UNA MÁS… SOBRE “¡ASU MARE!”

Por: Julio Carrascal.

 

 

 

 

descarga (3)En estos días se ha dicho mucho sobre la película ¡ASU MARE!, sean comentarios a favor o en contra. Lo común a estas opiniones ha sido su radical postura respecto a un proyecto cinematográfico cuyos fines eran previsibles desde el inicio de su producción. El director del film (Ricardo Maldonado) no ocultó su propósito de obtener un resultado que diera grandes réditos económicos sin detenerse a pensar en la calidad de lo que se proyectara.

Las posturas contrarias han destacado la trama nula, el regodeo en la performance del “vivo” o “pendejo”, los conflictos de clase, etc. Sin embargo, creo que la exacerbación contra esta película es un tanto inútil pues desde ya se sabía más o menos, o al menos se intuía, qué esperar de ¡ASU MARE! Todos incrementaron sus esfuerzos para señalar la muy cuestionable película haciendo hincapié únicamente en la trama y claro, el mensaje, sin dar mayores opiniones respecto a otras cuestiones, como las formales, las interacciones de los planos de la cámara (los cuales, dicho sea de paso, fueron aún peores que el desarrollo de la historia), por ejemplo.

descarga (1)Lamentablemente ¡ASU MARE! es solo el reflejo de lo disfuncional y discriminatorio que puede ser la interacción en nuestra sociedad. Es soso rasgarse las vestiduras por el nivel de la película; debería lamentarse cómo esta recibe una gran acogida nunca antes vista en una proyección nacional  y cómo hace relucir en la performance del público las taras que percibimos en nuestro día a día. Por ejemplo, recuerdo una escena donde Tatiana Astengo le dice a la madre de Cachín respecto a éste: “qué suerte, te salió blanquito”, con clara intención sarcástica, sin embargo, no escucho ni una risa, o por último, ni una sonrisa cómplice. En cambio, en la escena de la cola, cuando dos personajes que representaba al “afro” y al andino atacarse mutuamente, los espectadores no paraban de reír. De algún modo reírse de ciertos seres, sectores, situaciones, etc., no era permisible o en todo caso, había algo en la mentalidad de los espectadores que suprimía una eventual burla.

Repito, hacer la crítica del caso en referencia a la película es saludable para señalar ciertos aspectos, pero imbuirse del aura “sacra” propia de románticos cinéfilos, para arremeter contra algo que se sabía no era más que un mero pretexto para ganar dinero haciendo uso de nuestro imaginario retorcido y habitual, resulta de manera, inocuo. Criticar ¡ASU MARE! debería servir para algo más. La película de Carlos Alcántara no salvará el (ya muy minusválido y desvalido) cine nacional, pero que tampoco lo hundirá ni será su acta de defunción.

Reprochar la performance de la película solo será útil en la medida que se plantee un cambio más allá de lo meramente artístico, pues si algo hay que rescatar de ¡ASU MARE! es hacernos recordar lo endeble del cine nacional como una refracción de lo que ocurre en nuestro entorno. Probablemente exista una segunda parte con resultados y efectos similares, pero no esperemos un cambio sustancial en la arquitectura de la película. Al director, productor, protagonista y demás, no les interesa lo anterior, únicamente responden a las leyes del mercado que cada día se arraiga más en la cartelera peruana.

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Crash: La película que Marinetti debió ver

Por: Fausto Barragán

 

 

descargaLas películas con grandes y espectaculares explosiones han estado toda la vida. Siendo un poco más específicos, accidentes vehiculares, en donde por su considerable nivel de impacto logren impresionar al público consumidor, resultando algunas veces atinado para tal fin,  las vemos a cada instante. Pero estoy seguro que pocas, han explotado de una manera tan oscura y morbosa tales circunstancias. Una de estas muestras, captando poco a poco más adeptos, es la interesante Crash (1996) del maestro David Cronenberg.

Basada en la novela homónima de J.G. Ballard,  Crash nos muestra la vida de una pareja de amantes (James Ballard y Catherine Ballard) que misteriosamente luego de un accidente automovilístico por parte de James B., son arrastrados por una nueva y confusa forma de concebir la realidad. Ésta se definiría ahora por la búsqueda del placer, un placer tan grande y rápido que solo se pueda experimentar a través del choque entre autos. A partir del mentado accidente en la carretera, James descubrirá esta nueva pulsión que lo incita a buscar el peligro mediante la velocidad y los fierros. A partir de ello, llega a ser miembro de una suerte de grupo, regentado por Vaughan, inquietante personaje que pasa el tiempo libre fotografiando accidentes automovilísticos y representando clásicos choques que tuvieron como protagonistas a estrellas y celebridades (James Dean y Jayne Mansfield, por ejemplo.) muertas en los mismos. Éste sería uno de los personajes más extremos y por supuesto interesantes, quien es conducido por sus deseos y pasiones hasta el límite, sin escatimar en su propia vida, la cual, estando al servicio del más puro y descarnado placer, es tomada como modelo por los demás personajes. La esposa de James, quien no participa del accidente pero que de igual forma logra ser arrastrada por la personalidad e influencia de Vaughan a través de James quien la mantiene al tanto de lo sucedido en las reuniones con este inusual grupo, logra despertar dentro suyo una similar necesidad, aunque podríamos hablar –solo con ella- de una “suma” de herramientas hedonistas, pues desde el inicio de la película  vemos cómo ella presenta cierto placer apoyado en la adición máquina-sexo, desbordándose sobre sus propias fronteras, para despegar a ese lugar sin norte al que son arrojados todos los involucrados en esta historia.

Los demás miembros de este grupo son otras víctimas que tuvieron accidentes relativamente similares y que al igual que nuestro protagonista, están en la búsqueda de ese placer veloz al que solo pueden acceder mediante la velocidad de sus máquinas, externas e internas. Me refiero a que los automóviles actúan a manera de extensión de los propios cuerpos de sus choferes, prologando el placer,  abriendo otras ventanas que permiten el ingreso de diversas sensaciones, muchas de ellas, sexuales.

A esto también hay que sumarle las imágenes, el soporte fotográfico de la película, que intenta crear un matrimonio entre la sexualidad en todos sus sentidos, y la violencia de las máquinas; de esta forma, los cuerpos desmembrados, la sangre, los fierros incrustados, los vidrios rotos por cuerpos que son arrojados fuera del vehículo, adquieren en definitiva tanto erotismo como las escenas sexuales propiamente dichas, que para variar, son casi todas, se desarrollan dentro del vehículo, esté en movimiento o no. La necesidad de estos personajes no solo de estrellar sus naves, sino de buscar en depósitos o cementerios de autos, con el fin de subirse en ellos para experimentar los más retorcidos orgasmos, son una muestra interesante del estado que presentan estas víctimas. Se anulan como sujetos vivos, y buscan en las “tumbas” o depósitos recoger parte de lo que fueron en algún momento; oler, percibir al menos por unos segundos el mismo miedo, el pánico, el shock del instante previo a la colisión, tan estimulante pero efímero, será lo que seduzca a estos amantes de la muerte.

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De ello podemos encontrar algunas películas que grafiquen rápidamente lo expuesta en Crash. Por ejemplo si recuerdan en la clásica de Tarantino Death Proof (Tarantino: 2007), podemos apreciar en la conversación del Sheriff y su hijo, en tanto intentan establecer una teoría sobre la causa de un accidente automovilístico, cómo uno de ellos describe con asombrosa y hasta bella precisión, el tema neurálgico de Crash. “Yo me imagino que es un rollo sexual. No puede haber otra. Impacto a alta velocidad, metal retorcido, cristales rotos, las cuatro almas extinguidas en el mismo instante, probablemente es lo único que hace correrse a ese diablo degenerado” (sacado del doblaje al español).  Si bien en la película podemos experimentar dos momentos que envuelven al protagonista, James Ballard, no se aleja demasiado (o sea 180 grados) de su estado original. Quiero decir que al inicio de la historia, él era una persona dispersa, con amantes (al igual que su pareja), una vida sin vivir, sostenida solamente por su actividad sexual, cosa que viró un poco luego de su accidente, en donde conocerá otro tipo de satisfacción, pero que al fin y al cabo, resulta siendo sexual.

La música y el repaso constante de carreteras fluidas e infestadas de vehículos a gran velocidad, sirven como eslabones en una película que intenta ser veloz, sin pausa, toda acción. Dentro de ello, podemos apreciar los impactos o choques, no solo entre los autos, sino en cada momento que James logra desatar sus pervertidos deseos, interpelándose a sí mismo, pero sin interponerse entre el placer que rezuma de su cuerpo, bebiendo desesperadamente cual vampiro,  la sangre atrapada entre fierros, motores y ajenos sexos. Otro de los atractivos, aparte del sentimiento intrépido y temerario de los personajes, es la sensación post impacto, que suspende por breves segundos a las víctimas, proyectándolos fuera de sus vehículos, específicamente a sus almas, que son arrojadas con violencia para amarse unas a otras, teniendo como adecuado marco, los vidrios y fragmentos rotos de una explosión. La extraña colisión de vidas y emociones yace desperdigada a lo largo de esta película, en cada diálogo, hasta en cada retorcida elucubración.

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En definitiva, categorizada como “Thriller erótico”, Crash, no hace más que recordarnos la inestable condición del hombre,  capaz de quebrarse y adoptar un rumbo nuevo. Si podríamos hablar de una nueva vida, entonces, “volver a nacer” es una posibilidad en este film, para nada fantástica, si es que la satisfacción de nuestros más primigenios deseos se esconden detrás de ello. La explosión de diversas vidas, la desintegración, la velocidad, el despertar de la conciencia de estar todos marchando con un rumbo fijo, aunque diferente, pero aun así compartiendo la misma autopista, hasta toparnos cara a cara con la muerte, víctimas del trágico destino. Siendo ligeramente anacrónico, me pregunto qué hubiera opinado Marinetti sobre esta extraña forma de rendir culto a la máquina y la velocidad.

Todos flotan aquí abajo

Por: Fausto Barragán.

 

 

imagesLa manera como una película puede marcarnos recae de formas distintas. Están los que se dejan atrapar por la historia, aunque muchas veces los recursos fílmicos adolezcan de las condiciones necesarias para ello, y los que van en busca más que de una gran historia, de las astucias cinematográficos del director. Es complicado situarse en uno de estos bandos, que dicho sea de paso resultan sumamente básicos, por la enorme cantidad de cineastas que transitan a su gusto por tales dominios. Pero en mi caso, que no me precio de cinéfilo (o similar calificativo) he tenido la oportunidad de ver una de las películas más ricas (incido nuevamente, para mí) después de mucho, que sentí mía desde siempre, desde el leer parte de su sinopsis, o desde el ver la simple portada. Es curioso que nos ataque tal sensación, pero estoy seguro de no ser el único.

Parte de este entusiasmo es probable que se deba a mi humilde educación como consumidor del séptimo arte, orientada específicamente a películas de terror del conocido cine “serie B”. Dentro de este grupo, creo que se encuentran las clásicas, ahora consideradas películas de “culto”, las de Wes Craven, J. Carpenter. David Cronenberg, Tommy L. Wallace, entre otros. Estas muestras, es probable que por su autenticidad, o por su falta de “animación”, producto obviamente de la época, hayan calado en mí de tal manera que, disfrutar de obras de tamaño calibre, es casi como encontrarme con partes de mí, que sin haberlas conocido antes, sé que me pertenecen.

Esa misma sensación fue la que me acompañó al ver un clásico (para muchos) del género de terror, ese que toma como ícono la figura de un personaje tétrico de por sí, sin ornamentos que lo vuelvan terrorífico, pero que al estarlo (para esta película), ha logrado perturbar seguro a más de una generación. La película de la que hablo, es nada más y nada menos que la conocida y recordada “IT”, o “ESO”, basada en la novela homónima (para variar) del maestro de terror norteamericano, Stephen King, siendo considerado también como un personaje de “culto” no solo por los seguidores de su obra sino, por los fanáticos de este tipo de películas . Es así que este payaso, se vuelve un elemento recurrente en alguna de sus novelas, apareciendo esporádicamente y ayudando a propalar la todavía existencia de su espectro en su mundo, el que al fin y al cabo importa, el mundo de la ficción.

La película IT (1990 ) dirigida por Tommy Lee Wallace, en colaboración con Stephen King (guión), le da vida a un peculiar pueblo azotado por inexplicables desgracias, las cuales presentan víctimas en común: niños. El nombre de IT o “ESO”, responde a la variada e imprecisa forma que adopta el mal en la película. En un momento puede ser una persona, un animal, etc., aunque frecuentemente tome la forma de un payaso. Es por ello que lo mencionan como “Eso”, al sentir más que cualquier materialización física, una terrible e intimidante maldad, incapaz de nombrar.

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La historia presenta como protagonistas a un grupo de niños que se hacen llamar “El club de los perdedores”, conformado por Bill, Ben, Beverlie, Richie, Eddie, Mike y Stan, objetivo del mencionado payaso, conocido también como Pennywise, quien intenta acabar con ellos a como dé lugar. Su aparición se da de forma inmediata, en la primera escena, y esto de hecho es un punto que atrae mi inquietud, al no gastarse en posibles explicaciones sobre su origen, vuelve a los espectadores testigos mudos de un problema ya iniciado, de uno más en una larga lista que esquiva todo tipo de explicación (al menos en la película), sino más bien expone una continuidad. Esto, funciona astutamente con la propuesta del director, al entrelazarse de maravilla con los saltos en el tiempo de los personajes, inicialmente niños, hasta sus respectivas versiones adultas, teniendo todos ellos como fin, acabar con ESO.

El porqué esta película me inquietó responde a condiciones que en lo personal siento carente en el cine actual, hablando del género de terror específicamente. Desde el punto de la continuidad, (véase al inicio de la película) del saber que estamos siendo testigos de un proceso mayor, que escapa a nosotros, resulta atractivo. Las desapariciones en serie bajo el mismo patrón, y la necesidad de encontrar al asesino, urge la aparición del típico detective o civil (pero con dotes innatas de agente de FBI) que logre descubrir el meollo del asunto. A esto, la historia nos sorprende al ofrecernos a un grupo de niños como los encargados de resolverlo. Desde este punto de vista, la película no es condescendiente, para nada. Si los niños son las principales víctimas, ellos mismos deben velar por su seguridad, enfrentándose con el problema cara a cara. Y es ahí donde radica su valor, que la visión predominante, que gobierna en las escenas, es la de los niños, esa, la del temor que implica luchar contra el miedo de cada uno de nosotros, el cual, está presente toda nuestra vida, por más que se comiencen a usar pantalones largos, trabajar, pagar impuestos, etc.

“El club de los perdedores”, los cambios constantes de tiempo, las terribles imágenes de terror, desarrolladas con la música e indumentaria atinadas, los mínimos detalles que nunca están de más (el caso de los aretes de plata), la trama aparentemente simple, pero envuelta de misterio, de un pasado que no logra ser disipado, y la sensación de continuidad del mal, son los elementos que más me atraen de IT. Más allá de ello, la pasión, ingenuidad, lentitud y sobre todo el factor de la “promesa”, de que pase lo que pase, si el mal (ESO) llegara a retornar, ellos no dudarían en volver para sofocarlo nueva y definitivamente;  esta promesa es la que sostiene la película, ya que se compone de los recuerdos (niños) de cada uno de estos adultos mientras se dirigen a su pueblo, lugar donde sucedieron y treinta años después vuelven a suceder las misteriosas desapariciones, predominando siempre la mirada pueril persistentemente mencionada.

La zozobra en los personajes, los lúgubres espacios dentro de sus dominios, el espíritu de lucha, la lealtad, los viajes en el tiempo, y todo bajo la sonriente mueca de Pennywise, estoy seguro que superan las un poco más de tres horas que dura esta joya cinematográfica. Los transportará a un espacio auténtico, del mismo corte que los de pesadilla en la calle Elm, o los tétricos parajes de Cristal Lake, etc. El sentimiento de persecución y el llamamiento a terminar con una amenaza que después de treinta años vuelve a asomar como peligrosa, esperando que cada uno de los “perdedores”, esos que lejos de súper héroes o protagonistas detectivescos, logren vencer sus miedos, para no terminar como los que sí perecieron en ese intento, los que en palabras de Pennywise, “siguen flotando allí abajo”…

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