La estocada de Nolan

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Tengo que decirlo, mis intentos de guionista o por último, mis más salvajes sueños de cineasta, han sido arruinados por personajes que aparecen en el momento justo con una película bajo el brazo, diciéndome “broder, hazte a un lado, tengo que pasar”. Es el caso de Christopher Nolan. A parte de su excelente trilogía de Batman, con la cual, debo reconocerlo, logra destacar con éxito de la inmensa lista de héroes o villanos de comics, videojuegos, o mangas que intentaron sin suerte romperla en la pantalla grande, llega con otra nueva muestra de su talento como guionista y director. La película que hace unos días vi fue El origen, para el público en habla hispana, o Inception, para el resto del mundo, especialmente, el angloparlante. Es cierto que la película tiene un par de años de estrenada (2010), pero si se toman la molestia de leer algunos textos de este espacio, verán que eso no importa.  No suelo consumir películas de este tipo, me refiero a las de acción. Hace mucho que no me entrego a ellas. Prefiero las de terror (pero del bueno), y por qué no, las de comedia. Pero las de acción… creo que no. Quizás sea ese el primer impedimento que tuve al querer aproximarme a ella. Pero también, hay que reconocerlo, asomaron ciertos paratextos que jugaron a su favor. Es el caso de la dirección, nada más y nada menos que Nolan, y los actores que la componen, de la talla de DiCaprio (a quien considero a pesar de todos los clichés, un buen actor), Joseph Gordon Levitt, Ellen Page, etc. En fin, luego de estar pegado a la pantalla más de dos horas, debo reconocer que Nolan es el más reciente director que me arrojó a la lona. Sencillamente porque esta historia (que no es del todo original, pues agarra bastante del psicoanálisis) llegó a fundir mi cerebro. Sí, más de lo que ya está. Dom (DiCaprio) y Arthur (Gordon Levitt) tienen un empleo muy inusual: infiltrarse en la mente de personas a través de sus sueños, para robar valiosa información y ofrecérsela al mejor postor. En este caso, gracias a su “máquina de los sueños”, con la que logran ingresar a los sueños de los demás, se encargarán de boicotear una gran empresa, introduciéndose en los sueños de su joven heredero, con el fin (nunca antes hecho) de no solo robar información, sino de convencerlo, persuadirlo, manipularlo, para que la destruya. Y como deben saber, no la tendrán tan fácil. Pero, qué es lo que me fascina de esta cinta. Si bien tiene buenos guiones, acordes a la rapidez de la atmósfera conspirativa, como también que evitaron el abuso de efectos especiales, dándole un cariz más serio, esta película me gustó por el constante estado de simulacro en el que viven los personajes. Me deslumbra el trabajo cuidadoso en la construcción de las plataformas, llámense “espacios oníricos”, por los que deben transitar, y cómo cada uno de estos niveles (habitualmente dos), son rellenados por el subconsciente de las víctimas. Pero sobre todo, me atrapó la idea apocalíptica del “comercio de consciencias”; el proceso de sembrar una idea (con una intención específica), un concepto, una palabra, por más vaga que sea, y ver cómo se ramifica dentro nuestro, para bien o para mal, es atroz. Ese clima de irrealidad e incertidumbre, de perder lentamente el sentido de lo que es real y lo que no; esa fragilidad por desconocer qué puertas sean las correctas de abrir; ese laberinto al que ingresaremos seguramente de la mano de Nolan, es una de las razones por las que me cuesta pensar (al menos por ahora) en no solo hacer cine, sino, en escribir ficción. Véanla. Muy buena película.

La dura improvisación de vivir

Por: Fausto Barragán

 

 

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Cuántas veces hemos oído la palabra “muerte”. Creo que muchas. Y el simple hecho de hacerlo nos mueve a creer que estamos preparados para lidiar con ella. Algunas personas lo pueden ver demasiado lejano, ajeno a sus vidas, otras, pueden haberlo sufrido en sus cortos años, o quizás con una insana continuidad que definitivamente dejó huellas incurables. Pero qué pasaría cuando se lidia con algo mucho más complicado, por ejemplo, con la conciencia de nuestra propia muerte como algo próximo a suceder. Son esas pruebas que nos impone la vida, y de la que pocos son capaces de salir, la que nos plantea la siguiente película.

50/50 , estrenada el 2011 por Jonathan Levine, es una película de corte independiente basada en la vida de Will Reiser, quien colaboró con el guión original, que nos presenta el drama atravesado por Adam Lerner (Joseph Gordon Levitt), joven de 27 años quien después de llevar una vida estrictamente saludable, conservadora y lejos de cualquier práctica que pueda atentar contra ella, es golpeado súbitamente por la noticia de que padece un extraño cáncer, luego de presentarse al médico a raíz de unos continuos dolores en la columna que hace algunos días lo inquietaba. Una vez enterado, intenta reponerse, y para ello, tendrá la mano de su inseparable amigo Kyle (Seth Rogen), sus padres Diane y Richard Lerner, de su terapeuta, y hasta de su novia, quienes desempeñarán un rol importante, cada uno de ellos, en la apresurada carrera de Adam contra el tiempo, para salvarse, pero no de la muerte, sino de la fantasía de la vida, esa que lo cegó en cada día a día, e impidió que viera todo como a partir de esta experiencia, lo verá.

Luego de ese momento, los valores y preceptos tomados de la vida del protagonista sufrirán el abatimiento de ese extraño sabor de sentirse diferente al resto, a esa masa abstrusa que lo espera listos para despedirlo sin que aún se vaya, y hacer su vida lo más placentera posible. Los recursos visuales aportan al sentimiento de desvarío y pérdida del lugar, la sugestión, que opera y carcome las fortalezas de una ejemplar vida echada a perder por el capricho del destino. Sumado a esto, los conflictos que lleva dentro de sí en la relación con sus padres, específicamente con su madre, quien desde el punto de vista de aquel, le hace la vida imposible, representan una carga incómoda en particular. Tenemos también la relación con su novia, quien luego de la noticia se vuelve distante con él, falsa e indiferente, llegando a descubrirse gracias a su amigo Kyle, su infidelidad. Siendo éste también un personaje importante, pues a su estilo, aparece como el incondicional confidente de Adam, al margen de que vivan juntos, lo acompaña en su travesía, incitándole a sacarle el lado positivo a esa súbita noticia de enfermedad, aunque en su mayoría, esté inclinado hacia el placer sexual, del que no solo Adam salga beneficiado. Pero, una de las revelaciones de la historia, será la relación que surja con su terapeuta, quien le enseñará sin proponérselo, que la vida no reside en papeles, y todo lo que está documentado no necesariamente encuentra correspondencia con la realidad.

Pero definitivamente, uno de los rasgos que predominan en la película son las bocanadas de humor, esa sensación lúdica, fuera del comprensible drama del cual pueda ser víctima ante la muerte. Los diálogos apelan al contraste de sus probabilidades de vida con los juegos de azar. 50/50, ganar o perder. A partir de la idea de que todos estamos de pasada en el mundo, somos pasajeros y necesariamente tendremos que morir, opta por probar el otro lado de la vida, ese que tanto mantuvo al margen, y que al final no le sirvió para nada. Los diálogos, y la tensión de verse cada día en el espejo, salir, confraternizar con otros pacientes, ver al mundo que seguirá girando, son conducidos por un osado optimismo que ciego, avanza sin mirar hacia atrás, devorando con sonrisas y pensamientos positivos cualquier vacío que alimente a ese monstruo que yace al final, esperando, listo para tumbarlo a una fría realidad. De manera que, el humor opera como un eficaz soporte para mitigar el peso de lidiar con un cáncer a tan temprana edad, como también, formar parte de un proyecto mayor que es el de darle un sesgo auténtico a un drama tan duro como este.

La banda sonora, debo reconocerlo, es un recurso atractivo de la película; el manejo de las escenas con las canciones, le aporta un cariz distinto a este drama, que en mi opinión, lo convierte  en un inusual representante dentro de su género (dramas de luchas contra el cáncer). Es básicamente el recurso prestado para burlarla por un momento lo que la vuelve curiosamente intensa, con estos brincos repentinos de humanidad, que por momentos nos hacen olvidar, junto a Adam, el por qué se rapó el cabello, o por qué continuamente conversa con su terapeuta; esos momentos que lo hacen pisar tierra.

50/50 apuesta por una visión particular, optimista, pero siniestramente realista del proceso que atraviesa un paciente de cáncer. Por lo general, las películas que abordan estos dramas se encargan de conmover al público con una visión paternalista y condescendiente de estas víctimas por el hecho de que no muchas logran sobrevivir. Lo que diferencia a 50/50, es que el mismo orgullo del protagonista, temperamento, y miedos, dialogan con todo el repertorio que sabemos muy bien acompaña a alguien en tales circunstancias: despedidas, llantos, frases finales, sonrisas falsas, negación de la realidad, juramentos vanos, etc., porque esos ingredientes, están dentro de la película, y es precisamente ahí donde su mérito radica, en que él no decide aceptar el trágico suplicio de sufrir, sino que las confronta a su manera, sin importar que la muerte lo tenga en sus manos, encaminando su mal, robándole a él todo rastro de vida, sin dejarle nada. Vean un ejemplo de ello cuando camina risueño por los pasillos del hospital, con una agradable banda sonora, entre las víctimas de estos callejones sin salida a los que conduce esta enfermedad.

Y para finalizar, no está demás mencionar que el sentimiento predominante en la película es el de “incipiencia”, la bisoñez con la que el ser humano afronta situaciones nuevas, buscando escarbar en lo más hondo de todos nosotros, para ser interpelado por esa parte nuestra, vulnerable a cualquier tipo de desgracia, que sigue veloz esperando nunca toparse con la pared que de seguro la vida depara para nosotros, y que todo ello, dependa de un hilo, tan simple y brutal como eso; es exponernos como personas que por más que hayamos pasado por diversas situaciones en la vida, la tragedia nos puede alcanzar, pero que solo de nosotros dependa cómo conducirla, cómo responder a esa dura improvisación que en esas condiciones, resultaría el vivir.