Celebro desde mis despojos

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Hace un par de horas, me enteré de una noticia que seguro más de la mitad del planeta ya comenta: Bob Dylan, Nobel de Literatura 2016.  A pesar de que esta sea una situación extraña para mí, pues había pensado regresar al blog con otro post, verteré algunas palabras sobre esta agradable sorpresa. No, no nací con un disco de Dylan bajo el brazo, como me exigen algunos “sabios” antes de conversar sobre él; tengo apenas diez años de conocer parte de su obra (sí, no toda). Solo bastó, podría afirmarlo, estar un día pegado a sus discos (que antes formaba parte de Youtube) para deslumbrarme por completo; por su espectro, su leyenda, sus melodías, tan vigentes hoy, y sus letras, mismas que no sé por qué muchos se empeñan en arrojarlas a la atmósfera meramente “musical”. No sé por qué muchas personas reniegan de esta mención. Seguro no se han tomado la molestia de consumirlo; sí, no solo escucharlo, sino leerlo. Dicen que es un premio de literatura, no de música; bueno, yo les respondería a ellos: ¿qué entienden por literatura?
Está demás decir que celebro, desde los despojos de la persona que pude ser, la reciente mención de Robert Zimmerman.

Adjunto la foto de dos objetos significativos para mí, regalados por un gran amigo que me presentó al mundo (y a Dylan en él) en su más cruda versión. Sé que él, en donde esté (no está muerto, solo que en verdad no lo sé), brindará esta noche.

 

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¿Había de verdad una “crítica”?

Es probable que este texto rompa con la temática del blog (si es que le encuentran una) pero considero más que “relevante”, necesario, opinar (al menos brevemente) sobre una noticia que, apareciendo de forma frecuente en las últimas horas, me veo en la obligación de arrogar mis opiniones al respecto.

El hecho: la “aguda” crítica de Javier Ágreda sobre la última novela de Alonso Cueto, La pasajera, titulada “Había unas 500 veces”, publicado en el portal EL MONTONERO el 2 de abril. Si bien no me considero un crítico eximio, brillante y mordaz, sí un humilde comunicador de sus impresiones luego de consumir diversos productos culturales, sean libros, películas o canciones, creo que existe cierta frontera dentro de la crítica que no se puede traspasar, pues se correría el riesgo de ser deshonesto, simplista o en el peor de los casos, desagradable. Si se toman la molestia de revisar el enlace de dicho artículo, podrán comprender, o al menos intuir hacia dónde apunta mi incomodidad.

Básicamente, la “crítica” del reseñista antes mencionado estriba en el señalamiento del constante, qué decir, excesivo uso de la palabra “había” en algunos párrafos (dos exactamente) según nos muestra. Y luego de ello, nada más. Así es. El 90 %, hasta más, de la crítica de esta novela, se reduce a la “notable” advertencia de este curioso error. Pero seguro se preguntarán, ¿cuál es el problema? Y de hecho, si lo ven así, como un simple comentario o alguna acotación, no lo habría. El problema está en que es publicado de forma seria, en un portal lejos de su muro personal de Facebook, desde donde originalmente partió. Por ello, fuera del pueril enfrentamiento sobre “retórica” en el que se zambullen algunos escritores, alimentando con sus comentarios esta “crítica”, me parece que ella misma, en sí, dice mucho de la lectura que probablemente tuvo su autor. Aparte, justificar la crítica de una novela para impartir de forma fugaz una clase intensiva de lenguaje, me parece de mal gusto.

No está mal señalar tales errores, pero constituir ese aspecto, como columna vertebral de un texto crítico, no me parece ético. Da la impresión de que el reseñista leyera rápidamente la novela, advirtiera estos errores, y dijera en cierto momento: “Eureka”. No habla sobre nada más, y eso es lo preocupante, pues todo texto ficcional bueno o malo, y en este último caso con mayor razón, tienen mucho de qué hablar. Tampoco habría que apoyarse en la urgencia de entregar reseñas a otros medios de difusión cultural sobre la misma novela, mandando cosas buenas a unos e improvisadas a otros. Y con esto, no quiero dejar a entrever algún tipo de relación mía con el autor de la novela (padrinazgos o afines), o alguna simpatía con esta, simplemente quería hacer explícito mi rechazo ante este tipo de “críticas” que, sea del lugar que vengan, no se deberían tomar en serio. Para mayores alcances, dejo aquí abajo el link de la reseña:

http://elmontonero.pe/columnas/2015/04/habia-unas-500-veces/

La fosa de la verdad

DSC_0140 Por motivos de la exposición desarrollada en La Casa de la Literatura Peruana titulada “Sebastián Salazar Bondy. El señor gallinazo vuelve a Lima”, fue publicado un interesante artículo de Juan Carlos Ubilluz titulado: Cristina Planas y sus feos gallinazos, en el que comenta (y empalma a la vez) la figura de esta majestuosa ave tan emblemática de nuestra ciudad, con la obra de un tremendo intelectual como Sebastián Salazar Bondy (entre otros autores) y por qué no, con la misma sociedad que hoy, luego de tantos años de fundada, seguimos maquillando a diario, a partir de la obra artística de Cristina Planas, ubicada en la Av. Hernando Lavalle (los Pantanos de Villa), Chorrillos.

Pero ¿En qué consiste la obra de Cristina Planas?, sencillo: en grupo de cabezas de gallinazos puestas sobre maltratadas palmeras. ¿Qué efecto estético tienen? Ustedes decidan:

0da27463-9808-4dac-a947-2f120ed802be   El texto si bien parte del polémico rechazo de los vecinos de la zona por  la creación de esta “obra artística”, transita por otros incómodos lugares, abriendo capítulos inconclusos que nos compete a todos como moradores de esta ciudad. A partir de diversas incógnitas como: ¿Por qué los vecinos rechazan esta obra? ¿Qué es una obra de arte? ¿Por qué el gallinazo? ¿Qué representa para Lima?, y muchas más, es que el autor nos expone la historia de un personaje tan presente no solo en el escudo de nuestra ciudad, sino, si nos ponemos a pensar un poco, dentro de cada uno de nosotros, debajo de nuestro particularísimo disfraz.

Repasando la historia de este animal como referente de la ciudad de Lima, no pude evitar dejarme embargar por la interesante relación entre el cambio que experimentó esta ciudad como consecuencia de los procesos de migración y el cambio en la apreciación social a la largo de los años del gallinazo como protagonista, positivo o negativo, de nuestra Lima. Asimismo, Ubilluz tiende un puente con la obra de Sebastian Salazar Bondy, específicamente con su cuento “El señor gallinazo vuelve a Lima”, en el que a través del narrador (el gallinazo), Salazar Bondy cuenta su experiencia al ver a una Lima distinta que, lejos de las reuniones palaciegas, las modas y el recato de una ciudad perdida en sus recuerdos, irrumpe en su violenta realidad, llena de basura, de bulla, de vendedores en las calles, sobrepoblada, etc. Ubilluz hace referencia a la figura del gallinazo en la literatura peruana, tomando como ejemplo a dos reconocidos narradores locales: Julio Ramón Ribeyro (“Los gallinazos sin plumas”) y Sebastián Salazar Bondy (“El señor gallinazo vuelve a Lima”), en la que, señala el autor, su condición ha transitado hacia el terreno de lo negativo, nocivo y marginal. DSC_0130

Esta muestra nos recuerda la contradicción vigente y galopante a la que estamos irremediablemente atados. Yerta, imponente, interpela a la cucufatería propia de la Lima vieja, esa que no se agotan todos de mentar, pero solo lo más “bonito” de ella. Estos gallinazos nos hacen el favor de sacar el polvo debajo de la alfombra. Por ello es necesaria su presencia hoy en día; que moleste, que incomode, que nos diga que el país no anda bien, no como se empeñan en mentirnos las grandes marcas transnacionales en boca de payasos mediáticos que bailan al compás de otros. El Perú, Lima, no está bien, de hecho, nunca lo estuvo, y este obra, es su sincero homenaje.

No he tenido la oportunidad de apreciar la obra “Los guardianes de la reserva” personalmente, y teniendo en cuenta el bruto viraje de percepción del arte que Lima está experimentando, será mejor que me apresure, antes de encontrarme con algún tipo de “bonita obra artística” , o peor aún, con extraños pájaros amarillos, en vez de este auténtico golpe que ancla nuestra identidad, aunque muchos no quieran reconocerlo. Por ello, en estos días de calor y sol intenso, sé que es difícil, pero cada vez que levanten la mirada y observen a esos habituales monstruos negros, no los miren con rechazo ni extrañeza, sino con respeto y familiaridad, que ellos, desde arriba, conocen mucho más a esta ciudad, su ciudad, mejor que nosotros; es un hecho.

Letras Indígenas en la Amazonía Peruana: Propuesta y debate

César A. Espino León   11004285_10153156804437859_1421534651_n   Cuando optaba por realizar un trabajo de investigación referente a la Amazonía peruana, me topé con un breve libro donde se explicaba, concienzudamente, un sin números de propuestas y aproximaciones a la tradición oral amazónica. El libro que lleva por título: Letras Indígenas en la Amazonía Peruana (Pasacalle, 2011), me llevó a una serie de reflexiones que me guiaron a aclarar algunas interrogantes sobre la investigación que estaba realizando. A continuación les comentaré brevemente su contenido.

Dicho libro, que se originó de escuetos artículos para un curso de literatura indígena en la Universidad Nacional de la Amazonía en Iquitos, logra compenetrar un didactismo que a la vez propone una temática abierta a muchos lectores, asociados o no al estudio amazónico, guiándolos a una mejor comprensión sobre la literatura amazónica. La composición del libro se inicia con una poesía Shuar que está relacionada con la tradición oral, seguido por los tres breves artículos y, por último, un colofón escrito por el crítico literario y poeta Gonzalo Espino Relucé.

En el primer artículo titulado “¿Más mito que literatura?” se cuestiona el término ‘literatura’ debido a que esta se relaciona con la escritura y la lectura proponiéndose, de este modo, los términos ‘tradición oral’ para poder escenificar los elementos tradicionales de una comunidad. En un primer plano se realiza algunas aproximaciones sobre el mito y de cómo ha ido cambiando su definición debido a las traducciones imprecisas por parte de los colonizadores de aquellos tiempos y la carencia estética que se advierte dentro del relato mítico. El autor finaliza diciendo que la literatura indígena solo es propia de sus habitantes y son ellos los que nos pueden brindar un mejor acercamiento a su matriz cultural.

En el segundo artículo, “¿Más literatura que mito?”, hay un mayor acercamiento y estudio a la definición de “mito”, así como el interés por parte de otros autores que trabajan en dicha definición. Se critica al etnocentrismo y se da las primeras nociones de relatos míticos. Por último, nos explica cómo los seres fantásticos que encontramos en la Amazonía son producto de la hibridación del coloniaje y que solo se encuentran en los pueblos ribereños de la selva, mas no en ningún pueblo indígena. Además que estos seres fueron creados desde un discurso ecológico.

En el tercer y último artículo denominado “El relato mítico”, hay un trabajo exhaustivo sobre esta definición, otorgándonos una mayor puntualización. Se cuestiona la  pérdida de la estética propiamente oral por parte de los traductores, recopiladores y lingüistas, que solo el escritor especializado podría otorgarle una mejor estructura narrativa, evitando así monotonías y pérdidas de resonancia fonéticas cuidando así la naturaleza propia y la vivacidad de estos relatos míticos.

En conclusión, este breve libro de ensayos nos plantea una serie de cuestiones e interrogantes sobre los elementos y términos que se ha de utilizar en la tradición oral, así como también una propuesta para poder dilucidar y adentrar, aún más, a la literatura amazónica que hace tiempo ha sido relegada, pero que actualmente está recobrando fuerzas para llevarnos a un entendimiento mayor y regional del Perú.

El exorcista: Debate entre la ciencia y la fe

Por: César A. Espino León   11004372_10153133010812859_437557498_n   La realidad y la ficción son parte de la vida cotidiana, y dentro de ella, presentan una distancia que muchas veces se ha demostrado, se acorta cada vez más. Las producciones cinematográficas han optado por recurrir a la literatura como modelo para la realización de películas respetando ciertos parámetros. En este caso tenemos a una producción cumbre del género terror, me refiero a El exorcista que está basado en el libro, del mismo título, del estadounidense William P. Blatty.

La película (1973) dirigida por William Friedkin causó furor en dicha época, mostrando la imagen de la familia McNeil y la posesión de Regan (Linda Blair) por parte del demonio Pozuzu. Esta pieza cinematográfica ha sido vista desde una perspectiva terrorífica, hasta diabólica, mas no desde el punto de vista crítico entre la ciencia y la fe; por lo menos la película nos lo deja ver así.

Blatty nos esquematiza, desde el ateísmo de Chris McNeil, del análisis de los psiquiatras, de la posesión de Regan y de las posturas de los padres, a la ciencia como desfasada, que no siempre será objetiva y que tendrá límites para poder desarrollarse y encontrar la verdad ante cualquier hecho real o irreal. El psicoanálisis y la psiquiatría no pueden resolver los problemas de posesión, porque se afinca al método científico. Estas ciencias están imposibilitadas de llegar a lo intangible y solo solucionan lo observable; lo sobrenatural no es su campo, hasta lo radicalizan como problemas de superstición o autosugestión. Por ejemplo, en una conversación entre Chris y Regan, referente al capitán Howdy, la madre siente el desinterés de las informaciones que proporciona el tablero de la ouija:

-¿Quién lo dice?

-Bueno él

-Ah, claro

-¿Y qué más te dice?

-Cosas…

-Capitán Howdy, no seas mal educado, lo regañó Regan.

-Querida, tal vez esté durmiendo.” (Blatty, 1972, p.49-50)

Chris es un personaje intolerante y presenta una fe ciega, recrimina los actos de la ciencia debido a la muerte de un anterior hijo llamado Jamie. Por lo tanto para ella, confiar en los médicos sería optar por la muerte de su hija:

“-Recordó a Jamie. Una lenta infección. El médico de Chris en ese entonces había recetado un nuevo análisis espectral. Al comprar otra dosis del remedio en una farmacia local, el farmacéutico le había dicho cautelosamente:

-No quiero alarmarla, señora, pero este remedio… Bueno, hace poco ha salido a la venta, y se comprobó que en Georgia ha causado anemia aplásticas en… Jamie. Jamie. Muerto. Y desde entonces, Chris nunca más confió en los médicos, Sólo en Marc. Y eso le había llevado años.” (Blatty, 1972, p. 62-63)

Otros personajes que van a presentar confrontaciones es el padre Damien Karras con una postura más psiquiátrica que eclesiástica, y a Lankaster Merrin, filósofo y paleontólogo,  con un pensamiento unificado entre ciencia y fe. Karras no acepta la proposición del exorcismo si es que no tiene permiso de sus superiores, siempre y cuando se hayan realizado los análisis respectivos. Él duda de la posesión de Regan, atreviéndose a estudiar los diversos casos psiquiátricos:

Al terminar la lectura, llegó a la conclusión de que no cabía duda de que los fenómenos psicokinéticos existían, habían sido profusamente documentados, filmados en clínicas psiquiátricas. En ninguno de los casos mencionados en el artículo se hacía referencia a posesión diabólica.” (Blatty, 1972, p. 255)

La otra cara de la moneda es Merrin, famoso porque sus libros habían causado revuelo en la iglesia, ya que interpretaban su fe en términos de ciencia, en términos de una materia que se está aún transformando, destinada a ser espíritu y unida a Dios. (Blatty, 1972, p. 287). Ambos padres manejan diferentes posturas, pero están en pleno enfrentamiento teórico, esa lucha de postulados que siempre son de no acabar. Algo muy relacionado y parecido con la ciencia y la fe. Ambas se excluyen. Ellos se confrontan mediante un diálogo antes que practiquen el exorcismo a Regan:

-¿Querría preguntarme algo ahora, Damien?

Karras negó con la cabeza.

-No. Pero creo que puede ser útil que lo ponga en antecedentes sobre las distintas personalidades que Regan ha manifestado. Hasta ahora parece que hay tres.

-Hay una sola –dijo Merrin suavemente y deslizó la estola alrededor de sus hombros.” (Blatty, 1972, p. 298)

Otro personaje clave donde se representa el decaimiento de la ciencia, es el detective Kinderman que está investigando la muerte del director de cine, Burke Dennings. No sabe si la muerte del director fue causada por Regan o por sí mismo. A la vez, inspecciona los hechos recurrentes después del suicidio de Damien Karras; sabe que los métodos utilizados para su investigación no son factibles para el caso. Pensó que la muerte del padre se debió a los problemas psicológicos y emocionales por la cual estaba pasando, y más aún cuando asume la muerte de su madre, de Merrin y la posesión de Regan, toda esta carga termina por ocasionar su fallecimiento. En el epílogo del libro, Kinderman se siente desahuciado, no puede más con el caso y lo cierra.

En conclusión, lo que nos muestra William Blatty es un problema que hasta nuestros días persiste: El problema de la ciencia que no resuelve todo, que no es nada general y que siempre presenta deficiencias teóricas. Si se dice que la ciencia puede solucionarlo todo, ¿por qué no resolver un problema de posesión? ¿Por qué la fe y la ciencia se proclaman por separado?

Velar su propio funeral

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La narrativa de la violencia, como se la conoce, fue una natural respuesta a la crisis social que nos golpeó hace muchos años, deviniendo en un problema que encontró rápida repercusión en muchas formas artísticas, en especial, en la literatura. Pero este problema aún no está resuelto, y no solo me refiero al ambiente turbio que se desprende con el pasar del tiempo de esa curiosa convención a la que bautizaron como “Comisión de la Verdad y Reconciliación”, sino a la persistente entrega de novelas que albergan como tema central “los años de violencia en el Perú”. Al respecto considero que existen dos tipos de escritores; los primeros, aquellos que siguen navegando en aquellas turbulentas mareas de sangre, luchando con sus propios fantasmas, intentando superar conflictos a partir de la verbalización del trauma, etc. Y los segundos, orientados más por fines comerciales que por compromisos auténticos para con su sociedad, o por último, consigo mismos, que “vedettizan” ese tipo de novela, volviéndola casi de uso reciclable. Afortunadamente no me toca hablar de éstos hoy, sino de uno de los primero (así lo considero, al menos). La novela que comentaré es Criba (Ediciones Copé; 2013) del reconocido narrador Julián Pérez.

La novela nos remonta nuevamente a Pumaranra , ubicada en un Ayacucho desolado, asaltado por el fantasma de aquellos años de muerte para un pueblo que nunca supo con seguridad quiénes eran aliados o enemigos. El recorrido de tres historias simultáneas que se cruzan (ya utilizado con anterioridad) encauzándose en un hecho particular, “la fuga de un estudiante de una cárcel de Ayacucho”, se encargan de sostener la trama. Una estudiante de antropología va en busca del recuerdo de su amigo y sus pasos por su tierra natal; un grupo de compañeros celebran entre cervezas el retorno de un viejo amigo que jura conocerlos a todos, pero del que nadie misteriosamente se acuerda; y la historia (la mejor para mí) de un niño (Manuel) y su abuelo (Gerardo) a lo largo de la vida del primero, sus anécdotas, pesares, victorias, todas ellas matizadas por cierta oscuridad e hilarante cotidianidad, que en lo personal, encuentro muy agradable. A pesar de excederse en muchas de estas historias, y llegar por un momento a pensar que estamos ante una novela distinta, un drama andino libre e independiente, logra cerrar sus fauces y conducir nuevamente la atención del lector clima al que pertenece la novela: “la violencia política”. No es necesario describir balas, bombas, sangre, torturas en exceso para saber que estamos nuevamente de vuelta a la boca del lobo, es lo que nos enseña el narrador.

Lo que me gusta de esta novela definitivamente es el espectro de “post-guerra” que se desencadena de la mano de todas las historias, sensibilidades, miedos, creencias de un pueblo que si bien se puede ver que recuperó al menos un respiro (y siendo audaz, se podría decir que, “vuelve a sonreír”), todavía conserva la tristeza por todos aquellos que ausentes, persisten tocando las puertas de sus familiares en cada oportunidad que una risa intente asomar en sus rostros. Las balas ya no protagonizan nada. El conflicto, la sangre y el dolor, se llevan por dentro. Me quedo con la “nueva” atmósfera, al menos vista en esta novela, que reformula su discurso partiendo de un ya conocido personaje en la vida del autor (para los entendidos), aquella que (probablemente) obligada por la “nueva tendencia” de narrativa de la violencia, esa que dicta que los elementos de esta guerra hace mucho dejaron de ser balas, AKM´s, bombas, fotografías, siendo ahora reemplazados solo por los sobrevivientes y los escombros que cada uno de ellos debe levantar.

Cosas de poetas…

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Quizás una de las ventajas de leer literatura no tan voceada, sea que al momento de consumirla, no estaremos contaminados por ningún tipo de paratexto que pueda condicionar nuestra lectura. Es como darle una leída objetiva; una suerte de grado cero al momento del acercamiento. No he visto mucha propaganda sobre este libro, así que considero que mi opinión está libre de ataduras. Pero, tampoco voy a engañarlos. Hay un factor relativamente determinante en el texto del día de hoy: conozco a su autor. Con esto no quiero decir tampoco que para mí resulte imposible hacer un comentario sincero sobre un texto de amigos míos. No. Solo hago la aclaración para evitar que algunos “críticos” digan “ah no, es su pata, es sobón”, o comentarios por el estilo. Sé que los habrá. En fin, luego de lo dicho, volcaré los comentarios que considero honestos hacia este texto que lleva el nombre de Naufragios.

En primer lugar, no sé si estamos hablando de un poemario propiamente, o un cover rubendarioano trasnochado, ya que existen pequeños relatos orbitando entre sus páginas. Pero en vista de que el número de estrofas excede al de párrafos, decidiré llamarlo “poemario”. Entonces, siguiendo esta línea, el “yo poético”, “hablante lírico”, o cualquiera calificativo que se le encuentre (en los poemas), nos invita a dar un paseo por su día a día, entre bares, Quilca, besos, libros, y constantes frustraciones, presentándonos una vida al mejor estilo de poeta maldito, pero ambientado en el centro de Lima. Desde el primer verso, se percibe un acercamiento hacia su intimidad, desprolija y callejera. La distensión en el lenguaje siempre es un recurso interesante, pero a la vez peligroso, pues se corre el riesgo de que destruya su propuesta (si es que la hay), atravesando la frontera que separa la “honestidad” del “mal gusto”, y me temo que es en ésta última, donde caen en ocasiones los versos. Es el caso también de las referencias herméticas, en exceso personales, que lejos de inquietar y seducir, me terminan por alejar más. Y en cuanto a los párrafos, el narrador, mantiene una distancia disímil a la de los versos, dando a entender que estas pequeñas historias preludian reflexiones que parten de experiencias concretas en la realidad, para desplegarse a través de los ecos resonantes de una voz surrealista, estampada en los poemas. Ahora, no quiero con estos comentarios, decir que el gusto e interés por Naufragios, naufragó. Pues no es así. Y me toca mencionar el porqué simplemente no lo dejé pasar, como muchos otros libros que me parecen malos o indignos de siquiera dedicarles unas líneas. En este caso, a pesar de los factores que me pudieron incomodar, tengo que aceptar que aquellas “ocasiones” en las que afirmé excesos de “mal gusto” dentro del libro, son pocas. Más que con la narrativa del libro, me quedo con los momentos, lugares, y sentimientos graficados en los versos de sus poemas.

Existen arranques sorpresivos que evidencian notoriamente un estilo maduro y original al momento de verter imágenes, aquellas que lograron despertar mi interés. Lo lamentable, es que no mantiene el mismo trote en otros poemas, brindándole así al conjunto textual, cierto cariz de inestabilidad. Aunque, si lo vemos en perspectiva, jugando con el rótulo Naufragios,  estos poemas y relatos en general, no tendrían por qué estar bajo el mismo criterio y tensión sino estar a la deriva, a la espera de un salvavidas, que tranquilamente podría ser el estado de ánimo de cualquiera de nosotros, tendiendo puentes de identificación con el poeta. En resumidas cuentas, saltando el hecho de que el libro (tengo que decirlo) esté recomendado en la contraportada por un poeta ochentoso, miembro de un grupo poético que recientemente está dando de qué hablar, debo aceptar que fue una sorpresa agradable la que me llevé al leer el que sería el primer vástago de Danny E. Barrenechea. Y si no he citado ningún ejemplo de esos versos (que es lo correcto), es porque me gustaría que no se contaminen mucho por estas humildes palabras, y lo lean libres de presión; ustedes mismos decidan, si le tienden la mano o no.