Somos parte de la noche

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Hace un par de semanas que no posteo nada ni en este medio, ni en ningún otro. No es algo de lo que me enorgullezca, pero tampoco lo contrario. Lo digo, como una suerte de disculpa para los pocos que se toman la molestia de leer alguna de mis palabras, y más aún, para los que les resulta algo interesante. Hace poco leí una novela del escritor peruano (subestimado, dicho sea de paso) Fernando Ampuero. La novela lleva por título Hasta que me orinen los perros. Debo reconocer que apenas lo vi, decidí entregarme por completo a su breve lectura. Quizás por mi anormal gusto por lo callejero, o por los recuerdos que ese rótulo despertó en mí. No lo sé. El hecho es que leí la novela, y si bien el final no me pareció brutal y contundente, debo reconocer que cumple su cometido de forma divertida, y por qué no, eficaz. Me enteré después que dicho texto forma parte de un corpus mayor, al que el mismo autor llamó “mi trilogía callejera de Lima”. La historia es sencilla. Alberto, taxista por obligación, es víctima del robo de su carro, lo que motiva en él, una comprensible necesidad por redimirse ante la sociedad, y sobre todo, ante su mujer, sin reparar en la legalidad de esos medios: el negocio de comercio y tráfico de borrachos. La novela si bien nos habla de la carrera desesperada de un taxista por no dejarse arrastrar por la tempestad, no cae en el trillado repertorio de las “anécdotas” que estos reyes del volante tienen a montón, sino que aborda de forma directa el problema. Por otro lado, la historia que vive con su mujer, quien representa una suerte de conciencia, de legalidad, al ser policía de tránsito, y convivir bajo el mismo techo, le suma una significante cuota de incomodidad, amor, y cinismo. No me es posible hablar de la calle, sin su referente mayor, Enrique Congrains Martin, quien dicho sea de paso, es homenajeado con esta novela. Recordemos un poco No una sino muchas muertes. Claro, que en esta oportunidad, no hay locos, sino borrachos. El libro está lleno de frases que anteceden a cada capítulo, divertidas, me arrancaron muchas carcajadas. Por ejemplo: “Llámalo cuestión de valores. Una cosa es ser un hijo de puta y otra un conchasumadre“. Y en otras, que te llevan a clavar el separador de páginas en tu libro, y reflexionar un poco “La noche, a la vuelta de la esquina es un montón de basura. La noche te ensucia el alma de improviso. Merodeando por las calles silenciosas, cuando casi toda la ciudad duerme veo cosas terribles -gente comiendo desperdicios, pervertidos manoseando niños, peleas salvajes- aunque lo peor, creo yo, es oír un llanto o un grito lejano. Alguien sufre por ahí, me digo. Alguien pide ayuda y nadie lo oye. Eso es la noche ¿Entiendes por qué me callo, Rosa? ¿Cómo decirte que yo también soy parte de la noche y que vivimos en ella?

Salgan a caminar, ahora, en la madrugada. Pónganse su casaca, y marchen hacia la noche. Ella siempre tiene un lugar para nosotros. Yo lo hago cuando puedo. Nunca está demás. Buena noche.

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