El teatro en La gaviota de Chéjov

Por: César Espino

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Mucho se ha hablado de Chéjov, específicamente de su narrativa, pero muy poco se ha dicho de su teatro. Muy aparte de reconocerlo como un maestro de los relatos cortos, es necesario explorar su imagen de dramaturgo. Lamentablemente en un primer momento no tuvo el privilegio de gozar de fama y elogios por parte del público, todo lo contrario, fue un fracaso total y sobre todo, al momento de estrenarse La gaviota (1896).

Aparte de ver temas recurrentes como el amor, el desamor, el fracaso, el éxito, etc., se maneja un mundo teatral de la vida misma. Es decir, para Chéjov la vida es como el teatro en donde nada debe hacerse sin gracia, sin forzar la voz, donde hay que expresar de manera natural el dolor y los sentimientos, asumiendo todos los pesares como una carga instintiva de la vida. Por eso Chéjov ha descrito un mundo triste y apagado[1].

Partiendo de la obra teatral La gaviota, el autor nos expone una vida de fracasos que nos lleva al exterminio de nuestra existencia. ¿No es así también el mundo en que vivimos?. Centrándonos en Trepliov y Trigorin. El primero es hijo de Arkádina, que se encuentra enamorado de Nina. Vive en un mundo lleno de fracasos por la incomprensión hacia sus proyectos teatrales. Muchos no lo entienden, hasta su madre siente que su hijo no tiene esa perseverancia que lo haga prevalecer, ella lo hace sentir como una persona decadente. Más adelante, él llega a suicidarse. El segundo, es un literato que goza de fama, pero al ver su realidad hace que no le interese el éxito. Lo único que lo hace diferente de Trepliov, es que goza de inspiración, o diciéndolo de las propias palabras de Trigorin: Al escribir, experimento una sensación agradable. (pp. 33). Esto es algo que Chéjov recomienda a los dramaturgos o a los que se dedican a la literatura.

Cuando uno lee La gaviota, se va dando cuenta que los temas teatrales, al transcurrir la obra, adoptan un aspecto pedagógico hacia los futuros dramaturgos. Entre Arkádina, Trepliov, Nina y Trigorin se forma una esfera teatral, y los demás personajes actúan de público que los valora. Estos cuatro personajes se presentan como dicotomías. Los femeninos son actrices que por un lado, una es consagrada (Arkádina) y la otra está emergiendo (Nina). En los masculinos Trigorin y Trepliov tornan a representar lo clásico y lo no clásico, respectivamente.

La imagen de Trepliov nos resulta muy cercana a la de Chéjov, puesto que estas ideas son las que el dramaturgo ruso quiso expresar en su teatro al momento de montarlas en escena. Fue muy difícil que el público lo aceptase, puesto que ellos aún tenían en mente el teatro con ideas clásicas(2), la cual no se llegó a compatibilizar con las innovaciones que Chéjov quería dar a relucir. Lo bueno fue que Stanislavsky  y Nemirovich-Danchenko, dan un salto con La gaviota que se estrena el 29 de diciembre de 1898[3], produciendo una serie de loas por parte de los espectadores que enloquecieron por ver una obra netamente crucial en la historia de Rusia. Stanislavsky había pronunciado las siguientes palabras:

Nuestro proyecto era la revolución. Nosotros protestábamos contra las             viejas formas de actuación, contra la falsa teatralidad, contra el falso énfasis de la declamación, contra las insensatas convenciones de los decorados, contra los “primeros” actores que desequilibraban el conjunto, contra el frívolo repertorio de los restantes teatros.

En conclusión, dejar a Chéjov como una imagen sólo de cuentista, ensayista, novelista es permanecer en lo ceñido y mezquino. Él transgrede los límites, va más allá del sentimiento y del entendimiento humano, mueve el mundo teatral con innovaciones que hay que saber aprovechar. El teatro no sólo es euforia y aplausos, es toda una vida por delante.


[1] Parte del prólogo de Enrique Llovet.

[2] Por el siglo XVII y XVIII, el teatro ruso era empleado como herramienta pedagógica en las Escuelas Clericales, aparte que en su mayoría los actores no eran rusos.

[3] Stanislavsky realizó el papel de Trigorin y Meyerhold en el de Trepliov.

Bibliografía:

-Chéjov, Antón. La gaviota – El jardín de los cerezos. Editorial Planeta. 2000. Lima.

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Zero

Por: JulioAlberto

Después de la explosión de la vanguardia en las primeras décadas de 1900, la poesía en el Perú estuvo marcada por la aparición de dos generaciones: la del 50, salidos en su mayoría de los claustros sanmarquinos y la del 60, relacionada mayormente a la PUCP. A inicios del 70 hizo su irrupción Hora Zero, provenientes de la por entonces recientemente creada Universidad Federico Villarreal; este nuevo grupo de poetas vendría, de alguna manera, a terciar dentro del movimiento poético en Lima. Si bien Hora Zero empieza su actividad en Lima, propondrán una descentralización en el quehacer poético peruano intentando darles una mayor voz a los escritores de provincias. Antes de Hora Zero, existieron en la misma época otros grupos que se enmarcaban en alguna ideología determinada, por ejemplo tenemos a Gleba o Estación Reunida. Los “horazerianos” marcaron también un nuevo quiebre al aceptar dentro de sus filas a poetas de distintas ideologías y tonos políticos en concordancia con su afán democratizador y descentralizador. Democrático, a pesar de tener a Jorge Pimentel como principal eje rector dentro del movimiento a lo largo de su existencia; Enrique Verástegui funcionará como mediador, luego de la salida de Juan Ramírez Ruiz, en disputas que se generaron dentro del colectivo además, de ser el poeta que más atención ha recibido por parte de la crítica nacional y extranjera. Si bien la producción del movimiento (grupo Hora Zero) ha sido destacada como un intento de renovación dentro de la poesía peruana de la década del 70, la misma no ha sido objeto de un exhaustivo estudio, tan sólo ha sido mencionada en innumerables reseñas, entrevistas y artículos periodísticos, en el mejor de los casos. Hora Zero es considerado por algunos como un simple grupo de jóvenes inconformes e incendiarios capaces de renegar de toda la tradición literaria anterior, sin tener mayor mérito que ser el eco de los cambios sociales producidos por las migraciones hacia la capital. Dentro de este movimiento destacará la figura de Juan Ramírez Ruiz como fundador, junto a Jorge Pimentel. Ramírez Ruiz publicará su primer poemario Un par de vueltas por la realidad en 1971 en el que manifiesta las primeras intenciones del grupo en cuanto a romper con la tradición poética anterior, rescatando únicamente a Cesar Vallejo; y buscar representar las circunstancias en las cuales se ve sumergido el hombre. Así por medio de una búsqueda de identidad se forjará una nueva forma de poesía cuya formación identitaria, al no poder realizarse en un nivel étnico, económico y social, buscará afianzarse por intervención del cuerpo, que logra una relación directa con las circunstancias adscritas al hombre, las cuales son el ingrediente necesario para la renovación poética propuesta por Ramírez Ruiz y su grupo. El cuerpo funcionaría como la extensión y parte necesaria del acto creador que el artista deberá buscar. Se entiende al acto creador como todas las manifestaciones del poeta, ya sean en sus escritos o en cualquier acción que realice, así estas acciones deberán buscar un cambio en su medio circundante, lo cual se logrará por la mediación corporal.