Bienvenido fin del mundo

Por: Alberto Luna

Una vez más debo reposar mis opiniones sobre el controvertido director Lars von Trier, quien es uno de mis directores favoritos y siempre se encuentra generando controversia por su particular manera de contar historias y mostrar escenas de pesado calibre. El 2011 nos dejó con Melancholia, el más reciente film de von Trier, como la mejor película del año según la Sociedad Nacional de Críticos de Cine, título bien ganado a pulso y no por la fama o el “sensacionalismo” del que algunos lo acusan, incluso me parece una de sus películas menos alarmantes, sin imágenes fuertes o mórbidas -hablando luego de ver Antichrist-, son pocas las películas que pueden causar impresiones más fuertes, pero ese es otro tema.

Volviendo a Melancholia, en esta ocasión von Trier confirma lo que había tratado ya en algún post anterior sobre la incursión del cine independiente en el terreno de la ficción (entendiendo ficción, en este caso, como cualquier encadenamiento narrativo que en su totalidad o en alguno de sus elementos no corresponde con el mundo real inmediato[1].) y cómo éste brinda nuevas lecturas a tópicos ya bastante trillados y que incluso podían considerarse echados a perder gracias a las grandes productoras cinematográficas. En este caso en particular y muy acorde con el año que se aproximaba al momento del estreno (noviembre del 2011) el director nos presenta su visión del fin del mundo, el cual explora con precisión quirúrgica gracias a la maestría que ha alcanzado desde sus inicios en 1977, según se registra.

La película inicia con el fin, es decir la destrucción del planeta Tierra el cual es impactado por un planeta recientemente descubierto llamado Melancholia que había estado siempre al otro lado del Sol, el director comenta que decidió romper el suspenso del final para que el público ya no se concentre en lo que sucederá sino en todos los eventos previos al desenlace que ya se dio a conocer en el principio, sin embargo el final otorga unas cuantas sorpresas que dejan un poco de trabajo a ese sentido de la sospecha que nos genera (sobre todo) el cine de autor cuando al terminar una película uno medita un poco y dice “creo que me perdí de algo”. Con respecto al lugar de la acción y los personajes, este es el punto que me parece más importante porque es donde se aprecia el gran aporte que está haciendo este tipo de cine a las ya tradicionales historias hollywoodenses librándose descaradamente del cliché. Para empezar nos extrae del eje mundial del caos y la destrucción, me refiero a los gloriosos Estados Unidos de América (destruidos en múltiples ocasiones por fenómenos naturales, máquinas asesinas, amenazas espaciales de todo tipo, zombis, etc.) y nos sitúa en Ningún Lugar, lo único que veremos en todo el film es una especie de casa-castillo en el campo y salvo por algunas referencia a un pueblo y otro lugar tácito, no existe nada más; los personajes atentarán también contra la acartonada figura heroica infaltable en estas tramas, siendo las protagonistas dos hermanas (Kirsten Dunst  y Charlotte Gainsbourg) totalmente opuestas, una de ellas acepta el inevitable fin y procura estar en paz hasta que llegue el momento ya anunciado mientras la otra pretende sortear el aterrador destino que le aguarda con la gran diferencia que no cuenta con ninguna clase de conocimiento ni talento que le permita llevar a cabo su neurótico propósito (me refiero a su arduo e inútil esfuerzo por salvar a su hijo).

A pesar de lo dicho, von Trier no se aleja de la premisa principal de una película de este corte, que es la de generar desolación y/o desesperación, o algo más profundo, como sugiere el nombre de la película (y del planeta “agresor”) y demostrar que no es necesario encerrarse en determinados lugares comunes tanto en creación de historia como de personajes, para cumplir el objetivo y abofetear al espectador muy al estilo del cine indie.

Para finalizar dejo la introducción de la película para que tengan un panorama más amplio al momento de la lectura, para alguno, incluyéndome, se trata de un genial lenguaje audio-visual, para otros resulta más efectiva que una dosis de píldoras somníferas, lo dejo a su criterio.


[1] Los entendidos en el tema perdonarán mi atrevimiento pero es inevitable usar el término y definirlo como puedo.

(casi) Todo entra por los ojos

Por: Alberto Luna

En pocas oportunidades me he encontrado cautivado por alguna película tan sólo con haber visto el título, esa parte tan importante que juega como introducción en ciertos casos. Existen títulos que me han sobrecogido ampliamente y cabe resaltar que estos pueden ser bastante engañosos; en este momento se me ocurren dos: el primero, “Los amantes del círculo Polar”, el título sugiere más de lo mismo -amantes- , pero explorados en otras latitudes; el segundo es “El fin del mundo en 35mm”, título contundente también, pero grande fue mi desilusión luego de verla, al descubrir que la traducción literal al español sería “Quemadura de cigarrillo”, que si bien no resultó un fiasco, tampoco estuvo a la altura del fraudulento título con el que la adquirí. A lo que quiero llegar con esto es que el título (esa parte tan difícil de hallar para algunos cuentistas o escritores, como también para cineastas o artistas en general; yo hablo de esto, desde mi lugar de enunciación como escritor aficionado que soy) me ha guiado a lo largo de muchas compras aleatorias en cuanto a cine y literatura sobre todo. De ahí viene el título de este post.

La película que abordaré hoy no escapa de esta suerte de violenta selección prejuiciosa; fue elegida por mí bajo los parámetros brevemente mencionados: “71 Fragmentos de una cronología del azar”, sencillamente avasallador, me resultó imposible dejarla de lado, y por culpa de ella y mi poca solvencia, tuve que renunciar en su lugar alguna otra que también me interesaba pero con alguna carencia nominal que la hizo perder puntos ante mi extraño sistema selectivo. El director es Michael Haneke, el mismo que se encargó de esa otra película que me han recomendado hasta el cansancio llamada “Funny games”, precisamente 71 fragmentos cierra un cicló de tres películas con el tema de la violencia, del cual “Funny games” es la segunda entrega.

La película es aburrida y me recordó mucho a “Elephant”: unas cuantas porciones de la vida cotidiana en la que no sucede mucho, explorando la rutina de algunas personas hasta llegar al desenlace, el cual tampoco resulta ostentoso. Sin embargo, cuando digo que es aburrida no quiero decir que sea mala, por el contrario, ese aburrimiento y tedio en la narración es lo que la hace tan brillante. Hasta donde tengo entendido, a Haneke le encanta proponer más que mostrar, es decir, él prefiere darle un papel más activo al espectador, hacerlo pensar o que realice su verdadera labor como alguien que pretende consumir cine. No he tenido la paciencia para contar los fragmentos, cada plano viene seguido de un fundido en negro que deja muy claras las divisiones e invita a pensar que cada escena que se muestra es un evento aislado o, a lo mucho, una sucesión de eventos intercalados.

La película inicia con una noticia sobre la guerra, lo que vendría a ser el fragmento 1 y que al mismo tiempo le da un plus realista, ya que parece sumergirnos en un documental (el primer fragmento es el extracto de un noticiero real), posteriormente y sin ser muy obvio la película juega a escapar de la violencia que nos presentó al principio insinuando ser el eje de la historia, para sumergirnos en otros tipos de violencia menos ligados a las armas o la agresión física, y más cercanos a las relaciones humanas, las mismas que son exploradas de manera magistral con muy pocos diálogos, planos estáticos y eventos cotidianos. A pesar de esto, el final -tal y como sucede en la vida real- nos arranca de esta especie de refractor (por no decir reflector, porque me parece un tanto exagerado) de la vida, a raíz de un evento de violencia explícita fuera de la rutina.

Creo que Haneke se muestra muy lúdico con el espectador, en algunos casos demasiado, tal vez llegando al punto de lo irritante como podrán apreciar en el fragmento (creo que nunca usé mejor esta palabra) que dejo como cabecera de este post. Aunque resulte altamente densa la película y sea toda una hazaña verla sin cabecear un momento, la recompensa es alta; ofrece un goce particular que no debe medirse en intensidad, sino en la calidad del mismo, no te dejará asombrado, no te hará llorar ni reír, no serás una mejor persona después de verla, pero definitivamente algo muy bueno e indescriptible nos deja. “71 Fragmentos de una cronología del azar” es una película sincera en cuanto a la historia y hermosa si hablamos de la forma, cuando se hace un film. Como este sólo existen dos resultados posibles, la gloria absoluta o el fracaso más miserable, no hay puntos medios y, con respectos al que ha sido el tema de esta publicación (no tengo que especificarlo si prestaron atención mientras leían), ya saben cuál de los dos resultados creo que es el obtenido.

Como último punto quisiera aclarar, para evitar conflictos, que no pienso que el cine sea exclusivamente visual, hay mucho de audio y, en otro nivel, mucho de psicología. El título del post va orientado a la descripción anecdótica de que hacía al inicio con relación a los títulos, creo que yo soy muy malo poniéndolos, por eso es que me fascino tanto cuando encuentro alguno realmente imponente.

El tiempo, los crímenes y otros temas un tanto desligados

Por: Alberto Luna

A pesar de que el blog tiene una pequeña presentación, la semana pasada se me ocurrió que esta sección (de la que me encargo, la de cine… ¿no lo habían notado?) no había sido presentada formalmente, es decir, el primer post fue una pequeña reflexión sobre un festival de películas independientes, si no el más importante sí, creo yo, uno con bastante trascendencia. Con el transcurrir de las diferentes entradas del blog creo que quedó relativamente claro qué línea pensaba seguir. Sin embargo he reconsiderado el hecho de hacer una minúscula introducción tardía, la cual no me llevará todo el post, en vista que estoy enterado de aquellos que revisan este espacio y sé que lo hacen precisamente para leer sobre alguna curiosidad del cine. Es precisamente esa característica la que quiero que sea, de alguna manera, el estandarte o la insignia que caracterice mis publicaciones: las curiosidades, aquello que dentro de lo “caleta” incluso es poco más difícil de encontrar; esto no quiere decir que nunca tocaré a otros autores un tanto más comerciales, entre comillas también, como Jeunet, Linklater, etc., los cuales son de mi agrado, pero al mismo tiempo es bastante más simple (o menos complicado) hallar referencias sobre ellos. La base de este blog es la opinión, no presentar un discurso académico de nivel ni nada por el estilo, así que tampoco se debe dudar que cuando tenga algo importante que decir sobre alguno de los autores mencionados o cualquier otro, lo haré sin ninguna clase de reparo.

El tema de hoy me genera una particular satisfacción, hace algunos años alguien me envió un enlace de YouTube, se trataba de un cortometraje español realizado por un tal Nacho Vigalondo (el mismo que dejo como cabecera de este post). Era una producción musical dramático-tragicómica, si es que cabe ponerle algún rótulo, protagonizada por él mismo titulada “7:35 de la mañana”. Éste corto ofrece una muestra de lo que en 8 gloriosos minutos puede hacer una buena historia, algo de utilería y los complementos mínimos necesarios adecuados; posteriormente llegó a mí la ópera prima de este mismo director (además de actor y guionista). Desde que oí de ella sentí que se trataría de una grata sorpresa, no sólo por la experiencia precedente que tuve con el corto anteriormente mencionado, sino también por el título: Los Cronocrímenes.

Es necesario mencionar que si bien me considero un ferviente seguidor del cine independiente y, por tanto, de sus historias, las cuales se encuentran, de alguna manera y sin ánimos de generalizar, un poco más ancladas en la realidad, también me gusta apreciar a los personajes que realizan acciones extraordinarias y más aún si se encuentran dentro de un paisaje urbano o cotidiano, como es el caso de aquella obra maestra llamada “Sin city” (desde mi modesto punto de vista y sin haber podido encontrar aún el comic). Y si a todo eso se le agrega un papel muy activo sobre el tiempo y sus variaciones o, en otro caso, habilidades desarrollables simplemente me enamoro; pero ese es otro tema. Desde la última década, si la memoria y las fuentes no me fallan, se ha iniciado en España una suerte de corriente muy interesante que me sugiere entre líneas el estilo de narración de Quentin Tarantino, ya que he visto trabajos que contienen historias muy bien construidas, interesantes e inteligentes con el plus de amalgamar éstas a géneros muy consumibles como el fantástico con “El laberinto del fauno”, o el de terror con “El orfanato”.

Ahora, Vigalondo, hace su aporte al cine de ciencia ficción con los Cronocrímenes aplicando su talento como narrador y director, a este tipo de películas con una historia realmente interesante y entretenida. El personaje principal, Héctor, es un hombre maduro, casado, quien piensa pasar unos días en una casa de campo junto a su esposa. Mientras reposa en el jardín observa con unos binoculares que en una montaña cercana hay una muchacha desnudándose, decide ir a investigar. Una vez en el lugar se encontrará con un extraño perseguidor quien lo ataca con unas tijeras, el mismo que tiene la cara cubierta por una especie de vendajes rosados, luego de algunos contratiempos, Héctor llega a una estación científica y se esconde, por sugerencia del científico que opera el lugar, en un extraño cilindro el cual en realidad resulta ser una máquina del tiempo, la cual lo regresa una hora en el pasado y así es como se convierte en Héctor 2, ya que en ese tiempo ya existía otro Héctor que se encontraba en el mismo lugar en el que estaba él, ahora Héctor 2, una hora antes. Y ¿por qué cuento esto? Normalmente no suelo comentar con tanto detalle todo o parte del argumento, pero en esta ocasión es necesario para que quede un poco más claro el tipo de guión con el que nos topamos, uno con algunas referencias científicas, sobre todo aquellas que están orientadas a la alteración y el viaje temporal, basado en el “principio de autoconsistencia de Novikov” además de la visión de un héroe bastante casero, improvisado y, más que nada, coyuntural.

De esta manera Nacho Vigalondo propone o, mejor dicho, continúa con esta nueva licencia narrativa que ha adquirido el cine hispano apelando a la ficción (no en la definición extensa de la palabra), y así el qué se cuenta, se renueva sin que el cómo se cuenta se vea afectado ni pierda calidad, estética o de la forma que se le prefiera llamar facilitando de esta manera su consumo y digestión (no es mi intención ser muy metafórico ni gastronómico), ya que es bastante difícil para alguien no familiarizado con el cine independiente no comentar cosas como “es aburrido” o “nunca sucede nada”. Muy recomendable y además fácil de conseguir en comparación con los otros títulos revisados anteriormente.

Suicide club: Diferentes formas de morir viendo un solo film

Por: Alberto Luna

Hoy abordaré un tema que es muy importante para mí desde el rubro que trato constantemente, es decir el cine, o la producción cinematográfica para ser más específico. Hasta ahora no había tocado la línea del cine oriental, el cual me ha marcado profundamente ya que desde pequeño fui un gran seguidor de la cultura japonesa, la misma que llegó a mí, como a tantos otros, a través de la animación (Saint Seiya, Dragon ball, Evangelion, etc.), posteriormente me vi un poco más inmerso en toda esta cultura gracias a la capacidad de los orientales para explotar el recurso de la sangre y la violencia de manera bastante acertada. Gracias a la necesidad de saciar mis más sádicas fantasías adolescentes fue que descubrí grandes títulos del cine oriental (japonés sobre todo), aun así mi conocimiento sobre esta industria del este es bastante escaso, más todavía que el que tengo del correspondiente a nuestro hemisferio, debo confesar.

En esta ocasión me ocuparé de una de las películas más interesantes que he visto; antes debo aclara que aquellas referencias generales que haga no incluyen a esos títulos de terror coreano (si no me equivoco) que han pasado por nuestra cartelera en diversas oportunidades y, desde mi modesto punto de vista, no me llaman ni un poquito la atención, todas me parecen iguales y la gente me dice “pero dan miedo”, a lo que yo respondo “no me interesa”. La película a la que hago referencia y el eje de esta publicación es “Suicide club” o “Suicide circle” (o “Jisatsu Sakuru” en japonés) dirigida por el talentoso Sion Sono, quien además de cineasta es poeta. El título por sí solo resulta ya bastante provocador e insinuante, coquetea muy descaradamente con nuestro lado más retorcido y reprimido.

La temática ha sido replanteada hace pocos años en una producción hollywoodense titulada, si la memoria no me falla, “El fin de los tiempos”, agradable y entretenida pero sin mayor trascendencia. Reseñando brevemente esta película, recuerdo que de un momento a otro en una de las grandes metrópolis estadounidenses la gente comete suicidios en masa. La respuesta que nos brinda la película es que tras años de contaminación y maltrato a la naturaleza, ésta ha decidido cobrar venganza produciendo un extraño químico que inhibe la parte de nuestro cerebro encargada del instinto de autoconservación; como imaginan, ha resultado un típico producto de la poética del cine norteamericano de género. Años antes de El fin de los tiempos, Suicide club ya había ganado bastantes premios apelando a una historia similar pero con un giro de acontecimientos diferente.

La escena inicial es, sin exagerar, un auténtico baño de sangre (es precisamente el video que les dejo adjunto, perdonen la calidad pero fue lo mejor que conseguí); en una estación de metro en Tokyo un gran grupo de colegialas se toman de las manos y saltan a las vías del tren justo cuando éste se encuentra a punto de arribar en el andén, la primera toma después del salto muestra como la cabeza de una de las chicas queda sobre una de las vías en donde inmediatamente estalla al ser alcanzada por la primera rueda del vehículo. Así es como empieza este grotesco tránsito fílmico de corte medio policial aunque alguna crítica lo ha enclaustrado en el género del “horror-gore”, calificación que no termina de convencerme. Sin embargo, todo este despliegue de violencia explícita no es una forma de distraer al espectador de una narración sin sentido o carente de contenido, contrariamente el verdadero valor del film se halla en la trama, la misma que se encuentra sumergida en el mar de sangre y vísceras.

El relato invita a cuestionar la visión que se tiene del “otro”, es decir, todo aquello que es ajeno al “yo”, siendo visto este “otro” inicialmente como el enemigo desde el aspecto policial, para luego convertirse en el “otro” en general, desde la visión humana y las relaciones inter e intrapersonales. A diferencia de la otra película citada líneas arriba, en Suicide club la historia sí admite al hombre como ejecutor de su propia destrucción, una visión totalmente desesperanzadora y, por qué no decirlo, posmoderna de la sociedad, agregando el plus del agobio tecnológico e informático.

Suicide club, tiene tal vez algunos puntos débiles en la narración que prefiero no molestarme en mencionar porque de todos modos no restan mérito alguno a la obra en general. Es sin lugar a dudas una producción cruda y entrañable (usando la palabra en un extensión distinta) que sabe reflejar bastante bien su espíritu tanto en el aspecto visual como en el discursivo. Altamente recomendable pero sólo para estómagos, corazones y mentes fuertes, le doy las tres calificaciones (la primera relacionada a lo repugnante, la segunda a la capacidad de tensionar o asustar, y la tercera por el impacto psicológico que pueda causar) aunque la película no asuste en realidad, pero el clima que puede crear a lo largo de la cinta sí es capaz de mantener en suspenso. Y para aquellos que tengan la oportunidad de verla o la hayan visto ya, quisiera agregar que mi escena favorita es la de los suicidios en cadena que comienza con las cuatro mujeres conversando sobre la utilidad de la vida, la manera de entrelazar tomas y mezclar de alguna manera lo cómico y rutinario con aquello otro tan atroz es magistral. Realmente merece el tiempo que se le deba dedicar a este film para poder apreciar la lectura que tiene el realizador sobre la vida, su significado y como esta se puede terminar.

9 Songs: Sexo, ¿drogas y rock alternativo?

Por: Alberto Luna

Anteriormente he dado alguna idea bastante apresurada sobre el cine independiente, un concepto muy mío, en el que me refiero a las producciones de esta “industria” como material aberrante que nos replantea internamente y demás, sin embargo no siempre es así, si bien el cine indie destaca por su constante invitación a mirar desde puntos de vista totalmente diferentes a los parámetros clásicos y acartonados del cine de género (con el cual no tengo ningún ensañamiento particular, casi totalitariamente está hecho para entretener y cumple muy bien con su función), no todas sus películas serán de carácter bizarro, ni mucho menos perturbador; esta labor (la de tomar nuevas perspectivas) acompañada por aquella otra de tocar la sensibilidad del espectador puede llevarse a cabo sin recurrir necesariamente a la provocación de harcadas en el público, también puede tocarse en lo más profundo con historias motivadoras o románticas sin caer en lo cursi como se ha hecho magistralmente con Once hace un par de años aproximadamente. Pues, hoy abordaré una película que me conmovió profundamente por su sinceridad y poesía (si se me permite la palabra) técnica y visual.

La película a la que me refiero se llama “9 Songs” y es del año 2004, dirigida por el realizador británico Michael Winterbottom el cual no sólo destaca por sus películas sino también por sus documentales. Cuenta una anécdota que Winterbottom había terminado de leer la novela “Plateforme” de Michel Houellebecq, una obra con una gran cantidad de contenido sexual y pensó “un gran libro, lleno de sexo y volví a preguntarme cómo los libros pueden hacer esto y el cine, que está mucho más preparado para ello, no”, así surgió la idea de hacer algo en respuesta a ese tabú tan marcado, en algún momento nos habremos topado con alguna escena en la que los personajes en pantalla se muestran bastante apasionados van subiendo por una escalera mientras se besan y desprenden de sus ropas, luego se tira en una cama o en el suelo y a la escena siguiente se les ve recostados conversando con rostro de satisfacción o vistiéndose apurados por la mañana; a través de los años ha existido ese terror a la sexualidad y el acto de retratarla no escapa de eso, por eso siempre es mejor dejarla en puntos suspensivos, además, también pienso que es algo que debe tratarse con mucho cuidado, como cuando se escribe sobre una relación sexual, un lenguaje inadecuado lo convertirá en algo grotesco por un lado o demasiado divino por otro, pienso que en este tema se requiera las dosis exactas de vulgaridad y endiosamiento, esto si se quiere elaborar algo real, lo demás se puede dejar en manos de la pornografía.

Los protagonistas, Matt y Lisa, se conocen en un concierto y comienzan una relación, él es un joven inglés y ella un estudiante norteamericana, lo datos particulares sobre ellos como individuos son escaso, no se sabe más salvo por algunas referencias, todo sucede en su privacidad, esa especie de espacio íntimo inmaterial que aparece en toda relación de este tipo. El título resulta de lo más simple, el tiempo en el que se narra la historia parece estar medido por los nueve conciertos que se intercalan con los episodios de intimidad que es el verdadero punto fuerte de la historia pero no pretendo

menospreciar la banda sonora, las nueve canciones escogidas son excelentes, pero con el resto de imágenes uno podría pasarlas por alto. Sin embargo, se amalgaman bastante bien con el ambiente que mencioné en el título de este post, el director parece actualizar esa máxima todavía vigente, aunque de manera tácita de “sexo, drogas y rock n’ roll”, ésta frase exaltaba el exceso y desenfreno de una época, en 9 songs todo es más mesurado, consumo ocasional de cocaína, concierto de rock alternativo donde la gente va a relajarse por la noche sin ánimos de perder el conocimiento y sexo de pareja, sensual y estimulante.

Cuando menciono la sinceridad técnica y visual (luego hablaré de lo poético) lo hago porque la película fue rodada sin guión, todo fue improvisación de los actores en cuanto a lo técnico y visual porque la cámara no se esconde de lo que sucede en la cama (cocina, baño, etc.). Sobre lo poético es muy difícil hablar, para ello es necesario haber visto las escenas, como aquella en la que Matt le da sexo oral a Lisa mientras se cuelan por las persianas entreabiertas algunos rayos de sol, el lugar es cálido y las sensaciones se transmiten más allá de la pantalla y más allá de la vista, es imposible no sentirse conmovido, y no sólo emocionalmente, lo cual me lleva al verdadero punto fuerte del film y es precisamente la manera en la que el director logra explotar más allá de los límites un medio audio-visual generando otro tipo de sensaciones utilizando el oído y la vista. Como dije antes, estimulante, es exactamente lo que hace, artístico y excitante, incluso se me ocurriría definir 9 Songs como pornografía para parejas, la cual debo aclarar, es extremadamente diferente a la que está pensada para la autosatisfacción.

Como siempre, invito a consumir este tipo de producciones. Por otro lado quiero decir que mi interpretación sobre el desarrollo de la historia lo he suprimido porque luego de releerlo me pareció totalmente innecesario, los aparentes simbolismos se los dejo a cada uno, creo que analizar esta pela como un texto es un tanto ofensivo al menos para la línea que he seguido con mis anteriores publicaciones y el blog en general.

Aquí, para los curiosos la lista de canciones que se pueden escuchar en los conciertos, si no he convencido con los puntos anteriores esto podría cambiar las cosas: -Black Rebel Motorcycle Club, “Whatever happened to my rock and roll” -The Von Bondies, “C’mon, c’mon” -Elbow, “Fallen angel” -Primal Scream, “Movin’ on up” -The Dandy Warhols, “You Were the Last High” -Super Furry Animals, “Slow life” -Franz Ferdinand, “Jacqueline” -Michael Nyman, “Nadia” Black Rebel Motorcycle Club, “Love Burns” .

L’enfant terrible del cine mundial

Por: Alberto Luna

Lars von Trier es, sin pensármelo dos veces, uno de mis diosecillos en cuanto a cine se trata. Es un director danés, altamente experimental e independiente dentro de lo independiente, podría decirse que él es un género aparte (todo esto dicho desde mi “no extenso” pero tampoco “breve” bagaje cinematográfico). Antes de continuar debo aclarar que esta vez no trataré sobre su obra última: Antichrist; la cual siento que aún no he terminado de ver, a pesar de haberla visto tres veces. Si bien me ocuparé de sus trabajos en general dándole una visión más incluyente y algo tangencial he decidido dejar esa película para otro post futuro, cuando haya terminado de digerirla.

Mi primer acercamiento a “Lars” (creo que tengo la confianza suficiente como para tutearlo) fue de lo más azaroso, un día un par de años atrás, intentado consumir más cine no convencional pasé por una página en la que había una lista titulada, “Las 10 películas más extrañas de todos los tiempos”, el título me pareció exagerado -pero ese es otro tema. Recuerdo que antes de pasarme por esa página había visto en algún centro cultural la película Gummo, de Harmony Korine, dejándome bastante perturbado y fascinado a la vez. A raíz de eso comenzó mi búsqueda en internet hasta que llegué a este top 10 ya mencionado, donde uno de los títulos en particular llamó mi atención, Los idiotas, de un tal Lars von Trier. Hay que reconocerlo, su nombre es imponente, cualquiera que tenga un “von” delante de su apellido tiene que saber lo que está haciendo (luego descubriría que él lo colocó, su nombre original es Lars Trier), así que rápidamente corrí hacia el pequeño bastión subterráneo de la piratería y conseguí esa película.

Pocas veces recuerdo haberme sentido como luego de verla, para alguien como yo, bastante acostumbrado a las convencionalidades sensacionalistas del cine hollywoodense no podía suceder de otra forma. Si bien ese primer acercamiento al cine “monstruoso” que tuve con Gummo me sirvió de soporte para no sentirme tan incómodo con Los idiotas no fue suficiente, para empezar nunca había visto encuadres tan inestables como los que provoca la cámara en mano de Lars; su manera de desplazarse por el entorno es demasiado envolvente, sin embargo, y sin ánimos de pecar de morboso, el verdadero impacto llegó con la escena de sexo no simulado (así es, ¡No simulado!, al igual que el de las películas pornográficas), simplemente no podía creer que exista un tipo de cine que muestre primeros planos de una penetración -por ejemplo-, y al mismo tiempo pueda contar una buena historia.

Definitivamente Lars se encontraba fuera de cualquier perspectiva, al menos desde mi perspectiva. Sencillamente me encapriché con sus producciones, la segunda película que vi de él fue Dogville, otra narración sencillamente salvaje y con el plus del ambiente teatral, ya que en este film el escenario cuenta con escasos elementos y a manera de un plano las estructuras se encuentras trazadas en el piso con algo que podría ser tiza, con sus respectivos rótulos escritos en el suelo, como “Calle Elm” o “Casa de Tom Edison”, una propuesta extravagante como pueden imaginar.

De esta manera podría continuar enumerando las excentricidades de este director pero me tomaría demasiado tiempo hacerlo, prefiero pasar a la impresión que tengo de él, estoy seguro y con cuerdo con mucha gente que sin importar la apreciación de cada persona sobre las películas de von Trier nadie puede mostrarse indiferente ante ellas, o bien las aman o bien las detestan, pero no es un tipo de producción que provoque impasibilidad o aburrimiento, de alguna forma logra causar sensación, pero no de la manera visual precisamente, es algo más interior, sublime por decirlo más directamente y con el perdón de los más leídos. Estas historias te cambian y tocan en lo más profundo, sacan a la luz aquello que normalmente y por el bien de la sociedad tendemos a mantener oculto. Lars von Trier muestra sin temor condiciones humanas en estado puro y brutal, esa es su gran y verdadera herramienta como narrador, la capacidad de estrellar en la cara sin reparo alguno lo más atroz que se pueda ocultar en la gente y no gente de portada, ni íconos de masas, sino personas cualquiera. Todos sus relatos engendran incomodidad en los espectadores y despiertan pasiones muy al estilo de la catarsis y algunos, como es el ejemplo de Dogville, provocan un goce malsano y escalofriante con la sucesión de acontecimientos y posterior desenlace.

Hubiese querido poder comentar ampliamente sobre cada una de sus películas pero el espacio no es del todo apropiado, estoy seguro que más adelante podré comentar particularmente alguna otra de sus producciones como ya prometí hacerlo con Antichrist (la cual, como le resumí torpemente a una amiga: “Te va a doler en tu femineidad”).

Por lo mencionado queda claro el por qué de su apodo de l’enfant terrible del cine danés, y yo agrego: del cine mundial. Dejo un par de enlaces para aquellos interesados en el tema, ninguno demasiado sorprendente (wikipedia), pero para que tenga algo de referencia sobre sus otras películas, dentro de las que he visto particular importancia para Breaking the waves, Dancer in the dark (con Björk) y Manderlay (continuación de Dogville), pero todas las que he revisado me han parecido geniales y no creo equivocarme (aparándome en el valor de la opinión, convenientemente).