Nadie ve a través del cristal

 

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Acostumbrado a que tus enormes ojos siempre estén vigilando, a la expectativa, a cada movimiento realizado, siempre, en silencio, observando, nunca reparé en la sola idea de que un día, así como la vez que sorpresivamente llegaste, te marcharías por la puerta trasera, sin avisar a nadie. Con el burbujear de tu respiración, estuviste en los mejores años de mi vida, sin decir nada. Claro, solo te hacías presente cuando agitabas tu cola reclamando alimento o manifestando un malestar. Pero de eso, era rara vez. Recuerdo cuando llegaste hace casi exactamente trece años, mi padre te trajo al igual que un cardumen más, y los puso en una hermosa y gran pecera, en el primer piso, cuando aún vivíamos en toda la casa; fuiste de la primera promo. Todos ellos, salvo tú, murieron con el pasar del tiempo. Tu raza era esa tan famosa, goldfish la llaman. De lo pequeñito que eras, empezaste a crecer, de pronto haciéndote significativamente notorio. Te convertiste en la atracción de la casa. Fue cuando despertó mi interés hacia ti. Cuando nos mudamos exiliados al segundo piso, le diste presencia a la sala con tu elegante trajinar. “Qué lindo”. “¿Tanto crece?”. Hasta algunos hijos de puta soltaban “Hay que hacerlo ceviche”. Pero bueno, creciste mucho. Mis reuniones nocturnas, amistades efervescentes, sintéticas, innombrables excesos, de todas fuiste cómplice. Hasta llegaste a participar en ellas, con el licor, el humo de los lucky strike, y todo; un auténtico guerrero. Estuviste en todas. Si pudieras hablar, mi gran amigo. Hace 1 año y medio, uno de mis gatos en un intento por cazarte, rompió el vidrio que protegía tu morada, cayendo un pedazo sobre tu suave lomo. Lamentablemente de ello, devino un horrible tumor que te dejó lisiado de por vida. Pero ¿lisiado? ¿Es posible? Al menos para mí, que te vi, sí. Estuviste nadando de costado, hasta llegar a hacerlo boca abajo. Todos te daban por muerto, aún así, seguías resistiendo. Tus agallas empezaron a enrojecer más de lo normal, ya no comías como antes, comenzabas a morir. De esas cosas que trae la vida, mi tío, uno demasiado irresoluto, parco (y del que seguramente contaré cosas más adelante), nos abordó, con una idea radical: “hay que extirpárselo”. Al comienzo lo mandé obviamente al carajo, pero, meditándolo bien, pensé (irrespetuosamente) que no había nada que perder. De pronto mi madre y prima eran las asistentes de un improvisado cirujano, Dr. Hollywood (homenaje a Los Simpson), como me hacía llamar para la ocasión. La intervención tuvo dos tiempos. Así es. Dos veces estuvo afuera, en un intervalo de 45 a 60 segundos en cada oportunidad. ¿Resultó exitosa? Sí, porque no murió en la operación, y luego de ello, empezó a nadar casi con normalidad. Pero, a pesar de la alegría imperante en mi hogar, sentía en su mirada cierto reclamo, cierta incomodidad, cierto rencor. Como si le hubiera arrebatado su justo derecho, luego de más de una década de ser un respetado miembro de mi hogar, a morir. Su andar era incierto, como un milagro. Todos lo veían y comentaban ya no como el gran y hermoso pez (aquellos tiempos), sino como el milagro viviente, producto de una improvisada y jocosa hazaña. Mientras todos lo veían hace un par de semanas, deseándole ya una muerte próxima, para retirar la pecera de la sala y darle otro uso al espacio, yo sentía que algo de mí se estaba muriendo, marchándose con él. Su pesar era el mío, su incertidumbre de vivir otro día más lo soportaba en mi espalda, ahora, ayudando a la suya, que nuevamente se empezaba a descomponer. Hace un par de días, cuando mis padres se marcharon de viaje, pronosticaron su muerte y lo que debería hacer con ese lugar. Yo no lo quería creer. Pensaba que como siempre, le sacaría la vuelta a los pronósticos y viviría, uno, dos, tres meses más, quizás con suerte, para siempre. Pero no. Hace un par de horas, después de relajarme y tomar un baño producto de un agotador día en el trabajo, me disponía a darle su habitual comida, esa de bolitas marrones, cuando me di cuenta de algo que me congeló por segundos el alma. Esa mirada, inquisidora, tan suya, de pronto ya no escarbaba en mi alma, y se alejaba con un ritmo sin compás, meciéndose, estática, tan ajena que no podía reconocerla. No pude llorar porque mi prima estaba viendo televisión en la sala, lo cual me pesó más, pues sabía que le debía todas las lágrimas que he contenido en los últimos años de mi vida. Lo primero que hice fue intentar devolverlo a la vida, pero fue en vano, ya se había marchado, con seguridad en la tarde. Le pedí perdón, no sé por qué exactamente, pero lo hice. Lo retiré con un papel absorbente (o no sé cómo se llame), saqué la espátula, y sus frascos de comida. Cavé discretamente un agujero en mi jardín, nuevamente, y lo deposité en donde considero descansan los héroes de mi hogar, aquellos que nos llenaron de alegría, al menos por un momento, y colaboraron por unir más a mi familia. Lo enterré, hace dos horas. El vacío en mi pecho aún no se ha marchado. Trece años de mi vida acaban de serme arrebatados de una forma tan extraña que no sé cómo explicarla; simplemente se fueron. Y esto no es un intento de cuento, o algo por el estilo, acaba de pasar, hoy, 11 de julio del 2014, a las 9:30 p.m… y a pesar de que estas palabras no sirvan de nada, pues no sabía leer, me pesa decir que nunca lo bautizamos, o al menos, no lo conocía por un nombre, simplemente era él, y este es un pequeño homenaje a su ausencia, a mi ausencia; al igual que un llamado a rescatar la vida que muere a mi alrededor, y a estar alerta de las nuevas tempestades que se avecinan; lo puedo sentir…

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