Velar su propio funeral

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La narrativa de la violencia, como se la conoce, fue una natural respuesta a la crisis social que nos golpeó hace muchos años, deviniendo en un problema que encontró rápida repercusión en muchas formas artísticas, en especial, en la literatura. Pero este problema aún no está resuelto, y no solo me refiero al ambiente turbio que se desprende con el pasar del tiempo de esa curiosa convención a la que bautizaron como “Comisión de la Verdad y Reconciliación”, sino a la persistente entrega de novelas que albergan como tema central “los años de violencia en el Perú”. Al respecto considero que existen dos tipos de escritores; los primeros, aquellos que siguen navegando en aquellas turbulentas mareas de sangre, luchando con sus propios fantasmas, intentando superar conflictos a partir de la verbalización del trauma, etc. Y los segundos, orientados más por fines comerciales que por compromisos auténticos para con su sociedad, o por último, consigo mismos, que “vedettizan” ese tipo de novela, volviéndola casi de uso reciclable. Afortunadamente no me toca hablar de éstos hoy, sino de uno de los primero (así lo considero, al menos). La novela que comentaré es Criba (Ediciones Copé; 2013) del reconocido narrador Julián Pérez.

La novela nos remonta nuevamente a Pumaranra , ubicada en un Ayacucho desolado, asaltado por el fantasma de aquellos años de muerte para un pueblo que nunca supo con seguridad quiénes eran aliados o enemigos. El recorrido de tres historias simultáneas que se cruzan (ya utilizado con anterioridad) encauzándose en un hecho particular, “la fuga de un estudiante de una cárcel de Ayacucho”, se encargan de sostener la trama. Una estudiante de antropología va en busca del recuerdo de su amigo y sus pasos por su tierra natal; un grupo de compañeros celebran entre cervezas el retorno de un viejo amigo que jura conocerlos a todos, pero del que nadie misteriosamente se acuerda; y la historia (la mejor para mí) de un niño (Manuel) y su abuelo (Gerardo) a lo largo de la vida del primero, sus anécdotas, pesares, victorias, todas ellas matizadas por cierta oscuridad e hilarante cotidianidad, que en lo personal, encuentro muy agradable. A pesar de excederse en muchas de estas historias, y llegar por un momento a pensar que estamos ante una novela distinta, un drama andino libre e independiente, logra cerrar sus fauces y conducir nuevamente la atención del lector clima al que pertenece la novela: “la violencia política”. No es necesario describir balas, bombas, sangre, torturas en exceso para saber que estamos nuevamente de vuelta a la boca del lobo, es lo que nos enseña el narrador.

Lo que me gusta de esta novela definitivamente es el espectro de “post-guerra” que se desencadena de la mano de todas las historias, sensibilidades, miedos, creencias de un pueblo que si bien se puede ver que recuperó al menos un respiro (y siendo audaz, se podría decir que, “vuelve a sonreír”), todavía conserva la tristeza por todos aquellos que ausentes, persisten tocando las puertas de sus familiares en cada oportunidad que una risa intente asomar en sus rostros. Las balas ya no protagonizan nada. El conflicto, la sangre y el dolor, se llevan por dentro. Me quedo con la “nueva” atmósfera, al menos vista en esta novela, que reformula su discurso partiendo de un ya conocido personaje en la vida del autor (para los entendidos), aquella que (probablemente) obligada por la “nueva tendencia” de narrativa de la violencia, esa que dicta que los elementos de esta guerra hace mucho dejaron de ser balas, AKM´s, bombas, fotografías, siendo ahora reemplazados solo por los sobrevivientes y los escombros que cada uno de ellos debe levantar.