L’enfant terrible del cine mundial

Por: Alberto Luna

Lars von Trier es, sin pensármelo dos veces, uno de mis diosecillos en cuanto a cine se trata. Es un director danés, altamente experimental e independiente dentro de lo independiente, podría decirse que él es un género aparte (todo esto dicho desde mi “no extenso” pero tampoco “breve” bagaje cinematográfico). Antes de continuar debo aclarar que esta vez no trataré sobre su obra última: Antichrist; la cual siento que aún no he terminado de ver, a pesar de haberla visto tres veces. Si bien me ocuparé de sus trabajos en general dándole una visión más incluyente y algo tangencial he decidido dejar esa película para otro post futuro, cuando haya terminado de digerirla.

Mi primer acercamiento a “Lars” (creo que tengo la confianza suficiente como para tutearlo) fue de lo más azaroso, un día un par de años atrás, intentado consumir más cine no convencional pasé por una página en la que había una lista titulada, “Las 10 películas más extrañas de todos los tiempos”, el título me pareció exagerado -pero ese es otro tema. Recuerdo que antes de pasarme por esa página había visto en algún centro cultural la película Gummo, de Harmony Korine, dejándome bastante perturbado y fascinado a la vez. A raíz de eso comenzó mi búsqueda en internet hasta que llegué a este top 10 ya mencionado, donde uno de los títulos en particular llamó mi atención, Los idiotas, de un tal Lars von Trier. Hay que reconocerlo, su nombre es imponente, cualquiera que tenga un “von” delante de su apellido tiene que saber lo que está haciendo (luego descubriría que él lo colocó, su nombre original es Lars Trier), así que rápidamente corrí hacia el pequeño bastión subterráneo de la piratería y conseguí esa película.

Pocas veces recuerdo haberme sentido como luego de verla, para alguien como yo, bastante acostumbrado a las convencionalidades sensacionalistas del cine hollywoodense no podía suceder de otra forma. Si bien ese primer acercamiento al cine “monstruoso” que tuve con Gummo me sirvió de soporte para no sentirme tan incómodo con Los idiotas no fue suficiente, para empezar nunca había visto encuadres tan inestables como los que provoca la cámara en mano de Lars; su manera de desplazarse por el entorno es demasiado envolvente, sin embargo, y sin ánimos de pecar de morboso, el verdadero impacto llegó con la escena de sexo no simulado (así es, ¡No simulado!, al igual que el de las películas pornográficas), simplemente no podía creer que exista un tipo de cine que muestre primeros planos de una penetración -por ejemplo-, y al mismo tiempo pueda contar una buena historia.

Definitivamente Lars se encontraba fuera de cualquier perspectiva, al menos desde mi perspectiva. Sencillamente me encapriché con sus producciones, la segunda película que vi de él fue Dogville, otra narración sencillamente salvaje y con el plus del ambiente teatral, ya que en este film el escenario cuenta con escasos elementos y a manera de un plano las estructuras se encuentras trazadas en el piso con algo que podría ser tiza, con sus respectivos rótulos escritos en el suelo, como “Calle Elm” o “Casa de Tom Edison”, una propuesta extravagante como pueden imaginar.

De esta manera podría continuar enumerando las excentricidades de este director pero me tomaría demasiado tiempo hacerlo, prefiero pasar a la impresión que tengo de él, estoy seguro y con cuerdo con mucha gente que sin importar la apreciación de cada persona sobre las películas de von Trier nadie puede mostrarse indiferente ante ellas, o bien las aman o bien las detestan, pero no es un tipo de producción que provoque impasibilidad o aburrimiento, de alguna forma logra causar sensación, pero no de la manera visual precisamente, es algo más interior, sublime por decirlo más directamente y con el perdón de los más leídos. Estas historias te cambian y tocan en lo más profundo, sacan a la luz aquello que normalmente y por el bien de la sociedad tendemos a mantener oculto. Lars von Trier muestra sin temor condiciones humanas en estado puro y brutal, esa es su gran y verdadera herramienta como narrador, la capacidad de estrellar en la cara sin reparo alguno lo más atroz que se pueda ocultar en la gente y no gente de portada, ni íconos de masas, sino personas cualquiera. Todos sus relatos engendran incomodidad en los espectadores y despiertan pasiones muy al estilo de la catarsis y algunos, como es el ejemplo de Dogville, provocan un goce malsano y escalofriante con la sucesión de acontecimientos y posterior desenlace.

Hubiese querido poder comentar ampliamente sobre cada una de sus películas pero el espacio no es del todo apropiado, estoy seguro que más adelante podré comentar particularmente alguna otra de sus producciones como ya prometí hacerlo con Antichrist (la cual, como le resumí torpemente a una amiga: “Te va a doler en tu femineidad”).

Por lo mencionado queda claro el por qué de su apodo de l’enfant terrible del cine danés, y yo agrego: del cine mundial. Dejo un par de enlaces para aquellos interesados en el tema, ninguno demasiado sorprendente (wikipedia), pero para que tenga algo de referencia sobre sus otras películas, dentro de las que he visto particular importancia para Breaking the waves, Dancer in the dark (con Björk) y Manderlay (continuación de Dogville), pero todas las que he revisado me han parecido geniales y no creo equivocarme (aparándome en el valor de la opinión, convenientemente).