El beso que no termina

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Acabo de leer El Beso al Leproso, novela de Francois Mauriac, y no me he llevado una agradable sorpresa. Solo cuenta la triste historia de un personaje que poco a poco experimenta un tránsito hacia el alejamiento en busca de un adecuado lugar para “descansar”; un simulacro de muerte. Me gustó la forma en que es narrada, directa, precisa, sin mucho artificio retórico. Resulté también conmovido con la violenta nostalgia de “querer ser” y “ser” del protagonista, en este caso, de  Juan Peloueyre; ese motor dentro de todos nosotros que nos vuelca a aferrarnos a la vida, a pesar de que no nos haya tratado muy bien. El Beso al Leproso, al menos en la edición que me conseguí, presenta (es curioso) ambos nombres “Beso” y “Leproso” con mayúsculas. Menciono que es curioso porque creo que definen y podrían resumir muy bien la novela. El Beso puede ser la piedad, el amor, la pena, el consuelo hacia alguien, el Leproso, incómodo, querido, odiado, en fin, un personaje víctima de sentimientos ajenos que intentan tenderle una mano, cuando realmente no lo desean así. Con todos estos elementos, puede que logre gustarles esta novela, pero en lo personal, que salí de una lectura relativamente mayor (Nudo de víboras) del mismo autor, no logró convencerme.

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