El reloj que nunca avanza

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Todos leemos lo que queremos leer. Si bien se parte de un sólido y único texto, en este caso la novela, cada quien encuentra, decodifica, activa, peculiaridades de esta, construyendo de la forma que mejor puede, su propia versión. Lo digo para dejar en claro que todas las palabras que en breve escribiré, no responden a un intento de figuretismo, aprovechando lo mediático del texto a “comentar”, tampoco a una indiscriminada avalancha masturbatoria (sobona) dirigida al autor; no. Esto pudo generarlo un libro de hace cien, diez, cinco, dos años de antiguedad, una película, una canción, en fin, muchas cosas. Pero fue esta novela, Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles, la que hoy me obliga a escribir.

Como mencioné, siempre las textos que más nos logran impresionar (considero), son aquellos que en parte, reposan dentro de nosotros, sin conocerlos claramente, pero que al verlos, leerlos o sentirlos, quiebran nuestro espíritu (o como se quiera ver) irremediablemente. La incertidumbre que abraza al protagonista, la urgencia por que una mano lo ayude, hasta el mismo hecho de que no lo recuerde con un nombre propio, hacen que no solo me compadezca de él, sino de mí mismo. No soy escritor, ni atravieso por un reciente divorcio, ni tengo un conejo, pero carajo, sé del monstruo que lo gobierna. Ese que devora todo lo bueno, lo seguro, lo cierto, volviéndolo un paradero artificial, temporal, dentro de una carrera que nadie nos avisó que debíamos correr. En esos momentos, nos damos cuenta, sea de la forma que sea, que los ídolos en los que creímos alguna vez, nunca fueron tal.

El padre es una sombra que alcanza amenazando al niño que llevamos cada uno de nosotros. Su figura se desvanece volviéndose más humana, y me conmuevo. Recuerdo que hace un par de años tuve la oportunidad de conversar con mi padre en circunstancias parecidas, y si no me reveló una historia similar, de romance trunco del cual se ha arrepentido hasta la fecha, sí me contó historias que me hicieron por primera vez mirarlo a los ojos, a sus ojos cafés, profundos, con tantas cosas que decir, y ver en él no a un personaje establecido de mi hogar, sino a un hombre, que cometió errores y aciertos (dependiendo cómo se vea), los cuales terminaron en mi familia, en mí. Pude comprender que la historia que nos contaron muchas veces de niños, no siempre fueron así; historias de héroes, de sacrificios, de malos de buenos, todo, fue solo una reconstrucción, una continua reconstrucción de vidas ficticias. Por ello esta novela encontró un lugar en mí.

Méritos literarios, tiene de sobra. De ello se encargará la crítica literaria “dura”, que ya de hecho, lo está haciendo. Solo quise compartir mis impresiones sobre una muy buena novela, que recomiendo a todo el mundo que tenga la oportunidad de verla en cualquier estante. Será una experiencia de la que no se arrepentirán.

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