Una hora y media después

Por:  Fausto Barragán

 

imagesMientras pasan los días, horas, y minutos, todo se vuelve una enorme roca que arrastro desde el momento en que dejé de escribir aquí, espacio  único en donde algún tiempo pude respirar. Por eso decido arrojar de una buena vez mi impresión final sobre esta historia (en deuda hace mucho), que me hubiera gustado me llevara hacia otros rumbos, aunque, sin restarle mérito, sería injusto esconder mi encanto con su producto final.

El nombre de cada uno de los personajes, carcomiendo mi pesada curiosidad, desataba un sinfín de hipótesis sobre el devenir de sus historias paralelas e individuales. Todas ellas al suelo por culpa de un disparo en algún tugurio de la ciudad, dentro del esplendor de la noche, mientras el resto, con apacible sueño y convenida ignorancia, cómplices de las promesas de un pobre hombre que dejó de ser dios para morir junto a su pútrida creación, volcaban este inevitable pero urgido final.

Si bien Remo Erdosain en Los siete locos, perfilaba como el mesías, ese que de la mano de un eminente Astrólogo, lograría llevar a cabo sus planes de superioridad y destrucción de la sociedad en base a la pugna de sus egos y estados de megalomanía severos, iba a dejar un marcado vacío en esta nueva entrega. Pues, recién acabada mi lectura, dudé con cuál de los Erdosain quedarme. Con el primero, ese ideal, casi divino, que por una vez en su vida tenía la certeza de que todos sus actos, su manera de actuar, sus posibles defectos, todo, todo, parte de un plan mayor, orquestado por oscuras fuerzas dentro de sí; o el segundo, que dejaba ese mar de posibilidades y exitosos augurios, alejándose cada vez más de la figura que su entorno se encargó de sembrar, para dar el primer paso hacia la realidad, y caer como la más burda de sus víctimas, triste, solo, conviviendo con su depresión. Sinceramente, no sé por cuál apostar.

Los lanzallamas, siendo su primer esbozo el de Los monstruos, (creo que le hace mayor justicia éste último título), plantea la resaca, para ser más preciso, el tramo, el proceso de una larga y tensa noche de violencia embriagante propia del poder, hacia el alba, descubriendo a cada uno de estos monstruos, y con ello, irónicamente, provocando su ocaso. De esa forma, impetuosa, les llega el final a los entrañables personajes que nos deslumbraron en Los siete locos. Uno a uno caen como naipes, sino muertos, hechos prisioneros. Probablemente me quede con esta última novela, que le pone fin a la trilogía.

¿Y Erdosain? ¿Qué pasó con Remo Erdosain? Solo diré que la abrupta humanidad recayó sin piedad sobre él. Terminó en su ley, entregado a sentimientos hedonistas, siempre buscando el fondo del pozo,  aquel que resultó siempre su alma. Fue tal su constancia y devoción que no pudo soportar el peso de ser el hombre miserable que alguna vez anheló ser. Al final de todo, no llegó a renacer de sus cenizas. Es conmovedora la forma en la que intenta resarcir el daño cometido, enmendar todos los errores en un solo gesto de desesperación acompañado por la dura idea de que nada volverá a ser igual, nada después de haber cruzado la línea. Tuvo lo que quería  al final del camino, aunque no haya sido consciente de ello. Una bala basta para cambiar la vida de una persona; irónicamente, el gatillo que tanto buscó, estaba más cerca de lo que pensaba.

Es así que los pequeños hombres se nos escapan de las manos. Aquellos quienes en un momento quisieron tomar el cielo por asalto, solo armados con la sana esperanza de convertir al mundo en algo que sus egos y complejos pudieron asumir como “correcto”; liberarlo del hombre. Esta novela nos deja un sabor a plomo, plomo húmedo, recién impactado en nuestro rostro, lleno de pesimismo; calles vacías, gases tóxicos regando cadáveres a su paso; prisioneros prematuros arrancados de la fiesta anarquista, y un hombre, el más buscado de todos, inerte de un disparo en uno de los asientos de algún ferrocarril.

Queda de Los lanzallamas, un sabor a fugacidad, a vacío, a nada. “Impasiblemente amontonaba iniquidad sobre iniquidad. Sabía que iba a morir, que la justica de los hombres lo buscaba, encarnizadamente, pero él con su revólver en el bolsillo, los codos apoyados en las rodillas, el rostro enrejado en los dedos, la mirada fija en el polvo de la enorme habitación vacía, hablaba impasiblemente.” (pág. 400)

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