¿Había de verdad una “crítica”?

Es probable que este texto rompa con la temática del blog (si es que le encuentran una) pero considero más que “relevante”, necesario, opinar (al menos brevemente) sobre una noticia que, apareciendo de forma frecuente en las últimas horas, me veo en la obligación de arrogar mis opiniones al respecto.

El hecho: la “aguda” crítica de Javier Ágreda sobre la última novela de Alonso Cueto, La pasajera, titulada “Había unas 500 veces”, publicado en el portal EL MONTONERO el 2 de abril. Si bien no me considero un crítico eximio, brillante y mordaz, sí un humilde comunicador de sus impresiones luego de consumir diversos productos culturales, sean libros, películas o canciones, creo que existe cierta frontera dentro de la crítica que no se puede traspasar, pues se correría el riesgo de ser deshonesto, simplista o en el peor de los casos, desagradable. Si se toman la molestia de revisar el enlace de dicho artículo, podrán comprender, o al menos intuir hacia dónde apunta mi incomodidad.

Básicamente, la “crítica” del reseñista antes mencionado estriba en el señalamiento del constante, qué decir, excesivo uso de la palabra “había” en algunos párrafos (dos exactamente) según nos muestra. Y luego de ello, nada más. Así es. El 90 %, hasta más, de la crítica de esta novela, se reduce a la “notable” advertencia de este curioso error. Pero seguro se preguntarán, ¿cuál es el problema? Y de hecho, si lo ven así, como un simple comentario o alguna acotación, no lo habría. El problema está en que es publicado de forma seria, en un portal lejos de su muro personal de Facebook, desde donde originalmente partió. Por ello, fuera del pueril enfrentamiento sobre “retórica” en el que se zambullen algunos escritores, alimentando con sus comentarios esta “crítica”, me parece que ella misma, en sí, dice mucho de la lectura que probablemente tuvo su autor. Aparte, justificar la crítica de una novela para impartir de forma fugaz una clase intensiva de lenguaje, me parece de mal gusto.

No está mal señalar tales errores, pero constituir ese aspecto, como columna vertebral de un texto crítico, no me parece ético. Da la impresión de que el reseñista leyera rápidamente la novela, advirtiera estos errores, y dijera en cierto momento: “Eureka”. No habla sobre nada más, y eso es lo preocupante, pues todo texto ficcional bueno o malo, y en este último caso con mayor razón, tienen mucho de qué hablar. Tampoco habría que apoyarse en la urgencia de entregar reseñas a otros medios de difusión cultural sobre la misma novela, mandando cosas buenas a unos e improvisadas a otros. Y con esto, no quiero dejar a entrever algún tipo de relación mía con el autor de la novela (padrinazgos o afines), o alguna simpatía con esta, simplemente quería hacer explícito mi rechazo ante este tipo de “críticas” que, sea del lugar que vengan, no se deberían tomar en serio. Para mayores alcances, dejo aquí abajo el link de la reseña:

http://elmontonero.pe/columnas/2015/04/habia-unas-500-veces/

El exorcista: Debate entre la ciencia y la fe

Por: César A. Espino León   11004372_10153133010812859_437557498_n   La realidad y la ficción son parte de la vida cotidiana, y dentro de ella, presentan una distancia que muchas veces se ha demostrado, se acorta cada vez más. Las producciones cinematográficas han optado por recurrir a la literatura como modelo para la realización de películas respetando ciertos parámetros. En este caso tenemos a una producción cumbre del género terror, me refiero a El exorcista que está basado en el libro, del mismo título, del estadounidense William P. Blatty.

La película (1973) dirigida por William Friedkin causó furor en dicha época, mostrando la imagen de la familia McNeil y la posesión de Regan (Linda Blair) por parte del demonio Pozuzu. Esta pieza cinematográfica ha sido vista desde una perspectiva terrorífica, hasta diabólica, mas no desde el punto de vista crítico entre la ciencia y la fe; por lo menos la película nos lo deja ver así.

Blatty nos esquematiza, desde el ateísmo de Chris McNeil, del análisis de los psiquiatras, de la posesión de Regan y de las posturas de los padres, a la ciencia como desfasada, que no siempre será objetiva y que tendrá límites para poder desarrollarse y encontrar la verdad ante cualquier hecho real o irreal. El psicoanálisis y la psiquiatría no pueden resolver los problemas de posesión, porque se afinca al método científico. Estas ciencias están imposibilitadas de llegar a lo intangible y solo solucionan lo observable; lo sobrenatural no es su campo, hasta lo radicalizan como problemas de superstición o autosugestión. Por ejemplo, en una conversación entre Chris y Regan, referente al capitán Howdy, la madre siente el desinterés de las informaciones que proporciona el tablero de la ouija:

-¿Quién lo dice?

-Bueno él

-Ah, claro

-¿Y qué más te dice?

-Cosas…

-Capitán Howdy, no seas mal educado, lo regañó Regan.

-Querida, tal vez esté durmiendo.” (Blatty, 1972, p.49-50)

Chris es un personaje intolerante y presenta una fe ciega, recrimina los actos de la ciencia debido a la muerte de un anterior hijo llamado Jamie. Por lo tanto para ella, confiar en los médicos sería optar por la muerte de su hija:

“-Recordó a Jamie. Una lenta infección. El médico de Chris en ese entonces había recetado un nuevo análisis espectral. Al comprar otra dosis del remedio en una farmacia local, el farmacéutico le había dicho cautelosamente:

-No quiero alarmarla, señora, pero este remedio… Bueno, hace poco ha salido a la venta, y se comprobó que en Georgia ha causado anemia aplásticas en… Jamie. Jamie. Muerto. Y desde entonces, Chris nunca más confió en los médicos, Sólo en Marc. Y eso le había llevado años.” (Blatty, 1972, p. 62-63)

Otros personajes que van a presentar confrontaciones es el padre Damien Karras con una postura más psiquiátrica que eclesiástica, y a Lankaster Merrin, filósofo y paleontólogo,  con un pensamiento unificado entre ciencia y fe. Karras no acepta la proposición del exorcismo si es que no tiene permiso de sus superiores, siempre y cuando se hayan realizado los análisis respectivos. Él duda de la posesión de Regan, atreviéndose a estudiar los diversos casos psiquiátricos:

Al terminar la lectura, llegó a la conclusión de que no cabía duda de que los fenómenos psicokinéticos existían, habían sido profusamente documentados, filmados en clínicas psiquiátricas. En ninguno de los casos mencionados en el artículo se hacía referencia a posesión diabólica.” (Blatty, 1972, p. 255)

La otra cara de la moneda es Merrin, famoso porque sus libros habían causado revuelo en la iglesia, ya que interpretaban su fe en términos de ciencia, en términos de una materia que se está aún transformando, destinada a ser espíritu y unida a Dios. (Blatty, 1972, p. 287). Ambos padres manejan diferentes posturas, pero están en pleno enfrentamiento teórico, esa lucha de postulados que siempre son de no acabar. Algo muy relacionado y parecido con la ciencia y la fe. Ambas se excluyen. Ellos se confrontan mediante un diálogo antes que practiquen el exorcismo a Regan:

-¿Querría preguntarme algo ahora, Damien?

Karras negó con la cabeza.

-No. Pero creo que puede ser útil que lo ponga en antecedentes sobre las distintas personalidades que Regan ha manifestado. Hasta ahora parece que hay tres.

-Hay una sola –dijo Merrin suavemente y deslizó la estola alrededor de sus hombros.” (Blatty, 1972, p. 298)

Otro personaje clave donde se representa el decaimiento de la ciencia, es el detective Kinderman que está investigando la muerte del director de cine, Burke Dennings. No sabe si la muerte del director fue causada por Regan o por sí mismo. A la vez, inspecciona los hechos recurrentes después del suicidio de Damien Karras; sabe que los métodos utilizados para su investigación no son factibles para el caso. Pensó que la muerte del padre se debió a los problemas psicológicos y emocionales por la cual estaba pasando, y más aún cuando asume la muerte de su madre, de Merrin y la posesión de Regan, toda esta carga termina por ocasionar su fallecimiento. En el epílogo del libro, Kinderman se siente desahuciado, no puede más con el caso y lo cierra.

En conclusión, lo que nos muestra William Blatty es un problema que hasta nuestros días persiste: El problema de la ciencia que no resuelve todo, que no es nada general y que siempre presenta deficiencias teóricas. Si se dice que la ciencia puede solucionarlo todo, ¿por qué no resolver un problema de posesión? ¿Por qué la fe y la ciencia se proclaman por separado?

Velar su propio funeral

978612420211

La narrativa de la violencia, como se la conoce, fue una natural respuesta a la crisis social que nos golpeó hace muchos años, deviniendo en un problema que encontró rápida repercusión en muchas formas artísticas, en especial, en la literatura. Pero este problema aún no está resuelto, y no solo me refiero al ambiente turbio que se desprende con el pasar del tiempo de esa curiosa convención a la que bautizaron como “Comisión de la Verdad y Reconciliación”, sino a la persistente entrega de novelas que albergan como tema central “los años de violencia en el Perú”. Al respecto considero que existen dos tipos de escritores; los primeros, aquellos que siguen navegando en aquellas turbulentas mareas de sangre, luchando con sus propios fantasmas, intentando superar conflictos a partir de la verbalización del trauma, etc. Y los segundos, orientados más por fines comerciales que por compromisos auténticos para con su sociedad, o por último, consigo mismos, que “vedettizan” ese tipo de novela, volviéndola casi de uso reciclable. Afortunadamente no me toca hablar de éstos hoy, sino de uno de los primero (así lo considero, al menos). La novela que comentaré es Criba (Ediciones Copé; 2013) del reconocido narrador Julián Pérez.

La novela nos remonta nuevamente a Pumaranra , ubicada en un Ayacucho desolado, asaltado por el fantasma de aquellos años de muerte para un pueblo que nunca supo con seguridad quiénes eran aliados o enemigos. El recorrido de tres historias simultáneas que se cruzan (ya utilizado con anterioridad) encauzándose en un hecho particular, “la fuga de un estudiante de una cárcel de Ayacucho”, se encargan de sostener la trama. Una estudiante de antropología va en busca del recuerdo de su amigo y sus pasos por su tierra natal; un grupo de compañeros celebran entre cervezas el retorno de un viejo amigo que jura conocerlos a todos, pero del que nadie misteriosamente se acuerda; y la historia (la mejor para mí) de un niño (Manuel) y su abuelo (Gerardo) a lo largo de la vida del primero, sus anécdotas, pesares, victorias, todas ellas matizadas por cierta oscuridad e hilarante cotidianidad, que en lo personal, encuentro muy agradable. A pesar de excederse en muchas de estas historias, y llegar por un momento a pensar que estamos ante una novela distinta, un drama andino libre e independiente, logra cerrar sus fauces y conducir nuevamente la atención del lector clima al que pertenece la novela: “la violencia política”. No es necesario describir balas, bombas, sangre, torturas en exceso para saber que estamos nuevamente de vuelta a la boca del lobo, es lo que nos enseña el narrador.

Lo que me gusta de esta novela definitivamente es el espectro de “post-guerra” que se desencadena de la mano de todas las historias, sensibilidades, miedos, creencias de un pueblo que si bien se puede ver que recuperó al menos un respiro (y siendo audaz, se podría decir que, “vuelve a sonreír”), todavía conserva la tristeza por todos aquellos que ausentes, persisten tocando las puertas de sus familiares en cada oportunidad que una risa intente asomar en sus rostros. Las balas ya no protagonizan nada. El conflicto, la sangre y el dolor, se llevan por dentro. Me quedo con la “nueva” atmósfera, al menos vista en esta novela, que reformula su discurso partiendo de un ya conocido personaje en la vida del autor (para los entendidos), aquella que (probablemente) obligada por la “nueva tendencia” de narrativa de la violencia, esa que dicta que los elementos de esta guerra hace mucho dejaron de ser balas, AKM´s, bombas, fotografías, siendo ahora reemplazados solo por los sobrevivientes y los escombros que cada uno de ellos debe levantar.

Somos parte de la noche

descarga

Hace un par de semanas que no posteo nada ni en este medio, ni en ningún otro. No es algo de lo que me enorgullezca, pero tampoco lo contrario. Lo digo, como una suerte de disculpa para los pocos que se toman la molestia de leer alguna de mis palabras, y más aún, para los que les resulta algo interesante. Hace poco leí una novela del escritor peruano (subestimado, dicho sea de paso) Fernando Ampuero. La novela lleva por título Hasta que me orinen los perros. Debo reconocer que apenas lo vi, decidí entregarme por completo a su breve lectura. Quizás por mi anormal gusto por lo callejero, o por los recuerdos que ese rótulo despertó en mí. No lo sé. El hecho es que leí la novela, y si bien el final no me pareció brutal y contundente, debo reconocer que cumple su cometido de forma divertida, y por qué no, eficaz. Me enteré después que dicho texto forma parte de un corpus mayor, al que el mismo autor llamó “mi trilogía callejera de Lima”. La historia es sencilla. Alberto, taxista por obligación, es víctima del robo de su carro, lo que motiva en él, una comprensible necesidad por redimirse ante la sociedad, y sobre todo, ante su mujer, sin reparar en la legalidad de esos medios: el negocio de comercio y tráfico de borrachos. La novela si bien nos habla de la carrera desesperada de un taxista por no dejarse arrastrar por la tempestad, no cae en el trillado repertorio de las “anécdotas” que estos reyes del volante tienen a montón, sino que aborda de forma directa el problema. Por otro lado, la historia que vive con su mujer, quien representa una suerte de conciencia, de legalidad, al ser policía de tránsito, y convivir bajo el mismo techo, le suma una significante cuota de incomodidad, amor, y cinismo. No me es posible hablar de la calle, sin su referente mayor, Enrique Congrains Martin, quien dicho sea de paso, es homenajeado con esta novela. Recordemos un poco No una sino muchas muertes. Claro, que en esta oportunidad, no hay locos, sino borrachos. El libro está lleno de frases que anteceden a cada capítulo, divertidas, me arrancaron muchas carcajadas. Por ejemplo: “Llámalo cuestión de valores. Una cosa es ser un hijo de puta y otra un conchasumadre“. Y en otras, que te llevan a clavar el separador de páginas en tu libro, y reflexionar un poco “La noche, a la vuelta de la esquina es un montón de basura. La noche te ensucia el alma de improviso. Merodeando por las calles silenciosas, cuando casi toda la ciudad duerme veo cosas terribles -gente comiendo desperdicios, pervertidos manoseando niños, peleas salvajes- aunque lo peor, creo yo, es oír un llanto o un grito lejano. Alguien sufre por ahí, me digo. Alguien pide ayuda y nadie lo oye. Eso es la noche ¿Entiendes por qué me callo, Rosa? ¿Cómo decirte que yo también soy parte de la noche y que vivimos en ella?

Salgan a caminar, ahora, en la madrugada. Pónganse su casaca, y marchen hacia la noche. Ella siempre tiene un lugar para nosotros. Yo lo hago cuando puedo. Nunca está demás. Buena noche.

El reloj que nunca avanza

índice

 

Todos leemos lo que queremos leer. Si bien se parte de un sólido y único texto, en este caso la novela, cada quien encuentra, decodifica, activa, peculiaridades de esta, construyendo de la forma que mejor puede, su propia versión. Lo digo para dejar en claro que todas las palabras que en breve escribiré, no responden a un intento de figuretismo, aprovechando lo mediático del texto a “comentar”, tampoco a una indiscriminada avalancha masturbatoria (sobona) dirigida al autor; no. Esto pudo generarlo un libro de hace cien, diez, cinco, dos años de antiguedad, una película, una canción, en fin, muchas cosas. Pero fue esta novela, Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles, la que hoy me obliga a escribir.

Como mencioné, siempre las textos que más nos logran impresionar (considero), son aquellos que en parte, reposan dentro de nosotros, sin conocerlos claramente, pero que al verlos, leerlos o sentirlos, quiebran nuestro espíritu (o como se quiera ver) irremediablemente. La incertidumbre que abraza al protagonista, la urgencia por que una mano lo ayude, hasta el mismo hecho de que no lo recuerde con un nombre propio, hacen que no solo me compadezca de él, sino de mí mismo. No soy escritor, ni atravieso por un reciente divorcio, ni tengo un conejo, pero carajo, sé del monstruo que lo gobierna. Ese que devora todo lo bueno, lo seguro, lo cierto, volviéndolo un paradero artificial, temporal, dentro de una carrera que nadie nos avisó que debíamos correr. En esos momentos, nos damos cuenta, sea de la forma que sea, que los ídolos en los que creímos alguna vez, nunca fueron tal.

El padre es una sombra que alcanza amenazando al niño que llevamos cada uno de nosotros. Su figura se desvanece volviéndose más humana, y me conmuevo. Recuerdo que hace un par de años tuve la oportunidad de conversar con mi padre en circunstancias parecidas, y si no me reveló una historia similar, de romance trunco del cual se ha arrepentido hasta la fecha, sí me contó historias que me hicieron por primera vez mirarlo a los ojos, a sus ojos cafés, profundos, con tantas cosas que decir, y ver en él no a un personaje establecido de mi hogar, sino a un hombre, que cometió errores y aciertos (dependiendo cómo se vea), los cuales terminaron en mi familia, en mí. Pude comprender que la historia que nos contaron muchas veces de niños, no siempre fueron así; historias de héroes, de sacrificios, de malos de buenos, todo, fue solo una reconstrucción, una continua reconstrucción de vidas ficticias. Por ello esta novela encontró un lugar en mí.

Méritos literarios, tiene de sobra. De ello se encargará la crítica literaria “dura”, que ya de hecho, lo está haciendo. Solo quise compartir mis impresiones sobre una muy buena novela, que recomiendo a todo el mundo que tenga la oportunidad de verla en cualquier estante. Será una experiencia de la que no se arrepentirán.

Gang Bang!!! una brevísima aproximación a Snuff

 

Lamento no haber encontrado la versión subtitulada al español (la verdad, no sé si exista) de esta entrevista, de un escritor interesante, aunque eclipsado algunas veces por su presencia mediática, y su primer golazo en la literatura, ese que lo lanzó al mundo del best seller, El club de la lucha. Así es, hablo de Chuck Palahniuk. En esta oportunidad conversa con la estrella, la diva, la protagonista de su contravertida novela Snuff, Cassie Wright. Espero que puedan con el inglés, y que le den al enlace para su segunda parte. Subiré más adelante breves fragmentos de esta novela (ya di mis impresiones al respecto, revisar los archivos), que tiene cosas al menos para mí, dignas de compartir.

El beso que no termina

el-beso-al-leproso-francois-mauriac-1963-n2-15304-MLA20101263501_052014-O

Acabo de leer El Beso al Leproso, novela de Francois Mauriac, y no me he llevado una agradable sorpresa. Solo cuenta la triste historia de un personaje que poco a poco experimenta un tránsito hacia el alejamiento en busca de un adecuado lugar para “descansar”; un simulacro de muerte. Me gustó la forma en que es narrada, directa, precisa, sin mucho artificio retórico. Resulté también conmovido con la violenta nostalgia de “querer ser” y “ser” del protagonista, en este caso, de  Juan Peloueyre; ese motor dentro de todos nosotros que nos vuelca a aferrarnos a la vida, a pesar de que no nos haya tratado muy bien. El Beso al Leproso, al menos en la edición que me conseguí, presenta (es curioso) ambos nombres “Beso” y “Leproso” con mayúsculas. Menciono que es curioso porque creo que definen y podrían resumir muy bien la novela. El Beso puede ser la piedad, el amor, la pena, el consuelo hacia alguien, el Leproso, incómodo, querido, odiado, en fin, un personaje víctima de sentimientos ajenos que intentan tenderle una mano, cuando realmente no lo desean así. Con todos estos elementos, puede que logre gustarles esta novela, pero en lo personal, que salí de una lectura relativamente mayor (Nudo de víboras) del mismo autor, no logró convencerme.