Noche del demonio húmedo, en Lima

Por: Fausto Barragán

 

Ante todo, disculpen el retraso con este post.

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Es curioso cómo después de haber bebido muchos de los sueños e ideales heredados de joven, el sentimiento de liberación y realización va quitando una gran pero inadvertida roca sobre nosotros, haciéndonos más livianos (no sé si para bien o mal), grabando en nuestro semblante un gran “por fin los vi”. Es mi caso, con este grupo californiano, ese que tuve como banda sonora durante muchos años de mi vida; similar a otras que llegué a ver, sí, mas única en su especie: Incubus.

La compra de entradas formaba parte de previos rituales para una consumación mayor, finalizando en el cuerpo sudado y la garganta hecha añicos; las cámaras, fotos y videos, también venían como parte de la fiesta, la misma que veo se ha intensificado en estos años. Debo recalcar ahora, esa curiosa palabra, “formaba”, ya que en esta oportunidad abandoné completamente la necesidad de perennizar el instante en absurdos aparatos (me refiero para esas actividades) que tienen el mismo resultado, al pasar el tiempo, que el de sentarte en el ordenador y teclear un video de la banda en youtube. Lo que perdura, o al menos lo que habita bellamente dentro de nosotros es el instante de algarabía en proceso, cuanto dure. Por ello dejé morir esa etapa, y disfruté como nunca del espectáculo.

Hablando llenamente del espectáculo, me desconcertó algo la presencia de esos teloneros, nombre que no recuerdo y es necesario busque en google para ponerlo aquí, “Donavon Frankenreiter”, fue algo que aún no consigo descifrar su finalidad. ¿Qué pensó Incubus o la producción del concierto? Hubiera querido que apuesten por bandas nacionales, “Gaia” por ejemplo, “Por hablar”, en fin, muchas, pero no poner a los músicos acústicos, que si bien (debo admitirlo) brindaron un simpático número con breves canciones, éstas en un momento determinado, llegaron a serle indiferentes al público, adormeciéndolos, si no con las bocanadas de cannabis que nos abofeteaban por parte del público, sí con el cannabis que salían de sus guitarras y voces. Como menciono, simpáticas, melódicas, buenas, pero nada más.

El concierto plenamente, luego de haber empezado con un recuento de 5 minutos, estuvo a la altura de las expectativas que todo fan, adicto a los videos de sus mejores presentaciones en festivales gringos y europeos, podía imaginar. No solo el escenario, la puesta en escena, la entrega de Brandon, los acordes mágicos y perfectos de Mike, y un profesionalismo tal, que cualquiera presente hubiera pensando que se trataba de un playback; todo un colectivo delante y detrás de la tarima, fueron responsables que el 5 de diciembre pasado quedara indeleble en nuestra memoria. Carente de algún tipo de improviso, impecable en su performans, y aunque entre canción y canción Brandon tendía puentes verbales con el público a través de sus (algo masticados) “gracias”, el público en ningún momento amenazó con responderle a punta de carcajadas, todo lo contrario: al finalizar cada canción (Nice to Know you, Circles, I wish you were here, Pardon me, etc.),  muchos repetían “gracias, Incubus, muchas gracias”, se ahogaban entre gritos de satisfacción y desenfreno. Así es, luego de ello, muchos de los que asistimos, podremos descansar en paz.

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Presentación del libro “La última cena: 25 años despúes”

217922_580305155316939_27392125_nEl día de ayer, miércoles 9 de enero, en la librería “Sur” de San Isidro, a las 8:20 p.m se dio a cabo la presentación del libro La última cena 25 años después, de Paolo de Lima. La ceremonia estuvo a cargo de los presentadores Luis Fernando Chueca, Eduardo Chirinos, y José Antonio Mazzotti.

La presentación fue iniciada por Luis Fernando Chueca, el cual confesó públicamente no haber preparado un texto adecuado, además de su sorpresa por la repentina invitación a presentar el libro, ya que aparte de pertenecer a la década del 90, no figura como poeta antologado en la primera edición de la misma; paso siguiente, Eduardo Chirinos, aportó interesantes comentarios a manera de testimonio, en calidad de disidente de la propuesta poética limeña, al estar en esos años en el extranjero, pero que aún así fue incluido dentro de la antología La última cena (1987); y para finalizar, J. A. Mazzotti, se encargó de resaltar la relevancia de esta nueva edición, y por ende, preservar la producción poética que enmarcó y encasilló a la poesía de los 80, incluyendo por supuesto, a algunos de los miembros de Kloaka. A la par, no dudó en remarcar su distancia (por ejemplo, intelectual) con otros grupos poéticos precedentes (Hora Zero) que, en palabras de Mazzotti, “ se demoran en despegar”.

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