STAY

La importancia de cumplir una promesa. Mirar a los ojos de otra persona y prometer que todo será como antes, que todo saldrá bien. ¿Cómo hacer lo correcto para todos y para uno mismo? Es que no hay catástrofe mayor que la de no poder retornar, de volver el tiempo atrás, y saberse incompleto. Ver cómo pasan los días, por más que sepan en qué acabarán, solo el hecho de estar allí, presente, y ser testigo del transcurrir de la vida, muchas veces puede ser la razón más grande, la fuerza vital que nos lleve a lograr cosas imposibles. El amor es la clave para algunos, pero definitivamente, el miedo a la muerte, lo es para todos. A veces es necesario apreciarnos desde lejos, a años luz de distancia, para poder descubrirnos, extrañarnos, y valorar lo afortunados que somos, al ser parte de un error todavía en movimiento, irresponsable, que sostiene nuestra vida dentro de un mar de errores estallando al alrededor, que puedan apagarnos la luz para siempre. El azar, el destino, la predestinación, la fe, el miedo, la esperanza, el amor, etc., todos valores otorgados a nosotros sin algún fin mayor que el de usarlos, o sufrirlos. Miedo a lo conocido, a lo que somos, pero más aún, a eso que no podremos llegar a conocer. De esa oscuridad que nos mira, con la misma distancia, imposible, inalcanzable. Todo lo que somos en un parpadear, nuestros días, recuerdos, fantasmas, cargados en una mochila cada vez más pesada, apunto de despegar, en cuenta regresiva; silencio. Quizás en el fondo seamos eso: algo orbitando sin sentido esperando ser rescatado, por nosotros mismos, por agujeros negros, o por lo que sea.

La eterna pregunta queda más abierta aún ¿existe el destino? ¿Estamos deparados para algo más? No lo sé. Pero si en algún momento llegué a rechazar aquella idea, con Interstellar (2014) de Christopher Nolan, no sabría qué pensar. De todos los temas, interesantes por donde se lo vea (medio ambiental, físico espacial, paranormal,etc.), me quedo con el de la existencia humana, nuestra insignificante (si la comparamos con las estrellas) existencia, y con todas las fuerzas que dentro de ella nos gobiernan.

Todo lo aquí leído, es producto de un resquebrajamiento íntimo y emocional al ver esta película. 

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La estocada de Nolan

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Tengo que decirlo, mis intentos de guionista o por último, mis más salvajes sueños de cineasta, han sido arruinados por personajes que aparecen en el momento justo con una película bajo el brazo, diciéndome “broder, hazte a un lado, tengo que pasar”. Es el caso de Christopher Nolan. A parte de su excelente trilogía de Batman, con la cual, debo reconocerlo, logra destacar con éxito de la inmensa lista de héroes o villanos de comics, videojuegos, o mangas que intentaron sin suerte romperla en la pantalla grande, llega con otra nueva muestra de su talento como guionista y director. La película que hace unos días vi fue El origen, para el público en habla hispana, o Inception, para el resto del mundo, especialmente, el angloparlante. Es cierto que la película tiene un par de años de estrenada (2010), pero si se toman la molestia de leer algunos textos de este espacio, verán que eso no importa.  No suelo consumir películas de este tipo, me refiero a las de acción. Hace mucho que no me entrego a ellas. Prefiero las de terror (pero del bueno), y por qué no, las de comedia. Pero las de acción… creo que no. Quizás sea ese el primer impedimento que tuve al querer aproximarme a ella. Pero también, hay que reconocerlo, asomaron ciertos paratextos que jugaron a su favor. Es el caso de la dirección, nada más y nada menos que Nolan, y los actores que la componen, de la talla de DiCaprio (a quien considero a pesar de todos los clichés, un buen actor), Joseph Gordon Levitt, Ellen Page, etc. En fin, luego de estar pegado a la pantalla más de dos horas, debo reconocer que Nolan es el más reciente director que me arrojó a la lona. Sencillamente porque esta historia (que no es del todo original, pues agarra bastante del psicoanálisis) llegó a fundir mi cerebro. Sí, más de lo que ya está. Dom (DiCaprio) y Arthur (Gordon Levitt) tienen un empleo muy inusual: infiltrarse en la mente de personas a través de sus sueños, para robar valiosa información y ofrecérsela al mejor postor. En este caso, gracias a su “máquina de los sueños”, con la que logran ingresar a los sueños de los demás, se encargarán de boicotear una gran empresa, introduciéndose en los sueños de su joven heredero, con el fin (nunca antes hecho) de no solo robar información, sino de convencerlo, persuadirlo, manipularlo, para que la destruya. Y como deben saber, no la tendrán tan fácil. Pero, qué es lo que me fascina de esta cinta. Si bien tiene buenos guiones, acordes a la rapidez de la atmósfera conspirativa, como también que evitaron el abuso de efectos especiales, dándole un cariz más serio, esta película me gustó por el constante estado de simulacro en el que viven los personajes. Me deslumbra el trabajo cuidadoso en la construcción de las plataformas, llámense “espacios oníricos”, por los que deben transitar, y cómo cada uno de estos niveles (habitualmente dos), son rellenados por el subconsciente de las víctimas. Pero sobre todo, me atrapó la idea apocalíptica del “comercio de consciencias”; el proceso de sembrar una idea (con una intención específica), un concepto, una palabra, por más vaga que sea, y ver cómo se ramifica dentro nuestro, para bien o para mal, es atroz. Ese clima de irrealidad e incertidumbre, de perder lentamente el sentido de lo que es real y lo que no; esa fragilidad por desconocer qué puertas sean las correctas de abrir; ese laberinto al que ingresaremos seguramente de la mano de Nolan, es una de las razones por las que me cuesta pensar (al menos por ahora) en no solo hacer cine, sino, en escribir ficción. Véanla. Muy buena película.