VEINTE AÑOS GUSTÁNDONOS TOY STORY

Por: Pedro C. Espinoza

 

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Hace algunos días (19 de noviembre) se cumplieron veinte años del estreno mundial de Toy Story, primera película de animación realizada con efectos digitales por computadora en la historia del cine, justificación suficiente para volver a comentar ciertos aspectos del largometraje animado que, repetidas veces, vemos y lo seguiremos haciendo. No obstante, frente a esa preferencia de tantos años, puede surgir una pregunta, ¿por qué nos gusta tanto Toy Story? Nos dedicaremos a dar algunas posibles respuestas.

Desde pequeños, salvo injustos y desafortunados casos, hemos disfrutado del juego. Es una de las actividades con mayor entusiasmo e imaginación que se le dedica en la infancia; la mejor prueba la encontramos cuando creamos un mundo con diversos muñecos de juguete a los que damos vida momentáneamente para divertirnos. Creamos un mundo con nuestros juguetes, un mundo donde somos los únicos que establecen las reglas y normas, y Pixar supo jugar también con ello. Esta película nos presenta al niño Andy, para lograr identificarnos con él, y aquellas épocas donde jugábamos como él, con nuestra imaginación y nuestra propia historia. Creemos que es justamente este aspecto por el cual nos sentimos atraídos por Toy Story, pues nos presenta una época que muchos hemos compartido, gozado y, probablemente, no hemos dejado del todo: jugar y crear nuestros universos; sentirnos dioses por unos instantes.

Generalmente, dentro del mundo creado por cualquier niño, existen momentos en los que se tiene que dejar de jugar. Al suspender la creación de una historia para nuestros juguetes, es justamente ahí donde Toy Story empieza. El vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear se nos presentan como protagonistas de una historia marcada por distintos aspectos que no se alejan a nuestra realidad. Es decir, el mundo de Woody y Buzz sufre una especie de humanización que implica adquirir, en buena medida, los mismos problemas de las personas. No obstante, como toda película de animación,  resulta, por varios momentos, amena y divertida. Entre las escenas de comicidad que encontramos en la película, podemos mencionar el breve cruce de palabras entre el personaje del Sr. Cara de papa al presentarse a sí mismo como “Picasso” frente a Hamm, quien se queda sin entender su forma.

Asimismo, recordamos las palabras de Woody al referirse a los soldaditos de infantería: “son profesionales ¡los mejores! Vamos, no están tirados descansando”; le sigue, a mi parecer, la escena más divertida, cuando Woody le pide a Buzz que le dé una mano y este le arroja su brazo. Todas estas escenas cumplen muy bien su propósito: divertir.

Por otro lado, encontramos escenas que muestran cierta seriedad como la organizada “Junta de Consejo”, el plan de Woody para salvar a Buzz y los soldados de plomo, al realizar sus operaciones de “Vigilancia Charlie”. Mencionadas acciones nos muestra la estructura de la cual está formada la historia de Toy Story donde se les presenta ciertas dificultades, pero obedeciendo a su norma fundamental: no mostrarse con vida ante los seres humanos. Este aspecto es quebrantado para salvar a Buzz y darle una lección al niño Sid Phillips. Aquí dos puntos para comentar; primero, cuando se transgrede su norma fundamental, realizan acciones de terror: los soldados saliendo de un charco, los autos emergiendo lentamente de la arena y la vuelta en 180 grados de la cabeza de Woody que alude a la clásica película de El exorcista. Estoy seguro que podríamos encontrar otras referencias pero nos extenderíamos más de lo debido; segundo, con Sid Phillips y Andy Davis se forma la dicotomía bueno/malo típico de diversos largometrajes y un buen recurso de las películas de animación. También, podríamos mencionar otra dicotomía como viejo/nuevo representada por Woody y Buzz.

Hasta ahora hemos intentado brindar algunas respuestas a la pregunta inicial. Toy Story entretiene, hace reír, llena aquel vacío de darle vida a nuestros juguetes, de ver realizado aquel mundo imaginado que se tiene desde niños. Consideramos que se seguirá viendo la película de Pixar, pues ya se ha convertido en un clásico animado moderno; representa una importante huella en la historia del cine. Un punto aparte sería hablar de sus secuelas que también han sido del agrado del público. Sin mucho esfuerzo, Toy Story alcanza a los escondidos niños que tenemos cada adulto, devolviéndonos a la mejor actividad infantil: el juego.

Los pulgares siempre en alto

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Sirviéndose de una perspectiva humana (entre lo triste y esperanzador que ello resulte), Steve James nos introduce en la vida de uno de los personajes más queridos (o quizá odiados) de las últimas décadas: Roger Ebert. Con las posibilidades que ofrece una cámara de video, este joven director decide homenajear al crítico cinematográfico más influyente de todos los tiempos, nada más y nada menos que con una película. Toda una vida llena no solo de palabras, ideas y lucidez, sino también de miedo, rencor y amor, es retratada en los 120 minutos que dura aproximadamente. Narrado de forma detallada, cuidadoso en el trabajo fotográfico, y en la inquietante selección musical, somos testigos de una vida consagrada al arte de la expresión de la palabra, en todos los sentidos que esta pueda abarcar. Roger Ebert fue el padre de la práctica reseñística desde hace décadas atrás. Por ello, no puedo evitar sentirme torpe al intentar “escribir” una “reseña” para la película de quien, con su pluma,  se jactaría de haber acuñado ese nombre. El documental se llama Life itself (2013), y fue realizado con la vida y la muerte; totalmente recomendado.

 

 

STAY

La importancia de cumplir una promesa. Mirar a los ojos de otra persona y prometer que todo será como antes, que todo saldrá bien. ¿Cómo hacer lo correcto para todos y para uno mismo? Es que no hay catástrofe mayor que la de no poder retornar, de volver el tiempo atrás, y saberse incompleto. Ver cómo pasan los días, por más que sepan en qué acabarán, solo el hecho de estar allí, presente, y ser testigo del transcurrir de la vida, muchas veces puede ser la razón más grande, la fuerza vital que nos lleve a lograr cosas imposibles. El amor es la clave para algunos, pero definitivamente, el miedo a la muerte, lo es para todos. A veces es necesario apreciarnos desde lejos, a años luz de distancia, para poder descubrirnos, extrañarnos, y valorar lo afortunados que somos, al ser parte de un error todavía en movimiento, irresponsable, que sostiene nuestra vida dentro de un mar de errores estallando al alrededor, que puedan apagarnos la luz para siempre. El azar, el destino, la predestinación, la fe, el miedo, la esperanza, el amor, etc., todos valores otorgados a nosotros sin algún fin mayor que el de usarlos, o sufrirlos. Miedo a lo conocido, a lo que somos, pero más aún, a eso que no podremos llegar a conocer. De esa oscuridad que nos mira, con la misma distancia, imposible, inalcanzable. Todo lo que somos en un parpadear, nuestros días, recuerdos, fantasmas, cargados en una mochila cada vez más pesada, apunto de despegar, en cuenta regresiva; silencio. Quizás en el fondo seamos eso: algo orbitando sin sentido esperando ser rescatado, por nosotros mismos, por agujeros negros, o por lo que sea.

La eterna pregunta queda más abierta aún ¿existe el destino? ¿Estamos deparados para algo más? No lo sé. Pero si en algún momento llegué a rechazar aquella idea, con Interstellar (2014) de Christopher Nolan, no sabría qué pensar. De todos los temas, interesantes por donde se lo vea (medio ambiental, físico espacial, paranormal,etc.), me quedo con el de la existencia humana, nuestra insignificante (si la comparamos con las estrellas) existencia, y con todas las fuerzas que dentro de ella nos gobiernan.

Todo lo aquí leído, es producto de un resquebrajamiento íntimo y emocional al ver esta película. 

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Uno de nosotros!!!

índiceDirigida por Tod Browning en el año 1932, Freaks irrumpe en la escena cinematográfica de forma polémica, plasmado en el rechazo y pronto olvido. Pero como siempre, los años, jueces definitivos al final de todo, le dieron un justo reconocimiento a una película, que aunque sea ubicada erróneamente bajo el género de “terror”, es considerada por la mayoría de cinéfilos como película de “culto”, que rebasa de lejos tales esquemas. No esperen ver escenas escalofriantes, o “típicas” de terror, que no las hallarán, salvo en el última escena, y eso es, hablando de lo que se consideraría como “aterradora”. Les recomiendo que vean esta película con ojos muy humanos, capaces de comprender una forma distinta y bella de convivencia de personas extraordinarias, trabajadoras, ingenuas, y sobre todo, protectoras entre sí, mediante el velo exótico de su naturaleza nómada. Dueñas de una cultura cerrada, aparentemente hostil, pero cálida y hospitalaria con aquellos a quienes decidan invitar. Si nos preguntamos el porqué del nombre de la película, podría decir al menos que no tiene nada que ver con sus aparentes protagonistas. Pero cuidado, que freaks, esos aparentes monstruos quienes esperan ver, vayan camuflados tan familiarmente, que podrían reconocerlos si solo mirasen el espejo; veremos así quiénes son los verdaderos Freaks.

Buscar el centro de las cosas

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Hace poco vi la película El orden del caos (1998), o Pi, como la conocen otros, de Darren Aronofsky, y debo aceptar que quedé sumamente complacido.  La trama aborda la obsesión de Maximiliam Cohen, aunque reconocido matemático, algo reservado, y su búsqueda de un número de 216 dígitos que le dé sentido a todo: la naturaleza, la vida, el caos. Para él, la vida no es solo un simple azar. Por más que así parezca, existe un orden, una pauta, una regla que rige a todas las cosas que componen este mundo. Pero Max no será el único en darse cuenta de ello; existen otros personajes que si bien sus respectivos fines varian, coinciden acerca de quién es el portador de ese gran poder.

Las imágenes, al fiel estilo aronofskyano, cámaras en constante movimiento, pinceleadas surrealistas y diálogos violentos, mantendrán pegado al público de principio a fin con esta búsqueda, que no será en lo absoluto indiferente, a medida se introduzcan en la mente de Max. La ansiedad acompañada de una retorcida necesidad por conocer aquello que está ahora flotando, estallando, muriendo en el aire, los invadirá. Antes de ver la película, recomiendo dejar los escrúpulos afuera; aunque sea un momento.

La ultraviolencia de los hombres

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“Si juntas a varios animales en un mismo lugar, tarde o temprano terminarán apareciendo los cazadores y las presas”. Es como podría resumirse The Experiment (2010), película dirigida por Paul Scheuring, y protagonizada por Adrien Brody y Forest Whitaker. La trama se desarrolla a partir de la incierta vida de Travis (Adrian Brody), quien luego de ser despedido de su trabajo, es obligado a buscar uno nuevo. Llega así por un aviso en el periódico a formar parte de un programa que experimenta con la “conducta” humana, por una generosa suma de dinero. Luego de ser seleccionado junto a otros, entre ellos, Barry (Forest Whitaker), es obligado a tomar un bando (prisionero/guardián) dentro de lo que sería una simulación de prisión, pero que al pasar los días, aislados del mundo, van experimentando notorios cambios, redescubriéndose a sí mismos; claro, la consigna es que para ganar el dinero, ninguno de los dos bandos debe ceder ante la violencia.  Interesante entrega que muestra la necesidad del hombre por explorar diversos caminos a los que a veces resulta difícil acceder, no por deseo propio, sino por lo pusilánime o distraído que puede llegar a ser. Es una película que atraviesa las convenciones éticas y morales, retroalimentadas en el ejercicio diario de vivir. “¿Somos más evolucionados que los monos?” A partir de esta pregunta, el protagonista representa la esperanza de una humanidad civilizada,  capaz de controlar sus instintos. Si bien existen breves guiños a La naranja mecánica, esta película nos ofrece una visión pesimista sobre cuánto al final es capaz de dominar el hombre a su bestia interna, y sobre todo, si realmente merecemos estar en la cima, en toda la historia de la evolución.

vestirse de rojo y morir por prescripción

Por: Fausto Barragán

 

 

 

 

images.jpg 1Qué de bueno puede traernos una película que presenta la singular vida de personas dependientes a narcóticos, degradándose a sí mismas, terminando en oscuros y tristes agujeros, de los que jamás podrán salir. Qué de bueno puede traernos la exposición del rostro más crudo de una sociedad que alimentó a muchos en base a un voraz sistema de sueños flacos que se desmoronan con la simple brisa del aire, frente al mar, o en una simple conversación. Es probable que si lo pongo en perspectiva, puede que nada. Para mí, todo lo contrario. De la mano de esta película, que lanza un grito inicial constante, suspendido en cada diálogo y escena, cogiéndose como puede ante el estremecimiento de la realidad, se logra esbozar una pequeña obra de arte, a partir de la violencia visual y la diestra manipulación del tema tabú preferido por las sociedades desarrolladas: la drogadicción.

El reconocido director D. Aronofsky, nos heredó una significativa cuota de humanidad con Requiem for a dream (2000), más conocido para nosotros como Requiem por un sueño. Solemne título para tan brutal descripción gráfica del resquebrajamiento de varios personajes, unidos por afectos y deseos en común. Requiem for a dream se basa en la exitosa novela, homónima, de Huber Selby Jr., en la que nos cuenta la historia de  Harry Goldfarb, un joven adicto a la heroína que abandona su hogar, viviendo del día a día para alimentar su vicio, con el sueño de que su vida cambiará para mejor, deseando llevarse al mundo por delante. Sara Goldfarb (madre de Harry), mujer viuda, entregada a la televisión, esmerada en prepararse para ser parte de un programa televisivo luego deimages haber sido invitada por teléfono, es la coprotagonista de esta película. Marion Silver es la novia de Harry, quien luego de abandonar su acomodada vida en casa por vivir con su novio, tiene enfrentar el sueño de ser una reconocida diseñadora con su adicción a la heroína, por la que es asediada con pensamientos y deseos extremos para saciar su aflicción. Y Tyrone C. Love, amigo de Harry, adicto también a los narcóticos, tiene el sueño de abandonar las calles, y gozar de una opulenta estabilidad social, propia de los capos de la mafia, viviendo siempre con el recuerdo de su madre estancado en su oscuridad. Así, cada uno de ellos, componen la cadena de funestos sucesos que dinamiza la historia.

De los personajes que logran imponerse y calar en el público por lo brutal de sus casos, al margen de las destacadas actuaciones de Jeniffer Connelly y Marlon Wayans, son la familia Goldfarb (Sara y Harry). Conmovedora historia de un joven confundido que optó por abrir las puertas equivocadas, adentrándose a una vida extrema y dura, capaz de soportarla gracias al veneno de una sociedad indiferente, que viaja por sus venas, y asoma como su único y verdadero hogar.  Por otro lado, la madre -probablemente la mejor actuación de la película, siendo Ellen Burstyn (Sara Goldfard) nominada al Oscar por aquella-, nos grafica una pérdida mucho más dramática. A Diferencia de estos jóvenes que tienen la vitalidad y la compañía de sus propias sombras en la fría calle, Sara se encuentra abandonada en sí misma, afectada por la muerte de su esposo, y los violentos abordajes de su hijo. Presenta los sueños más intactos, más limpios, llegando uno a vincularse con su inocencia, sana inocencia que al estar vulnerable como ella, se deja arrastrar (sin desearlo en el fondo) por una adicción letal, alejándola de un camino que creyó correcto tomar para su nueva vida. Esta adicción termina por diluir las fronteras entre su cordura y demencia, pero también de alguna manera, la terminan  por acercar a sus fantasías más tiernas de forma directa y frontal.

La piedad y la conmiseración por estas víctimas, no afecta en lo absoluto la propuesta de Aronofsky, quien trata de llevar el tema de la dependencia, de las subidas y bajadas, emulando una montaña rusa (figura anecdótica también en la película) de los estados de ánimos, de las peculiares pesadillas y sueños de personas atrapadas por ídolos de barro de una sociedad consumista, frívola, y superficial, a lugares poco gratos de tolerar. Esos sueños son los que se desmoronan cargando su propio peso, anestesiados por fugaces manos que los terminan soltando a su suerte.  Es aquel dolor de la caída, esa muerte por prescripción que nos deja los valores de una sociedad caduca, lo que retumbe en la mente y corazón (estoy seguro que sí) de quienes se dejen envolver por esta trama, dándose cuenta de que el vestido rojo, ese despampanante, que espera el momento preciso para ser utilizado, jamás estará terminado, o en su defecto, jamás nos quedará a la medida.

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