Sus majestades satánicas

Por: Fausto Barragán

The rolling Stone… the rolling Stone… THE ROLLING STONES!!! Una megabanda sin lugar a dudas, dueña de medio mundo, y propietaria casi de todo el mercado musical. Autores de clásicos como Satisfaction, Angie, I miss you, Paint it black, entre otros. No son santos de mi devoción, pero definitivamente está presente el respeto, al ser un sólido pilar en la historia del rock, e influencia de muchas bandas que sería en vano mencionar. Pero ¿qué me lleva a escribir sobre los Rolling Stones? Técnicamente, no escribiré sobre ellos, sino acerca de uno de sus álbumes que a mi parecer transitó de forma fantasmal, ahogándose en el olvido, por una avalancha de monótonas e insípidas piezas de blues barato, sobre las cuales construyeron el sucio, rudo, y original estilo que los caracteriza.

Their satanics majestis request, es un disco único dentro de todo el repertorio de los Stones, pues la creatividad, destreza y exploración alcanzada en este material, los aleja tanto de su clásico estilo que podría considerárselo de cualquier otra banda. Existen posibilidades que perfilan como causas de la imprevista salida de dicho álbum en 1967, pero la mayoría, intentan desprestigiar el innegable talento y simple afán por producir algo nuevo. También, cabe resaltar la dura crítica que devino a su lanzamiento, tildándolo de “el mayor fracaso comercial” en la carrera de la banda. Lo cual, de hecho es factible -lo muestran los números-, decepcionando a su incondicional séquito acostumbrado al mismo “R n B”, con la entonces nueva producción, mezcla de Pink Floyd y Jefferson Airplain, desconcertantemente atractiva, y un poco “molesta”, para aquellos seguidores de su clásicos riffs.

Primeramente deberíamos agradecer la ausencia de Mick Y Keith, ya que este “dúo dinámico” se encontraba de vacaciones cuando comenzaron a hacer las primeras grabaciones del álbum, integrándose instantáneamente después de su llegada, tanto en la guitarra como en la voz respectivamente. Un ejemplo podría apreciarse en la canción In another land, la número tres del álbum, compuesta y cantada por el bajista Bill Wyman, donde se aprecia su nerviosa e insegura voz, la cual, indirectamente le agrega un atractivo particular. También se puede ver la destreza de Brian Jones en el Organo, Melotrón, Recorder, Dulcimer Eléctrico, Concert Harp, Coros, y Percusión. Ambos músicos alimentaron constantemente la sólida base del grupo, consolidándose como “invisibles pilares”, ya que el “dúo dinámico” (Mick y Keith) se llevaba todo el crédito; y es precisamente en este álbum que sus genios explotan y descubren nuevos espacios creativos, que si bien se influenciaron de una atmósfera musical ya consolidada (el rock psicodélico de fines de los 60´s), no deslegitima el enorme talento y gran contribución al espectro de la banda.

Como mencioné, es inevitable pensar en influencias musicales, no tiene nada de malo, claro, siempre y cuando dichas influencias se den con hitos precedentes, y no con sus contemporáneos, pues ocasionarían lamentables afirmaciones como las que los acusan de copia barata y plagio. Un ejemplo sería la relación con el Sgt pepper de los Beatles, lanzado unos días antes en 1967; si bien ambos presentan una portada llamativa, con los miembros vestidos “ligeramente” extravagantes, no es suficiente para darle crédito a tal afirmación, ya que musicalmente difieren de forma notable.

El disco está compuesto por diezcanciones, de las cuales sólo Citadel, In another land, She´s a rainbow y 2000 light years from home, son las que logran imprimir en el álbum ese brillo propio, musicalmente positivo, gracias también a la colaboración de tamañas figuras como J. Lennon, P. McCartney, e inclusive, un talentoso músico llamado John Paul Jones, quien antes de subirse al Zeppelin, trabajaba como arreglista en dicho estudio. Lamentablemente el estilo de este álbum desaparecería con el genial pero discontinuo Beggars Banquet (1968), considerada una de las obras más importantes en su cúspide musical y comercial.

El rechazo de este álbum por parte del publico, no es novedad. Ya se había visto algo similar con la anterior crítica del Between the bottoms (1967), pudiéndose presagiar cuál era el estilo que el público esperaba de sus héroes; no toleraba ningún afán de influencia ajena al blues, como fue la motivación y admiración en su momento por la banda Beach boys, quienes asomaron como modelo inmediato a seguir, claro está, sólo para dicho álbum.

No nos debe extrañar que los Stones fueran conminados por ellos mismo a un estilo monótono, que si bien tiene chispazos de euforia y energía, no escapa de lo mismo. Entonces, si podríamos hablar de talento en esa banda, exceptuando el de Brian Jones y Bill Wyman, sería la facilidad con la que se adecuan a diversos géneros y épocas, pues si revisamos su discografía completa, asumiríamos que el álbum en cuestión nació gracias, o bien a su espíritu solidario, al no mostrarse indiferente con la ola de rock ácido y psicodélico de su momento, o bien por una simple búsqueda de mercado, que al fracasar, retomarían su anterior estilo, diciéndonos: aquí no pasó nada.

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