Lo prohibido a veces llega bien

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Con relación a mi última experiencia lectora, debo mostrar mi desgrado por el que consideré iba a ser mi autor favorito, y todo por su éxito, sí, debo admitirlo, del libro y después película El club de la lucha. Hablo de Chuck Palanhinuk, y de su novela Snuff. La idea es buena, una trajinada estrella del porno, Cassie Wright, a punto de realizar una proeza para esta industria, así como para ella misma: tener sexo con 600 personas ante cámaras. Y no solo ello. De hecho, la trama agarra vuelo al saber que dentro de los reclutados en el casting se encuentran el supuesto hijo de Cassie Wright que nunca llegó a conocerla (solo a través de sus películas), el padre del joven, actor porno veterano que planea regresar al ruedo luego de este film, y muchos otros curioso personajes que rellenan de a pocos esta descabellada historia. Claro, hay que resaltar que Snuff, lleva ese título por el riesgo de que Cassie Wright muera en plena filmación.

Mencionando también anécdotas y datos interesantísimos (imposible negarlo) de ese mundo que muchas veces pasa de nuestros ojos, a las  manos y al papel (en el común de los casos), sin siquiera preguntarnos ¿qué se esconde detrás?, se deja extrañar su narrativa violenta y directa, en reemplazo de esta torpe y por momentos perdida. No me convenció. Espero con el tiempo poder darle una oportunidad, para evitar decir que lo mejor que tuvo se llevó al cine; ¿historia y discurso, señores?

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Más que una película

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Sentimientos encontrados se volcaron en mí al ver la recientemente celebrada película Dallas Buyers Club del 2013, dirigida por Jean-Marc Vallée y protagonizada por Matthew McConaughey, Jared Leto, y Jennifer Garner.Esta presenta actuaciones destacables de los dos primeros. Eso es indiscutible. Al igual que la fórmula (hablando crudamente) de realizar una película sobre el controversial tema de la industria del SIDA, o llamado de una forma más justa (personalmente hablando), “el negocio del SIDA”. Esta propuesta si bien presenta un visceral repaso de la vida de Ron Woodroof en su desesperada carrera contra la muerte, la misma que lo conduce al mercado humano de la industria farmacéutica, donde nuestra salud física y emocional tienen un precio, es rescatable por los temas tangenciales que trata. Por ejemplo, la sinceridad con relación a la “oportuna” herramienta médica aparecida contra el “temible” virus de VIH, que no se debió más que al reciclaje de experimentos fallidos contra el cáncer. El directo (y muy conmovedor) rechazo a los considerados por años como la “salvación” de estas víctimas, los malditos AZT (protagónico responsable de millones de muertes en la historia del SIDA). Los tratamientos de científicos alternativos, muchos de ellos premios Nobel (lástima que no se haya incidido en la película) en ciencias, que han y siguen ayudando realmente a los necesitados de este mal. La censura e indiferencia de las grandes industrias farmacéuticas hacia los nuevos y verdaderos avances médicos alternativos, que no apuestan más allá de sus intereses, temiendo perder a la gallina de los huevos de oro. Y sobre todo, la paranoia social hábilmente manipulada por la industria farmacéutica en la década de los 80 y 90. A pesar que el final me disgustó, pues luego del puntual cuestionamiento a la autoridad médica oficial, pareciera que el narrador le arroja un guiño, poniendo a aquélla como responsable de la salvación de muchas vidas, claro, con ayuda de Woodroof, pero al fin y al cabo, responsable, respiro emocionado porque el tema ya se puso en tapete. Ahora, nos queda esperar cuál será la verdadera valoración que el público le dé; si solo nos quedamos con la típica catarsis plástica hollywoodense, o si podríamos llevarlo a la vida real.