Esta mañana, de hecho, hace unos minutos, leo la indignante noticia sobre el retiro de las veinticinco esculturas de cabezas de gallinazos que Cristina Planas, en un intento por sincerar a la población limeña, al recordarles su verdadera identidad, así como hacerles presente la importancia de cuidar nuestro medio ambiente, inauguró a fines del 2014 en la entrada de Los Pantanos de Villa (Chorrillos). Como sabemos, aquellas esculturas fueron colocadas sobre 25 palmeras, con lo que se buscó dar la apariencia de ser gigantescos centinelas, testigos de una ciudad que les da la espalda y no los (se) acepta por completo. Ante este hecho, el (como siempre) responsable principal, que viene a ser la bendita Municipalidad de Lima, argumenta que esta decisión obedece a motivos de “seguridad”, ya que las esculturas debilitaban las palmeras y daban la impresión de caerse, así como por recuperar la “belleza” natural de aquel lugar; belleza que, según ellos, fue arrebatada al momento de llevar a esas mayúsculas aves hacia la cima de las palmeras. Por más que mencionen cuán informada estuvo la autora de la (no sé con qué fin) decisión edilicia, no dejo de lamentar esta noticia que definitivamente termina por empañar este día.

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