sobre una interesante anécdota que en breve se las comentaré.

Cuenta el mismo Burgess que al terminar su libro fue continuamente rechazado por las editoriales norteamericanas, en donde la única manera posible de publicarlo, era si accedía a suprimir el último capítulo (21), pues hacerlo completo implicaría un fracaso editorial, y aprovechando la bisoñez de Burgess, se realizó; el resto (para Norteamérica) fue historia. Hago este hincapié pues solo para Norteamérica se dio tal omisión, y no para el resto de países. Entonces ¿cuál sería la controversia de la película con el libro? En que ese último capítulo, el cual se omitió evidentemente por intereses comerciales (el de las editoriales y posiblemente el de Kubrick ), cambia la historia, haciéndola redonda, distinta a la siniestra trama conspiradora con evidentes fines políticos que nos deja la película, centrándose en una simple fase de la vida: la madurez de su protagonista y su vuelta a la sociedad.

Entonces, podemos decir que la realización de La naranja mecánica (1971) de Kubrick fue producto (lo dudo) de su ignorancia al desconocer la publicación completa de la novela, como del resto de traducciones o (totalmente válida), decidió premeditadamente exprimir la historia hasta donde le sirvió. Sea de la forma que sea, existen dos productos distintos que merecen reconocimiento, cada uno de ellos a su manera.

 

El libro llevado a la pantalla

imagesComo mencioné líneas arriba, cada una de las diversas formas de expresión artística, cine y literatura, presentan características que las hacen similares, pero a la vez, recursos que las particularizan volviéndolas autónomas entre sí. Menciono esto porque siempre, al llevar una obra literaria a la pantalla grande, ésta se enfrentará tarde o temprano con aquella, sea de la forma que sea, rindiéndole cuentas. Es inevitable que exista la comparación, el cotejo de cuál es la dimensión de los cambios que registra la película con respecto al libro, cuáles son las modificaciones, las omisiones, los cortes, los aumentos, la variación de nombres o temperamentos de los personajes en ella, todo; está condenada a vivir a su sombra. Pero también, existen cambios en aquella, brillantes interpretaciones, y elementos visuales que le otorgan una peculiar representación zanjando claramente su distancia.

Por otro lado, la novela de Anthony Burgess presenta como fortaleza principal el lenguaje, ese elemento vanguardista propio de la adolescencia predominante en el ambiente de la historia. El narrador de ella es el joven Alex, personaje de dieciséis años de edad, el cual tiene a una banda de amigos (drugos) con los que sale por las noches a cometer diversos actos vandálicos e irrumpir sin permiso en casas, torturando a sus moradores, y a veces, causándoles la muerte. En las mañanas, su vida es lenta, tranquila, reflexionada, recargando sus energías para la noche, y salir nuevamente con una buena dosis de “Velocet” o como lo llaman, “Moloco plus”, esa que necesitan para despegar y entregarse a la violencia, la misma que compone toda la primera parte de la novela.

Una de las ventajas del libro se puede apreciar en la relación de la música y la violencia, conducida de una magistral forma por el (nuevamente mentado) lenguaje del autor. Las descripciones oníricas de notas musicales calando en lo más profundo del protagonista, acompañando de la mano a violentos deseos destructivos salidos de sus entrañas, y todo, bajo el solemne compás de los monstruos de la música clásica, le dan una eminente perspectiva apocalíptica a estos breves pero contundentes momentos de cavilación.

“Oh, era una maravilla de maravillas. Y entonces, como un ave de hilos entretejidos del más raro material celeste, o un vino de plata que flotaba en una nave del espacio, perdida toda gravedad, llegó el solo de violín imponiéndose a las otras cuerdas, y alzó como una jaula de seda alrededor de mi cama. Aquí entraron la flauta y el oboe, como gusanos platinados, en el espeso tejido de plata y oro. (…) Mientras slusaba, los glasos firmemente cerrados en el éxtasis que era mejor que cualquier Bogo de synthemesco, entreví maravillosas imágenes. Eran vecos y ptitsas, unos jóvenes y otros starrios, tirados en el suelo y pidiendo a gritos piedad, y yo smecaba con toda la rota, y descargaba la bota sobre los litsos.” (La naranja mecánica: 44)

Y para finalizar estos breves apuntes sobre el libro, hay que rescatar la fuerte crítica contra el gobierno y la conservadora cultura inglesa, de la cual son víctimas sus adolescentes personajes, en este caso, Alex, que los representa. La fuerte carga política, la voluntad suprimida, y la exposición de la podredumbre detrás del “correcto ciudadano” que retrata el autor, logra enrostrarnos un claro síntoma de disconformidad social ante la explosión de un mundo que cambia tomando nuevos rumbos. La juventud, la inexperiencia, y por supuesto, la violencia de los personajes jóvenes (que más destacan en la novela) son asumidas como una comprensible reacción de una sociedad que no ha terminado por definirse dentro de su coraza, y que es obligada a encontrar nuevos mecanismo que expectoren el mal y mantengan la calma, el status quo. Y en medio de este fuego cruzado, Alex, víctima perfecta de sucesos que él mismo desconoce, será víctima de las irresponsables medidas represivas y autoritarias de un gobierno que está terminando por desmoronarse. Al margen del sufrimiento que atraviesa Alex en donde se logra experimentar su angustia, confusión y dolor de perder la capacidad de decidir, lo que se roba protagonismo serán, las secuelas que cargue de por vida.

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Stanley Kubrick explora un peculiar lado de estos adolescentes, vándalos que se pasean por la oscuridad, escondidos de los ojos de la autoridad, al margen de la ley. Amparado en las imágenes relacionadas muchas de ellas al arte Pop, símbolo de novedad en su época, la película reconstruye espacios planteados en el libro que no necesariamente coinciden con él. Es evidente que la fortaleza de la que goza la película es el matrimonio entro lo visual y sonoro, la diestra conjunción de la música clásica y los espacios sugeridos en la novela.

Por ello, me atrevo a decir que la película es producto de la riqueza narrativa de la novela. Su labor fue tomar con las manos un torrente de imágenes, y aunque muchas se le escapasen entre los dedos, las que pudo conservar las explotó a su manera, regalándonos así esta extraordinaria película que rompe con tal precedente apropiándose de ella, sin temor al fracaso; cabe resaltar que el factor de la no popularidad de Burgess en los siguientes años a la publicación de su novela, ayudó a desatara la libertad creadora de Kubrick, sin presión alguna de transformar en propio los planos ya sugeridos con anterioridad.

No discuto en lo absoluto el trabajo de Kubrick (imagínense), ni tampoco pretendo afirmar que él solo se colgó de un trabajo superior, ya concluido, que fue la homónima novela de Burgess, simplemente exhorto al público que disfrutó de La naranja mecánica (1971) de Kubrick  (y a los que no), que se aventuren a hacerlo con La naranja mecánica (1962) de Burgess; no se arrepentirán. Es uno de los pocos ejemplos donde se rompe esa maldición de “ver antes la película que la novela”, pues la novela no sufrirá en lo absoluto la huella de Kubrick, y si llega a sufrirla, en el transcurrir de los capítulos, la presencia de Alex, no Malcolm Mcdowell, sino del Alex literario, ese real, inseguro y perverso que todos llevamos dentro, la arrebatará protagonismo de forma indiscutible. Se los aseguro. Será una experiencia agradable, y sobre todo reveladora (claro, para los que hayan visto la película), por el capítulo veintiuno, ese, el que se “olvidó” Kubrick, será la revelación de la historia conocida por todos nosotros, y no lo niego, esa revelación será propensa a que la detesten y digan “me quedo con la película”, o no. Ustedes decidan.

La imponente soledad londinense

Por: Jesús Delgado

 

 

descargaCiertamente un tema recurrente en la literatura contemporánea corresponde a la dualidad conflictiva entre la urbe como espacio de ascenso y prosperidad,  y el individuo que trata de integrarse infructíferamente a ella. No es ajeno que ante esta tensión el sentimiento que más prevalezca sea el de la soledad. Alguna vez Ribeyro escribió: “el mundo se va progresivamente despoblando, a pesar del bullicio de los carros y del ajetreo de la muchedumbre”. Y razón no le faltó: toda gran urbe finalmente es un conglomerado de gente solitaria donde la incomunicación – paradójicamente – va de la mano con los avances tecnológicos. Viéndolo en este sentido, la ciudad amolda agresivamente a sus habitantes convirtiéndolos en imitadores de sus propias vidas como único camino a la sobrevivencia.

En Crónicas de Londres, de Gunter Silva Passuni, se hallan los ingredientes necesarios que alimentan estas preocupaciones modernas. En los nueve cuentos del libro desfilan todo tipo de situaciones conflictivas a los que son sometidos los personajes. La intervención del azar es determinante para entender consecuentemente la fugacidad de los eventos. En un primer grupo prevalecen las historias de parejas, no necesariamente relacionadas con el amor, pero sí por la atracción. Parece ser un deseo intermitente, que da paso al reflejo de emociones que logran engañar a los personajes e incluso al lector.  Un claro ejemplo lo encontramos  en una de las frases del cuento “La foto perfecta”, donde la protagonista expresa: “el amor es una bella mentira a la que valoramos por su fugacidad”; otros cuentos incluyen: Lottie; Vino Tinto en Mac Donalds; El artista, Paris era una fiesta, si ganabas en pounds. Otras historias tienen como principal soporte las apariencias hacia el otro, incidiendo más desde una perspectiva del sujeto migrante y todo lo que conlleve a sus problemas económicos, laborales, etc. (Poeta muerto, I live by the river, Homesick.). La idea es clara: La ciudad encierra secretos que nadie jamás logrará desentrañar.

Una de las características más notables de los relatos son sus finales abiertos, situaciones que permiten al lector la opción de conjeturar un final alterno. Lamentablemente en algunas ocasiones resultan ser giros de tuercas intempestivos y fallidos a su vez. Los cierres no guardan una ordenada correlación con los datos desplegados, tanto es así que son finales tan abiertos que parecen historias inconclusas. El narrador divaga sobre asuntos que en algunas ocasiones no alimentan la trama, se pierden en otras anécdotas, o datos que no culminan en cuajar acertadamente. Parafraseando a Juan Marsé: colocar un clavo en la pared y no colgar  ningún cuadro. Aquí unos ejemplos de datos aislados que no tienen mayor trascendencia en los cuentos:

 

A Miguel, que era peruano como yo, le di un apretón de manos.

– Diego Benavides – dije. Mucho gusto.

No quise decir mi apellido completo Benavides de la Quintana, para que Miguel no me asocie con mi familia allá en Lima o a algunos familiares vinculados al gobierno.(pág. 18 )

Después del recorrido, quedo aún más asombrado de la belleza de esta ciudad, y entonces pienso en la suerte que tuvo el ex presidente del Perú, Alan García, al elegir sus días de exilio en Foch avenue. (pág. 94)

 

Sin embargo uno de los mayores intereses del libro reside en lo que Londres puede ofrecer su imposición física y su influjo hacia los habitantes. La impronta londinense nunca llega a ser del todo clara: las enumeraciones de calles, casonas, y paisajes resultan ser  superficiales por momentos. Pero uno de los aciertos – a mi modo – del libro es la reducción de todo ámbito a la cotidianidad;  el mejor medio para demostrar a partir de la rutina los sucesos más trágicos. A pesar de este detalle, el lenguaje empleado no es lo suficientemente efectivos. Dentro del libro se nota irregularidades de la prosa que por momento intenta a ser poética y eso lo hace exagerar sobre todo en los símiles.

 

… el sol había tostado su piel y su vestido dejaba entrever gran parte de su espalda, una espalda serena, desnuda, con una línea fina que la partía en dos como a un libro abierto. (pág. 13)

Mi ego se había inflado como un globo aerostático (pág. 79)

Esa tarde se encontraba sentado, comiendo una hamburguesa frente al bar de Linda, esperando la hora en que ella saliera de trabajar, como el campesino que espera la lluvia con ilusión. (pág. 85)

 

En definitiva, Crónicas de Londres recurre a conflictos actuales que son frutos del progreso de toda urbe. Explora con una mirada íntima las trampas personales. Los personajes no cambian, son seres pasivos que se dejan llevar por la ciudad. También es un intento irregular de continuar con la temática urbana trasladándola a otro continente. Los cuentos no logran contundencia y muchos de ellos son forzados hacia determinadas circunstancias.