La imponente soledad londinense

Por: Jesús Delgado

 

 

descargaCiertamente un tema recurrente en la literatura contemporánea corresponde a la dualidad conflictiva entre la urbe como espacio de ascenso y prosperidad,  y el individuo que trata de integrarse infructíferamente a ella. No es ajeno que ante esta tensión el sentimiento que más prevalezca sea el de la soledad. Alguna vez Ribeyro escribió: “el mundo se va progresivamente despoblando, a pesar del bullicio de los carros y del ajetreo de la muchedumbre”. Y razón no le faltó: toda gran urbe finalmente es un conglomerado de gente solitaria donde la incomunicación – paradójicamente – va de la mano con los avances tecnológicos. Viéndolo en este sentido, la ciudad amolda agresivamente a sus habitantes convirtiéndolos en imitadores de sus propias vidas como único camino a la sobrevivencia.

En Crónicas de Londres, de Gunter Silva Passuni, se hallan los ingredientes necesarios que alimentan estas preocupaciones modernas. En los nueve cuentos del libro desfilan todo tipo de situaciones conflictivas a los que son sometidos los personajes. La intervención del azar es determinante para entender consecuentemente la fugacidad de los eventos. En un primer grupo prevalecen las historias de parejas, no necesariamente relacionadas con el amor, pero sí por la atracción. Parece ser un deseo intermitente, que da paso al reflejo de emociones que logran engañar a los personajes e incluso al lector.  Un claro ejemplo lo encontramos  en una de las frases del cuento “La foto perfecta”, donde la protagonista expresa: “el amor es una bella mentira a la que valoramos por su fugacidad”; otros cuentos incluyen: Lottie; Vino Tinto en Mac Donalds; El artista, Paris era una fiesta, si ganabas en pounds. Otras historias tienen como principal soporte las apariencias hacia el otro, incidiendo más desde una perspectiva del sujeto migrante y todo lo que conlleve a sus problemas económicos, laborales, etc. (Poeta muerto, I live by the river, Homesick.). La idea es clara: La ciudad encierra secretos que nadie jamás logrará desentrañar.

Una de las características más notables de los relatos son sus finales abiertos, situaciones que permiten al lector la opción de conjeturar un final alterno. Lamentablemente en algunas ocasiones resultan ser giros de tuercas intempestivos y fallidos a su vez. Los cierres no guardan una ordenada correlación con los datos desplegados, tanto es así que son finales tan abiertos que parecen historias inconclusas. El narrador divaga sobre asuntos que en algunas ocasiones no alimentan la trama, se pierden en otras anécdotas, o datos que no culminan en cuajar acertadamente. Parafraseando a Juan Marsé: colocar un clavo en la pared y no colgar  ningún cuadro. Aquí unos ejemplos de datos aislados que no tienen mayor trascendencia en los cuentos:

 

A Miguel, que era peruano como yo, le di un apretón de manos.

– Diego Benavides – dije. Mucho gusto.

No quise decir mi apellido completo Benavides de la Quintana, para que Miguel no me asocie con mi familia allá en Lima o a algunos familiares vinculados al gobierno.(pág. 18 )

Después del recorrido, quedo aún más asombrado de la belleza de esta ciudad, y entonces pienso en la suerte que tuvo el ex presidente del Perú, Alan García, al elegir sus días de exilio en Foch avenue. (pág. 94)

 

Sin embargo uno de los mayores intereses del libro reside en lo que Londres puede ofrecer su imposición física y su influjo hacia los habitantes. La impronta londinense nunca llega a ser del todo clara: las enumeraciones de calles, casonas, y paisajes resultan ser  superficiales por momentos. Pero uno de los aciertos – a mi modo – del libro es la reducción de todo ámbito a la cotidianidad;  el mejor medio para demostrar a partir de la rutina los sucesos más trágicos. A pesar de este detalle, el lenguaje empleado no es lo suficientemente efectivos. Dentro del libro se nota irregularidades de la prosa que por momento intenta a ser poética y eso lo hace exagerar sobre todo en los símiles.

 

… el sol había tostado su piel y su vestido dejaba entrever gran parte de su espalda, una espalda serena, desnuda, con una línea fina que la partía en dos como a un libro abierto. (pág. 13)

Mi ego se había inflado como un globo aerostático (pág. 79)

Esa tarde se encontraba sentado, comiendo una hamburguesa frente al bar de Linda, esperando la hora en que ella saliera de trabajar, como el campesino que espera la lluvia con ilusión. (pág. 85)

 

En definitiva, Crónicas de Londres recurre a conflictos actuales que son frutos del progreso de toda urbe. Explora con una mirada íntima las trampas personales. Los personajes no cambian, son seres pasivos que se dejan llevar por la ciudad. También es un intento irregular de continuar con la temática urbana trasladándola a otro continente. Los cuentos no logran contundencia y muchos de ellos son forzados hacia determinadas circunstancias.

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De aquellos días de cacería…

Por: Fausto Barragán

La última cacería (Norma: 2012) es la reciente entrega del escritor peruano Víctor Andrés Ponce. Tras su novela Las muertes de Emilio (2008), vuelve al ruedo con una fresca y breve historia, en la que nos cuenta la vida del niño Carlos Fernández, y sus avatares en una Lima que respira los mandatos del régimen dictatorial de los años 70´s, creciendo sin saberlo entre la frustración de vivir inválido de por vida y la incertidumbre por lanzarse contra las funestas condiciones que buscan retenerlo en los confines de su habitación. Es sin duda una considerable muestra de lo versátil que resulta este joven escritor, dándola vida a un pequeño niño que tiene una gran historia por contar.

Carlos Fernández, niño de siete años que sueña con ser un jugador de futbol profesional, es el protagonista de esta historia. Pero tal afición por el balompié, sólidamente arraigada, se eclipsa por un accidente automovilístico, al ser atropellado mientras jugaba en la pista con sus amigos. Luego de ello, empieza a cuestionar su vida, como si ella no tuviera sentido, reflexionando cuáles serían las oportunidades brindadas a un niño lisiado que le permitan sobrellevar el peso de sí mismo. Y para ello, la repentina llegada de su abuelo (Manuel Fernández), será la fuerza que necesite para lograrlo. La historia es sencilla, se basa en la voluntad de un joven de afrontar las adversidades que la vida le obliga a encarar.

En cuanto al narrador, podemos ver su honestidad al presentar de frente y sin reparo, el trágico accidente que marca la historia. No apuesta por exponer primero toda una vida llena de metas e ilusiones, para que luego sea interrumpida por un funesto final. Más bien trabaja a partir de ese incidente: un niño de 7 años víctima de un accidente, el cual lo vuelve un lisiado de por vida. Es ahí que estriba la destreza del narrador, al igual que la humildad con la que diseña su visión del mundo; la inocencia, la ilusión, el respeto, la fe de un infante, y su despertar a la vida, sea posiblemente la protagonista, más que los mismos personajes en la novela.  

En cuanto al aspecto formal, puedo afirmar que no ambiciona demasiado. Apuesta por la narración simple, directa, con un orden claro y definido. Los saltos de tiempo, retrospecciones, prospecciones y demás desajustes que desvíen la atención del lector, no se asoman, salvo en pequeñas elucubraciones y anécdotas de los jugadores de la edad de oro del futbol peruano, que no obedecen a otro fin, que el de encaminar la historia. Por otro lado, hablar de La última cacería sin hacer mención del catálogo futbolístico de aquella dorada época en el deporte nacional, centrándose únicamente en los dramas personales de un chico de 7 años, sería restarle injustamente mérito a la novela. Una historia se sostiene si bien es cierto por los personajes y el manejo verosímil de la misma, pero también, ella presenta soportes en su contexto, que le confieren un mayor espacio de desenvolvimiento a los personajes, y a la vez, un viraje distinto al rumbo de la historia. Uno de estos temas, es el futbolístico. Recordemos que buena parte del libro está dedicado a enardecidos debates y amenas charlas sobre los jugadores, los equipos y los resultados que más calaron en el imaginario peruano, destacando de toda esta pléyade, al Nene Cubillas.

Los personajes presentan ligeras variaciones, características superficiales, propias de niños de esa edad. Algunos de ellos, como el gordo Rodríguez y Rita, en los que el narradores grafica sus bruscos cambios emocionales, intentan darle un cariz equitativo a la narración, aunque Carlos (el narrador) se los lleva de encuentro. Son personajes pasivos que no presentan grandes reflexiones, a diferencia claro, de Carlos, quien se ve obligado a crecer de manera veloz, evitando decepcionar a papá Manuel (la revolución de su vida), a su familia, a sus amigos, y sobre todo, a él mismo.

Por último, hay que resaltar la naturaleza jerárquica en las relaciones de los personajes. Ella, se presenta como la constante búsqueda por parte del protagonista de una figura patriarcal. Carlos, es un sujeto en crecimiento, y por lo mismo, adolece de rumbos seguros que seguir en la vida; primero sigue a su hermano, que deja las cacerías de ratas en los parques por el enamoramiento, después de liderar a este pequeño grupo de cazadores, al cual Carlos pertenecía. Después, tenemos la llegada del abuelo (Papá Manuel), rescatando a Carlos de la depresión post-accidente. Este último, es el cambio radical que lo vuelca a salir de su cuarto y vivir. Es por medio del abuelo que Carlos interactúa con el mundo y realiza proezas nunca antes imaginadas. Podríamos hablar entonces de una configuración a través de la figura tutelar como tensión que impera en la atmósfera narrativa de la novela.

De esa manera, La última cacería no espera sorprender al lector con técnicas formales, ni bruscos cambios en el desenlace. Es la presentación de una historia, en la voz de un niño que es arrogado a la realidad bruscamente, y que una vez en ella, es interpelado por hostiles condiciones que lo mueven a tomar una decisión: seguir o no en la cacería del día a día.

Música Caleidoscópica

Por: Fausto Barragán

Para los que recuerden el primer festival musical más importante de todos los tiempos. Sí, ese espacio donde todas las almas podrían convivir en una sola voz, estar libres, solo al ritmo de la música dionisiaca; para todos aquellos quienes piensan que la música de los 60´s fue lo mejor y que después de ello nada más vale la pena escuchar, seguro que saben a qué tipo de espectáculo me refiero.

El festival que a nuestras tierras llegó bajo el nombre de “Woodstock. Tres días de paz, música y amor”, conocido mundialmente como Woodstock 69. Y en él, muchas de las estrellas de rock de esa época se hicieron presentes, haciendo que el evento agarre vuelo y viaje por los confines de la historia, a través del recuerdo y anhelo por ver juntos a otros tantos dioses del rock que descollaron por su ausencia (The Doors, Bob Dylan, Led Zeppelin, The Beatles, entre otros). Pero en definitiva, podemos referirnos a Woodstock como esa fiera salvaje, que duró tres días, y contra ello, nada ni nadie pudo interponerse, arruinar su espectro, su aura, su magia, ese efecto que más de medio millón de personas pudo sentir en vivo y en directo, pero que ahora, gracias a la visión y sensibilidad de un director cinematográfico, es posible que mucho más personas sean testigos de al menos una parte de esa magia que sostuvo gran parte del espíritu del amor y  la paz, propalado religiosamente entre los concurrentes de esos lejanos días de amor libre y rock.

Para muchos de los que vimos la película o el documental de “Woodstock 69. Tres días de paz, música y amor” nos queda la imagen de jóvenes hippies jugando en el lodo, amándose furtivos entre los arbustos, o bailando semidesnudos entre miles y miles de personas. Claro, todo ello, acompañado de la mejor música, rústica, tribal, blues, funk, folk, entre otros géneros que encontraron agradecidos y fieles escuchas. Pero solo eso. Fragmentadas imágenes que nos diagraman todo la expectativa generada a raíz de esa fiesta con una constante buena banda sonora. Los comentarios de vecinos, de los organizadores, del mismo público asistente en pleno trayecto por la carretera hacia el ruido, las flores y el color. Toda la bella exposición de un evento, que al fin y al cabo resultó un éxito, no solo económico, sino en muchos otros aspectos. Rompió todas las expectativas dejando su impronta indeleble en la conciencia de muchos, y redefiniendo el concepto de espectáculos musicales.

Pero, sin afán de querer evadir el propósito de este post, quisiera dejar en claro mi agrado por la película/reportaje del festival Woodstock 69, a pesar que ella deje muchos vacíos, claro, innecesarios de explotar, pues el motivo principal y el encanto de la película fue el de mostrar un documental de esa fiesta de la música, en toda su extensión, con los paisajes, el clima, la música, y por momentos, algunos extras, sí, aquellos vecinos extrañados por la presencia de peculiares advenedizos invasores, aquellos, con quienes estará en eterna deuda Ang Lee, director del hermoso y elocuente film, Taking Woodstock.

Taking Woodstock, película dirigida por el cineasta Ang Lee en el 2009, nos muestra los avatares de una rústica familia propietaria del motel Mónaco, en las inmediaciones de la granja Bethel en EE.UU. A través de la mirada de su protagonista, Elliot Tiber, la película nos muestra en una conmovedora visión capitalista los problemas tras bambalinas del evento hippy más importante de la historia. Cubierto por un halo de misticismo y bordeando lo surreal, vemos cómo el joven Elliot (encargado de recepcionar, limpiar y atender a los clientes del motel) instiga a uno curiosos visitantes quienes tienen la intención de montar un evento musical que traiga paz y amor a la gente que pueda participar de él, a desarrollarlo en una vieja granja colindante a su casa, con muchas hectáreas vacías, siendo ideal para su realización. Si bien, inicialmente la historia presenta diversas dificultades que opacan el brillo del evento, es gracias a la astucia y, algo de fortuna, que logra negociar con algunos de sus vecinos dueños de dichas hectáreas, para que faciliten la posibilidad de poner en marcha del evento. Es así que Elliot se erige como una de las figuras más importantes y co-autoras del mismo, todo ello, siendo visto siempre por el resto de su comunidad como una artera y vergonzosa traición.

Los anclajes con hechos de su referente en la realidad. Sirve en muchos aspectos como un astuto, aunque ya visto, recurso ficcional. Es como toda gran película que se enfrenta con la realidad y sale ganando, sin evadirla, cambiándole la cara, sin temor a no poder hacerle frente. Ese quizás sea uno de lo méritos no celebrados de esta película. Existen muchos intentos fílmicos que reconstruyen, o al menos lo intentan, la realidad, abriendo nuestro panorama y permitiéndonos considerar el “¿y si hubiera pasado esto?”. Pero pocas veces vemos intentos que acuñen constantemente como soporte la realidad. Se me ocurren títulos como Forrest Gump, por los claros manejos de estos soportes hallados en la realidad (John Lennon, Elvis Presley, Vietnam, etc.). La ventaja que podría tener quizás sea la mayor cantidad de material histórico sobre el cual vierte su ficción, empalmando cada uno de los acontecimientos con los procesos existenciales que atraviesan los personajes. Eso podría ser más interesante, pero también más peligroso, pues queda al descubierto el uso y abuso de la historia en función de los personajes. La ausencia del efecto “histórico” en la película, hace que su presencia se disipe y pierda el peso necesario para condicionar su atmósfera. Lo que no pasa con Elliot en Taking Woodstock. La película nos presenta la experiencia que atraviesa Elliot, ese despertar emocional sucedido a partir de la imprevista llegada de un enorme festival musical. En ningún momento se pretende tratar o encaminar los hechos reales a partir de la sensibilidad de los personajes; es el lugar, el contexto, el momento, el Hito que significa el festival de Woodstock 69 que define a Elliot y a los demás personajes de la película.

Por otro lado, la instancia que se quiebra en la trama es una de sus fortalezas. Los dos momentos que Elliot experimenta al pasar de una a de otra familia, a una comunidad mucho más grande y diversas que esa pequeña, recta y lúgubre a la que por muchos años consideró su verdadero hogar. Desde el primer plano, en el que presenta una conservadora vida dentro de ese reducto, en el cual es encargado de satisfacer y atender a extraños, viviendo su vida a través de ellos, ajena por completo, a pasar a otra vida mucho más auténtica, abandonándolo todo al azar, arrojando su vetusta existencia al viento de los nuevos cambios que se avecinan encarnados en rostros pintados, automóviles llenos de flores, drogas y sexos desnudos por doquier. Lo que vuelve a esta película en una elocuente y justa “exposición” de un momento específico de la historia, es el estado de “abyección” del concierto, que sería lo más notorio, pero justamente, en ese trato estriba su éxito. Muchos podemos creer que esta película nos presentará a versionados Hendrix, Joplin, who, etc., siendo comprensiblemente evidente. Pero no. Ang Lee apuesta por la distancia, por esa barrera de misticismo y energía sobrenatural, omitiendo imágenes del concierto y solo dejándolo como una proyección o representación de los mismos personajes; por esa otra parte no mostrada en el documental que de alguna manera complementaba esa fiesta de la música: el público en general.

Elliot, y su abandono en la carretera, su deambular por carpas y caravanas de extraños, de probar por primera vez la carne, drogas y demás, pero todo a un mismo ritmo, colectivo, al unísono de un bello y gigantesco monstruo, víctimas de una cósmica renovación solo aquellos quienes se vieron involucrados en Woodstock. Ese es la propuesta de Ang Lee. No reconstruir la historia, simplemente ofrecernos otra ventana por la cual apreciarla. Nos permite comprender cuánta gente estuvo involucrada y se vio afectada de una u otra forma por una de las revoluciones culturales más significativas de la historia.

El amor y otras guerras

Por: Fausto Barragán

Si nos preguntamos ¿cómo debería ser una novela de la violencia política en el Perú? ¿Qué elementos debe tener para conferirle mayor verosimilitud? ¿De qué tópicos se debería asir para mantener el interés o impactar al lector? Creo que deberíamos evaluar cuáles son sus componentes, y de qué manera hacen mella en aquel. De por sí, el tema que se explota genera una sensibilidad particular, al margen de las estrategias narrativas de las que se sirva el novelista, que nos obliga a voltear la mirada, y darnos cuenta de que no hablamos de simple literatura, sino de una parte de nuestra historia,  esa que nos es difícil olvidar. Entonces, como de justa (y a veces injusta) manera fuimos testigos de una serie de publicaciones de ejemplares de ese tipo, desde escritores andinos, capitalinos, y hasta extranjeros; desde novelas comprometidas, las que buscan presentar melodramas baratos, o las que se aprovechan del contexto solo para elaborar un thriller, etc., todas son la prueba de que existen muchas maneras de afrontar nuestra historia. Hemos recibido de todo. Y así también como existen tales novelas, hay las que nos ofrecen lecturas alternativas, que exploran terrenos vírgenes dentro del mismo escenario funesto. Una de estas, es la que nos ofrece De amor y de guerra (Norma 2005) de Víctor Andrés Ponce. Un libro que definitivamente nos presenta otro lado de la guerra, uno que va más allá de escenas en parajes provincianos fantasmales roídos por la sombra de sendero luminoso, o por las fuerzas del orden. Nos vuelve testigos de traumas, paranoias, y secuelas irreparables que de seguro nos dejó la guerra interna en nuestro país.

La novela se compone por dos temas capitales: la religión, que es descrita como un vigente proceso de evangelización en un pueblo subdesarrollado, “Rinconada”; y las alucinaciones, que persiguen a los dos protagonistas de esta historia, moviéndolos a cometer los hechos más extremos, pero que a la vez, son propios de una guerra. Las acciones se desarrollan en varios planos temporales. Los saltos al pasado y al presente son constantes, no solo al narrar la historia de los protagonistas y de cómo llegaron a involucrarse en el conflicto, también de los escolares miembros de este grupo de resistencia civil (ronderos), y hasta de la figura del líder de las fuerzas terroristas, “el Manco Miguel”, mostrando sus primeros pasos en el campo, sus ilusiones, traumas, y las causas que lo llevaron a liderar la revolución en esa parte de la región. Los apartados no tienen un patrón fijo, ni un orden predeterminado en cuanto a dar la posta a las voces de algunos personajes. Estos saltos temporales, nutren la novela compensando “aparentes” vacíos e inconsistencias que un lector (primera lectura) pueda advertir. Vemos así que el narrador está constantemente un paso adelante del lector, y de esto, él mismo una vez sumergido en la lectura dará fe. De amor y de guerra narra principalmente la historia de Nicomedes Sierra, proveniente de una familia pequeño-burguesa, hijo de un hacendado beneficiado por la reforma agraria en los años de Velasco, y profesor de una escuela del pueblo de Rinconada, que luego de vivir por años en dichas tierras, queda proscrito por los terroristas que sorpresivamente ocupan la región, acusado de “terrateniente”, abandonando esos predios, hacia la capital. Es en esta ausencia, que se produce el macabro asesinato de su amada Violeta, hecho que permanece impune a la ley local (mostrándose su evidente corrupción). Nicomedes experimenta una muerte dentro suyo, la cual lo convertirá en una persona con agallas suficientes para encabezar la resistencia en Rinconada. Como también, empezará un diálogo con el más allá, específicamente, con Violeta, a quien a partir de ese momento, le dirigirá la narración, informándole los avances de su plan, que dicho sea de paso, tiene como fin máximo, no liberar a Rinconada, tampoco (en parte) vengar a su fallecida amada, sino, emprender el último viaje que lo lleve a ella. Así es, la muerte.

De amor y de guerra aparece dentro del canon literario popularizado a fines del siglo XX en el Perú, “literatura de la violencia política”, como una inquietante y peculiar propuesta, narrada por la voz de aquellos héroes olvidados dentro del panorama bélico: los ronderos. Son ellos quienes sostienen la narración, esa colectividad de brazos en alto con fusil en mano, esa voluntad por hacerle frente al abuso, a la matanza injustificada, y a la profanación de un pueblo con historia, costumbres y tradición, arrancado sin razón alguna por los denominados “Tucos”. Los pobladores, sin ayuda del estado, es más, con trabas puestas por él,  se ven obligados a decidir  entre vivir o morir. La presencia de Nicomedes y los miembros de su escuadrón, le dan una sólida formación al matrimonio amor/guerra presentado por el autor.

Así mismo, otro de los personajes a quien se entrega la narración es, Lucio Sulluchuco, pastor evangélico de Rinconada,  fiel seguidor y creyente de las Sagradas Escrituras, a quien muchas veces serán ellas mismas las que lo tormenten en su afán por explicar las desgracias desatadas de forma imprevista en su pueblo. Su situación es la de un humilde trabajador, que cautivado por la palabra divina (Sagradas Escrituras) asume la convicción de propalar esta misma, a aquellos faltos de fe, y desamparados espirituales hambrientos de luz y esperanza. Es un activo colaborar del pueblo, y preocupado por el devenir espiritual de su gente. Su historia, transcurre entre el constante cuestionamiento de sus sólidas creencias religiosas, a partir de la premisa “este infierno que estamos viviendo ¿será el mismo que dicta el Apocalipsis?”. Es por ello, que constantemente es asaltado por dudas existenciales, vuelcos repentinos y trastornos de la realidad, siendo esta característica, pólvora para los hechos traumáticos que le toque vivir, y lo motiven a levantarse en armas, cual ángel vengador, hasta que los causantes de su desgracia paguen por haber encendido la mecha, sea cual sea el final.

Víctor Andrés Ponce apuesta por la humanidad obviando los paisajes terroríficos, y los clásicos enfrentamientos entre las fuerzas armadas y terroristas, para centrase en la búsqueda interna de sus actores, y sus pequeños dramas particulares que son los que al final de todo, sostienen la narración. En ningún momento se llega al uso y abuso de los personajes como ornamento para dar rienda suelta deliberadamente a las historias de otros. Este pueblo, Rinconada, es el que rebosa de vida, lo dice el relieve de sus tierras (ceja de selva), el misticismo de sus animales, y sobre todo, la gente que lo compone. Si bien es cierto, que tienen dos figuras centrales (Sierra y Sulluchuco), éstas, no impiden el asomo de voces que alteren el rumbo de la historia con pequeños paralelismos dramáticos, permitiendo al lector voltear la cara, no hacia atrás, sino hacia los lados, y ser testigo de que la novela es capaz de alcanzar a todos los personajes, desde los protagónicos, hasta los que aparecen ocasionalmente. Es por eso que De amor y de guerra presenta una solidez narrativa, en donde ningún personaje, y por supuesto, ninguno de sus dramas, están de más. Todos retornan en algún momento de la historia golpeando al lector en la cara, haciéndolo caer en cuenta de su descuido. Un claro ejemplo de que en la literatura, nada es gratuito.

Y al respecto de las críticas en cuanto al “amor más allá de la muerte”, y lo “exagerado” que resulta en el contexto de la guerra su diálogo con Violeta, cabe mencionar y resaltar que dentro de la ficción (pues recordemos que por más que toque este tema, sigue siendo una “novela” ) el trastorno que experimenta Nicomedes, es tan válido, como muchos de los habidos y reportados en guerras, no solo en la que nos tocó vivir, sino en muchas más. Para abordar la novela, debemos asumir que el narrador nos presenta a sujetos alterados psicológicamente, expuestos a los más severos cambios físicos y mentales, y sobre todo, proclives a una inminente locura. Ese drama crítico es el que alimenta a la novela. Y si necesariamente, el lector pretende anular dicha condición, obviamente estaría ante un texto mutilado y sin valor.

Y para finalizar. Me queda decir que ésta novela, si bien no es la última de Víctor Andrés Ponce, es la que lo catapultó, dándole lugar dentro de la narrativa peruana contemporánea. Tras haber tenido con Los aniquiladores (San Marcos 1999) un debut relativamente flojo, con la novela aquí tratada, demostró de qué estaba hecha su pluma. Es, De amor y de guerra, en definitiva un libro que no puede pasar desapercibido. No solo por los temas que presenta (la violencia política, la religión, el parricidio, el narcotráfico, entre otros.), sino por la destreza con la que logra hilvanar estos pequeños dramas, y por la violencia con la que encara a la sensibilidad del lector.

La perra en el satélite

Por: Fausto Barragán

Héctor Velarde fue un escritor peruano, nacido en 1898, arquitecto de profesión, que cultivó desde temprana edad la afición por la escritura, llegando a publicar su primer libro en Kikiff (1924), y a partir de ahí, sería considerado uno de los escritores satíricos más relevantes dentro de las letras peruanas.

La perra en el satélite, fue un libro publicado por Héctor Velarde en el año de 1958. Al comienzo, me llamó la atención el divertido e interesante rótulo “La perra en el satélite”, la verdad fui muy lento en advertir que el mismo, hacía una referencia a Laika, la primera perra en ir al espacio, mandada por los Rusos a fines de la década del 50. Y es precisamente con un breve relato homónimo, que da inicio el texto.

En seguida, la sucesión de relatos, y más aún los títulos de los mismos, me permite colegir una astucia verbal  destacable para la época. Es más, creo que muchos de los títulos presente en este libro le dan una paliza, en cuanto a lecciones de originalidad y atrevimiento, a muchos de nuestros “narradores” contemporáneos “pseudo-sui generis”: El concho telúrico de acometividad, Lucky Strike y el destete, El flautista Piccelli  y “los Platillos voladores”, “Rock and roll”, Willy, Mazamorra  con porridge, etc. No se vayan a confundir, todo esto, fue publicado ya en 1958. Estos son algunos ejemplos de la astucia con la que H. Velarde dispara inicialmente, sin que de ellos desborde un cosmopolitismo trillado y absurdo, pues, tales son aplicados astutamente a circunstancias, vicisitudes, y hechos en particular que obedecen a los cambios sociales de su momento, oscilando entre la cotidianidad y el reporte internacional. Qué ejemplo más puede haber que “la perra en el satélite”.

Otro de los aspectos rescatables estriba en la crítica a las costumbres limeñas de estratos sociales diversos, sin caer en la abrumadora y popular tendencia urbano-realista, que definió la prosa de esa época, la década del 50. El lenguaje ágil y dinámico facilita el cometido de la obra: ofrecer una narración acorde con la frescura y novedad de los temas a tratar. Los hábitos y rasgos personales (Mecanismos limeños), los vicios “justificados” (Drogas de sociedad), la carencia de proyectos (Los medios superan a los fines), el cinismo (Dos viejos en un santo), y  los ritmos musicales de moda (“Rock and roll”),todos tratados  a la par con hechos extranjeros históricamente destacables.

Así, el narrador pretende cotejar el tránsito de dos imponentes etapas, resaltando viejas con  nuevas costumbres, viejos con nuevos ambientes, pero sobre todo, dándole al lector la posibilidad de celebrar o denostar esta propuesta: la seguridad de una Lima tangible y real que vivió, ante la incertidumbre de un monstruo urbanístico sin rostro. El tiempo, la desesperada contemplación de su ciudad querida, sólida, pero ausente, en reemplazo de una  inminente, que denuncia de forma camuflada con fino humor, ignorando el rumbo que tomará. Es el pavor, la ignorancia que lo mueve a criticar los hábitos de una vívida pero loca época que pasa ante sus ojos.

Héctor Velarde, no se posiciona –a mi parecer- como libre creador de ficción, sino como un  reportero, como un “radiógrafo” social, de todo su contexto. Es un acerbo crítico de su tiempo, el cual, consideró necesario fijar y representar desde su lectura irónica, una sociedad limeña que empieza a cambiar, sin saber aún, si es para bien o para mal.

El País que busca un nombre

Por: Fausto Barragán

José Rosas Ribeyro (Lima, 1949), poeta, quien da sus primeros pasos en esporádicas publicaciones en la década de 60, editor de la revista Estación reunida (1966- 1968), y más adelante miembro del movimiento Infra realista de México, irrumpe en la escena literaria actual, sorprendiéndonos no con un poemario, sino con la que sería su primera novela. El nombre de esta incipiente incursión narrativa, curiosamente: País sin nombre.

La novela nos ubica en un país extrañamente anónimo, en donde, Javier Rosales, su protagonista, hará partícipe al lector de su vida, la misma, de la que no está completamente seguro si en verdad vivió. Javier Rosales Riquelme, es una de las víctimas de un régimen dictatorial, quien proscrito hacia tierras del norte junto a otros personajes, entre intelectuales y figuras públicas, se encuentra cuestionando no sólo su condición de ser humano, sino también el grado de identificación con ese lugar al que llama “su País”. A partir de esta escena, la novela toma un abrupto giro que nos remonta al pasado del narrador. Este tránsito retrospectivo, no es más que una astuta manera de iniciar con la odisea de su vida, relatando los momentos a partir de su ingreso a la universidad, por la cual atravesará un tortuoso camino propio de una vida incierta y montaraz, hasta engarzarnos nuevamente al presente del relato, al de su forzado viaje.

Las características del personaje central, son las de un joven salido de una familia pequeño burguesa, modestamente bien ubicada en la capital, el cual, adolece de objetivos concretos y rumbos que tomar en su vida. Esa simple apreciación, nos permite imaginar a alguien con mucho tiempo libre, sin nada claro aún, libre de dramáticas elecciones, en definitiva, falto de norte (irónicamente a donde se dirige en el transcurso del relato), pero lo curioso estriba, en que al parecer no necesita de una. Su único baluarte será el interés por la literatura, pero ojo, sin asomar éste de forma ávida y voraz, pues en cada elucubración, comentario, y sugerencias -no sólo entre los personajes, sino también hacia el mismo lector-, se percibe por sí sola y sin remilgo de más, una sólida formación no sólo literaria, sino cultural. La atmósfera de la novela está cargada por dos fuerzas que la tensionan. Por un lado, una esfera de calma y sosiego, advertida en momentos como en los que vive en casa de sus padres disfrutando de una vida ajena de responsabilidades, en los que conozca de cachimbo a sus nuevos compañeros -alguno de ellos compañeros en lo que dure la historia-, al igual que cuando departa en cantinas con poetas y demás excéntricos personajes que frecuentan su grupo; pero también, hay momentos que logran cambiarle la cara a la situación, como en la repentina salida de su hogar, en las responsabilidades que súbita y violentamente le golpean la cara, y también, en momentos en los cuales corra peligro su propia vida. Ese será el ritmo que logre primar en la narración: la cálida y amena anécdota, sucedida por un incierto suspenso que aguarda a la vuelta de la esquina. En resumen, un constante “tira y afloja”.

Los personajes adquieren un matiz peculiar dentro de la trama. Es que ella, no es la simple narración lineal de una historia mezquina, arrebatada toda, por la voz y perspectiva del protagonista y o narrador. No. País sin nombre, si bien encomienda la disposición de su narración a un personaje en particular (Javier Rosales), no se ciñe sólo en él y sus experiencias, sino que va de la mano con gran parte de la historia peruana (específicamente urbana) desde fines de los 60´s hasta gran parte de los 70´s. Es decir, que la vida del protagonista dialoga de forma equitativa con su contexto social. Ello, nos exhorta a imbuirnos en datos, hechos, anécdotas, pero sobre todo, en una inmensidad de personajes que pueblan este pequeño universo, insuflándole una dosis precisa de verosimilitud a una colectividad o grupo sumamente heterogéneo, pero afines, al compartir los mismos intereses, miedos e inseguridades.

Otro de los elementos que le suman a la novela, son los constantes diálogos e interpelaciones que el narrador dirige al lector, buscando de forma directa, atrevida y sin reparo alguno, la conexión necesaria que lo mantenga al pendiente, sin siquiera pestañear. Así, en muchos capítulos la narración puede ser interrumpida abruptamente por un llamado a la atención del lector, como también por preguntas que prueban no sólo cuán concentrado está en su lectura, sino su propio bagaje cultural “No se cuántos de ustedes, queridos lectores de estas páginas de memoria fugaz y olvidos perennes, sabe sobre los protagonistas de la guerra de España.” (Pág.122) Y por supuesto, no está demás mencionar la dosis necesaria de humor, sea en la situación que se encuentre, recordándonos a cada instante, que esa persona maltratada por el destino, es aún la misma de las primeras páginas, en este caso, al compartir un cita muy elocuente acorde a la situación que atraviesa: “Debo confesar, sin embargo, que esto que cito ahora, a treinta años y más de los hechos, no es que me lo sepa de memoria y haya pasado automáticamente del recuerdo a las yemas de mis dedos, y de las yemas de mis dedos a las yemas del ordenador. No. He hecho trampa. Tengo el libro aquí al lado.” (Pág.515)

Existe una carencia de personajes concretos y logrados –salvo el protagonista-, sin que ello obedezca a deficiencias o falta de rigurosidad por parte del autor, ya que en la historia, tales personajes, están de más. Su atractivo radica en el denso mosaico social que ellos representan; las voces, los rostros, las experiencias, la pluralidad de sentimientos y sensaciones, hacen sucumbir cualquier tentativa protagónica de un potencial héroe de novela clásica, para ser reemplazado por un simpático y simple turista envuelto en un viaje a través de sus propios recuerdos, en busca de una explicación ante el estado de incertidumbre y soledad que no deja de perseguirlo. “Un hombre libre es sinónimo de un hombre solitario, si consignas, sin caminos elegidos por otros, sin órdenes que cumplir. Estoy solo con mi conciencia, mis valores, mis principios, mis temores y mi cobardía.” (Pág. 454) Este “País sin nombre”, es el lugar donde interactúan como espectros, voces con máscaras no tan disímiles a sus referentes en la vida real. Tal carácter, le suma una consistencia extraordinaria a la naturaleza de la novela, revistiéndola de una coraza tan fuerte como la del texto testimonial. Así es. Sería una inevitable forma de consumir la novela, no sólo como el mismo narrador y autor se esfuerzan en sugerir (como un producto ficcional), sino como naturalmente se podría colegir: como las confesiones de un poeta sobre los momentos decisivos de su vida.

Llena de precisiones e imprecisiones dentro de la narración, de la recurrencia del “he olvidado”, de sus “fulanos y menganos”, y la constante mención de su “memoria desmemoriada”, País sin nombre se define como un detallado trabajo que busca representar lo que fue parte de la historia de su protagonista, del entorno social que lo marcó, y sobretodo, del proceso -aún inconcluso- de adopción de una identidad. Por eso, no escatima en sentenciar frases como: “Somos campeones del reciclaje ideológico, somos un objeto ideológico no identificado, que admiran los extranjeros ávidos de exotismo. Cuando nos ven disfrazados y pavoneándonos con una pluma en el culo, nos adoran. Y cuando intentamos ser sencillamente seres humanos, nos ignoran.”(Pág.407). La vida y experiencia hablan por él. Existen, pues, razones suficientes para sensibilizarse y dejarse seducir por la historia de su vida, y porqué no, la de su tan ingrato, odiado, apestado, pero a la vez querido, “País si nombre”.

El sábado 7 de enero, parte de este texto salió publicado en el diario La República.

El detective Roberto Bolaño

Por: Jesus Delgado

La aparición de Los detectives salvajes en el ámbito literario significó para su autor, Roberto Bolaño, el éxito postergado y la atención internacional de la crítica. Luego de 45 años de vida trashumante entre Chile, México y España; pudo conseguir la tranquilidad económica que tantas veces pareció esquiva y, sin embargo; tuvo que paliar con trabajos – cada uno más extraño que otro – que van desde lavaplatos, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos y hasta ganando concursos literarios. Fueron cinco años de boga fugaz. Desde la obtención de los premios Herralde y Rómulo Gallegos en1998 y 1999 consecutivamente hasta su muerte a causa de una cirrosis hepática en el 2003. Es así que apareció su leyenda que adquirió una dimensión impensada después de su muerte y que es revivida periódicamente a causa de publicaciones póstumas encontradas en sus innumerables archivos dejados antes de morir.

Los detectives salvajes es un libro atípico desde todos los puntos de vista. Más de 600 páginas donde desfilan tantos personajes como escenarios y anécdotas dentro de una historia general que pareciera ser imprecisa, sin embargo ésta muestra el progresivo derrumbamiento de una generación bajo el pretexto de formas sub-literarias como la  novela policial, el diario y el testimonio. La novela es un homenaje a sus inicios literarios en México, a su pasión por la poesía encarnada en el movimiento Infrarrealista iniciado junto a su inseparable amigo Mario Santiago Papasquiaro y seguidos por un grupo de jóvenes dispuestos a rechazar la tradición mexicana encabezada por Octavio Paz. Es precisamente este movimiento el que Bolaño se encarga de retratar bajo el nombre del Real visceralismo, siendo Arturo Belano su alter ego y Ulises Lima su otro aliado.

La novela está dividida en tres partes. La primera parte titulada Mexicanos perdidos en México, es el diario de Juan García Madero, un aficionado a la poesía que es invitado a formar parte del Realismo Visceral. La fecha que fija el punto de partida es el 2 de noviembre de 1975, y nos presenta al grupo liderado por Belano y Lima en todo su esplendor: Un grupo de adolescentes marginales cada vez más atrapados en  el infierno de la capital mexicana; así también con las distintas relaciones amorosas que enfrenta el autor del diario, mientras paulatinamente se va alejando de su familia para convivir con una de sus parejas. Todo esto se ve interrumpido abruptamente  el 31 de diciembre de 1975 cuando García Madero escapa con Lupe, una prostituta que busca librarse de su proxeneta, y aprovechan el viaje de Belano y Lima para escapar con ellos a tierra sonorense a la búsqueda de Cesárea Tinajero, una poeta desaparecida repentinamente y supuesta predecesora del grupo visceralista.

La segunda parte, Los detectives salvajes, constituye el cuerpo central de la novela. Es una
búsqueda literaria extensa y abarca veinte años de testimonios de personajes que en algún momento se vincularon con Arturo Belano y Ulises Lima entre los años de 1976 – 1996 a través de diversos países y continentes. Esta visión fragmentada tiene como misión explicarnos la progresiva degradación de los personajes y el difícil cambio a la adultez. Los testimonios son textos abiertos que permiten innumerables lecturas. El fracaso de sus ideales por una búsqueda fallida en distintas partes del orbe es una constante dentro de este segmento. No se trata de personajes que logran el éxito, sino de fracasados que sin embargo no dejan de intentar mejorar su situación; de marginales que no tienen cabida en la oficialidad. Se registra los pormenores de anécdotas, sin relación entre ellas, muchas veces intrascendentes y a su vez desfilan una serie de personajes, algunos de ellos, reconocibles como Carlos Monsiváis, Juan Marsé u Octavio Paz y otra variedad de personajes plenamente reconocibles dentro del círculo cercano al autor. Se alternan estas historias para componer verdaderos universos narrativos casi autónomos y a la vez hilvanar el hondo sentimiento sin importar el lugar donde se recoja el testimonio; sea Austria, España, Israel o el África.

La tercera parte, Los desiertos de Sonora, nos devuelve a la búsqueda de Cesárea Tinajero retomando el diario de García Madero desde el1 de enero hasta el 15 de febrero. Es una constante búsqueda y persecución en un paraje tan desolado y característico de la frontera con Estados Unidos. La figura del narrador, García Madero, y Lupe, la prostituta, se irán volatizando hasta confundirse con lo fantasmal. Finalmente, se logra dar con el paradero de la poeta perdida, pero su muerte, en un confuso incidente en medio del pueblo de Villaviciosa, alterará irrevertiblemente la condición de los personajes: La muerte de Tinajero, desencadena la huída de los poetas y en consecuencia la desaparición de los visceralistas en México, producto del viaje que emprenden por el mundo cada uno siguiendo su propio rumbo y objetivo. De esta situación nos enteramos en la segunda parte, antes de saber de la muerte de Tinajero, y a través de los testimonios de los otros personajes que los conocieron.

En Bolaño es posible advertir la condición de expatriado, que es la misma que embarga a sus personajes así también como las situaciones límites a la que se encuentra el ser humano. En la obra no existe una historia concreta y mucho menos un desenlace que resuelva toda duda. Todo esto tiene su correspondencia en el marco ideal que es México, tanto en la ciudad como en el desierto, para ser el colaborador idóneo de toda la efervescencia contenida en cada uno de los personajes. Es  por este logro que muchos consideren a Los detectives salvajes como la mejor novela escrita por un extranjero sobre México, al mismo nivel de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, sin embargo no hay dudas que nos encontramos ante una gran novela que retrata el sentir de toda una generación no exenta de frustraciones en latinoamérica.