El efecto Grey

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Acosar a una persona, por las razones que sean, siempre esconde un gran motor pasional. Un interés desmedido por aquel otro, que por lo general es revestido por un halo negativo. En el caso del tercer largometraje de Nacho Vigalondo, Open Windows (2014), la figura del acosador, ratifica todo lo antes mencionado. Pero ello no es lo que me conmina a escribir sobre esta película. Sí, es divertida e interesante, aunque sigue el mismo esquema del enfermo obsesionado por una celebridad, en este caso Jill Goddard (Sasha Grey), llevándola al límite poniendo en riesgo su vida. Es la propuesta estética, gráfica, visual, uno de los aspecto que me atrae, pues da la apariencia al espectador, que se encuentra frente a su ordenador, participando activamente de la historia. La gran cantidad de ventanas, links, chats, videollamadas, y muchos recursos que en estos días nos resulta difícil calificar de “ficción”, aportan a la propuesta de la película “Open windows”, y no “El acosador”, como ya lo traducen por ahí. Y el segundo aspecto, que en lo personal me resulta más interesante, es ¿cómo percibir a una ex actriz porno, fuera de ese mundo, en un clima erótico? Es decir, gran parte de la película se sostiene por la venganza del “acosador” contra Jill, y esta venganza, presenta un constante cariz sexual. Entonces, ¿cómo podría como espectador real (conociendo el trabajo de Sasha Grey) comprar la propuesta erótica de la película? Considero que es un efecto interesante, (confiaré en el director) este juego de erotismo, en un thriller, que cuenta con la participación de nada más y nada menos, la señorita Grey. ¿Reprimir la imaginación y tratar de “adivinar” lo que se esconde tras su bata? No lo sé. Disfruten la película.

El tiempo, los crímenes y otros temas un tanto desligados

Por: Alberto Luna

A pesar de que el blog tiene una pequeña presentación, la semana pasada se me ocurrió que esta sección (de la que me encargo, la de cine… ¿no lo habían notado?) no había sido presentada formalmente, es decir, el primer post fue una pequeña reflexión sobre un festival de películas independientes, si no el más importante sí, creo yo, uno con bastante trascendencia. Con el transcurrir de las diferentes entradas del blog creo que quedó relativamente claro qué línea pensaba seguir. Sin embargo he reconsiderado el hecho de hacer una minúscula introducción tardía, la cual no me llevará todo el post, en vista que estoy enterado de aquellos que revisan este espacio y sé que lo hacen precisamente para leer sobre alguna curiosidad del cine. Es precisamente esa característica la que quiero que sea, de alguna manera, el estandarte o la insignia que caracterice mis publicaciones: las curiosidades, aquello que dentro de lo “caleta” incluso es poco más difícil de encontrar; esto no quiere decir que nunca tocaré a otros autores un tanto más comerciales, entre comillas también, como Jeunet, Linklater, etc., los cuales son de mi agrado, pero al mismo tiempo es bastante más simple (o menos complicado) hallar referencias sobre ellos. La base de este blog es la opinión, no presentar un discurso académico de nivel ni nada por el estilo, así que tampoco se debe dudar que cuando tenga algo importante que decir sobre alguno de los autores mencionados o cualquier otro, lo haré sin ninguna clase de reparo.

El tema de hoy me genera una particular satisfacción, hace algunos años alguien me envió un enlace de YouTube, se trataba de un cortometraje español realizado por un tal Nacho Vigalondo (el mismo que dejo como cabecera de este post). Era una producción musical dramático-tragicómica, si es que cabe ponerle algún rótulo, protagonizada por él mismo titulada “7:35 de la mañana”. Éste corto ofrece una muestra de lo que en 8 gloriosos minutos puede hacer una buena historia, algo de utilería y los complementos mínimos necesarios adecuados; posteriormente llegó a mí la ópera prima de este mismo director (además de actor y guionista). Desde que oí de ella sentí que se trataría de una grata sorpresa, no sólo por la experiencia precedente que tuve con el corto anteriormente mencionado, sino también por el título: Los Cronocrímenes.

Es necesario mencionar que si bien me considero un ferviente seguidor del cine independiente y, por tanto, de sus historias, las cuales se encuentran, de alguna manera y sin ánimos de generalizar, un poco más ancladas en la realidad, también me gusta apreciar a los personajes que realizan acciones extraordinarias y más aún si se encuentran dentro de un paisaje urbano o cotidiano, como es el caso de aquella obra maestra llamada “Sin city” (desde mi modesto punto de vista y sin haber podido encontrar aún el comic). Y si a todo eso se le agrega un papel muy activo sobre el tiempo y sus variaciones o, en otro caso, habilidades desarrollables simplemente me enamoro; pero ese es otro tema. Desde la última década, si la memoria y las fuentes no me fallan, se ha iniciado en España una suerte de corriente muy interesante que me sugiere entre líneas el estilo de narración de Quentin Tarantino, ya que he visto trabajos que contienen historias muy bien construidas, interesantes e inteligentes con el plus de amalgamar éstas a géneros muy consumibles como el fantástico con “El laberinto del fauno”, o el de terror con “El orfanato”.

Ahora, Vigalondo, hace su aporte al cine de ciencia ficción con los Cronocrímenes aplicando su talento como narrador y director, a este tipo de películas con una historia realmente interesante y entretenida. El personaje principal, Héctor, es un hombre maduro, casado, quien piensa pasar unos días en una casa de campo junto a su esposa. Mientras reposa en el jardín observa con unos binoculares que en una montaña cercana hay una muchacha desnudándose, decide ir a investigar. Una vez en el lugar se encontrará con un extraño perseguidor quien lo ataca con unas tijeras, el mismo que tiene la cara cubierta por una especie de vendajes rosados, luego de algunos contratiempos, Héctor llega a una estación científica y se esconde, por sugerencia del científico que opera el lugar, en un extraño cilindro el cual en realidad resulta ser una máquina del tiempo, la cual lo regresa una hora en el pasado y así es como se convierte en Héctor 2, ya que en ese tiempo ya existía otro Héctor que se encontraba en el mismo lugar en el que estaba él, ahora Héctor 2, una hora antes. Y ¿por qué cuento esto? Normalmente no suelo comentar con tanto detalle todo o parte del argumento, pero en esta ocasión es necesario para que quede un poco más claro el tipo de guión con el que nos topamos, uno con algunas referencias científicas, sobre todo aquellas que están orientadas a la alteración y el viaje temporal, basado en el “principio de autoconsistencia de Novikov” además de la visión de un héroe bastante casero, improvisado y, más que nada, coyuntural.

De esta manera Nacho Vigalondo propone o, mejor dicho, continúa con esta nueva licencia narrativa que ha adquirido el cine hispano apelando a la ficción (no en la definición extensa de la palabra), y así el qué se cuenta, se renueva sin que el cómo se cuenta se vea afectado ni pierda calidad, estética o de la forma que se le prefiera llamar facilitando de esta manera su consumo y digestión (no es mi intención ser muy metafórico ni gastronómico), ya que es bastante difícil para alguien no familiarizado con el cine independiente no comentar cosas como “es aburrido” o “nunca sucede nada”. Muy recomendable y además fácil de conseguir en comparación con los otros títulos revisados anteriormente.