Los siete locos y el Sport del suicidio

Por: Fausto Barragán

 

 

 

Los siete locos.

De la célebre trilogía del argentino Roberto Arlt, Los siete locos, publicada en 1929, es una de las novelas donde se explora la anarquía, la aterradora libertad a la que puede acceder el individuo, pero a la que muchos le temen, o que ignoran simplemente por desapercibidos.

El golpe que nos da la novela, claro, sin desarticularla de las otras dos (El juguete rabioso y Los lanzallamas) que la complementan, es abrumador. La manera cómo grafica la sociedad, la cual no se diferencia de muchas ciudades contemporáneas, es contundente. Su crítica explora con autoridad (que solo alguien sin salida y atrapado por la cotidianidad puede realizar) todos los soportes que permiten el desarrollo civilizado de la sociedad: la religión, la democracia, el trabajo, la ética, etc. Partiendo del ensimismamiento de su protagonista (Erdosain), cuestiona su existencia, y el por qué del fracaso de todos sus roles en la vida, desde su desempeño como esposo, que termina con el abandono de su mujer por otro, hasta su desempeño como ser humano. Todo ello confluye en un sujeto que ha perdido el centro, alejándose de la luz, y caminando al borde del abandono, la soledad, y por su puesto, de la cordura.

Pero bueno fuera que tal síntoma lo presente solo él. Una de las peores cosas que le podría suceder a una persona fuera de sus cabales y que empieza a considerar que ya nada más puede perder en la vida, es encontrarse a otros que piensen lo mismo. De esa manera, los siete locos se irán juntando, bajo la tutela del segundo personaje en llevarse las palmas en la novela, el Astrólogo. Será él quien dictamine las reglas en la secta que llegarán a formar, otorgando labores, cargos, y sobre todo, alimentando con su “filosofía” a esas pobre almas. Resulta interesante tal filosofía, pues encuentra el consuelo perfecto para llenar el vacío y desgano por vivir del resto de la secta, especialmente de Erdosain, quien absorbe de lleno toda la prédica, llegándolo a considerar como una nueva forma de vida, más auténtica y real, por lo mismo que involucra un fin concreto, no como el absurdo de vida en sociedad, esa que nunca lo llevó a nada, esa que lo consumió y luego escupió.

Es así que los personajes, liderados por el Astrólogo y su pupilo Erdosain, llegan a planear la dominación del mundo, partiendo de un reducido lugar, de la ingrata Buenos Aires; armando planes tan fantásticos pero a la vez viables, en un mundo alejado de Dios y de los valores, como se deja entrever en la historia. Entonces, podríamos hablar a grandes rasgos de Los siete locos como el manifiesto reformista, en materia y espíritu, de un mundo ensombrecido para algunos, y por lo cual, estos asuman como “su deber”, el darle la estabilidad que la sociedad necesita, pero claro, apoyada en el cinismo y la perversión de sus trastornadas mentes.

Es interesante cómo la exploración de uno mismo, de sus posibilidades y limitaciones, llega a calar en todas las épocas, y sociedades del mundo. Es probable que este instinto autodestructivo que la mayoría de nosotros tenemos, este fin de cuestionar la existencia, que en palabras de Ernesto Sábato, sería “el suicidio” *, este instinto por destruir todo sin marcha atrás, sin capacidad de reconstrucción, sean los eternos grilletes de la condición humana.

Virando un poco la perspectiva del texto, y sin afán de acusar una premeditada influencia, me permito citar una de las películas que ha calado en mí, por su abrumadora atmósfera destructiva y por la impronta sinuosa que en ella percibí, y que guarda una inquietante relación con Los siete locos.

“Nadie tendrá interés en conservar una existencia de carácter mecánico, porque la ciencia ha cercenado toda la fe. Y en el momento en que se produzca tal fenómeno, reaparecerá sobre la tierra una peste incurable… la peste del suicidio… (…) ¿Y las muchachitas y los escolares organizando sociedades secretas para dedicarse al sport del suicidio? (…)” (Los siete Locos: pág. 92)

En esta cita, con aterradora coincidencia, vemos cómo la proyección de una nueva sociedad en la que el suicidio sea protagonista, como resultado de los síntomas que se perciben en la novela, encaja perfectamente con una de las escenas de la película Suicide club, dirigida por el japonés Sion Sono en el año 2002, en donde jóvenes “escolares” fascinados por la ola de repentinos suicidios acaecidos en su ciudad, deciden crear un improvisado “club del suicidio” en la azotea del colegio.

Al leer esta cita, y tras haber visto la película de Sono, no pude evitar mencionar tal “coincidencia”. Bueno, es cierto que nadie inventó el suicidio, pero al menos, la escena de los escolares en la película, y aquellas breves líneas, si no nos permiten advertir en Sono cierta influencia arltiana, sí nos permite hablar sobre esta obra (Los siete locos) como una inagotable fuente de frustración humana.

Y de esta manera vemos cómo el sentimiento de anarquía y destrucción que define a Los siete locos, al margen de abundantes “errores” en el estilo de su autor, advertidos en muchos trabajos sobre la obra de Arlt, vuelve a esta novela una obra de arte, que se mantiene aún con vida, pues condensa en sus páginas una dura crítica sobre la conformidad humana ante su existencia, y contra muchos de los valores que la sociedad occidental se encargó de imprimir en cada uno de nosotros. En pocas palabras, es una novela que hasta ahora encuentra el mismo clima de malestar existencial, y por lo tanto, adecuados receptores que estoy seguro, en algún momento, se han visto seducidos, o al menos levemente abordados, por las desquiciadas ideas de estos locos.

*Idea sacada de la novela autobiográfica Antes del fin de Ernesto Sábado, Seix Barral, 1999.

Suicide club: Diferentes formas de morir viendo un solo film

Por: Alberto Luna

Hoy abordaré un tema que es muy importante para mí desde el rubro que trato constantemente, es decir el cine, o la producción cinematográfica para ser más específico. Hasta ahora no había tocado la línea del cine oriental, el cual me ha marcado profundamente ya que desde pequeño fui un gran seguidor de la cultura japonesa, la misma que llegó a mí, como a tantos otros, a través de la animación (Saint Seiya, Dragon ball, Evangelion, etc.), posteriormente me vi un poco más inmerso en toda esta cultura gracias a la capacidad de los orientales para explotar el recurso de la sangre y la violencia de manera bastante acertada. Gracias a la necesidad de saciar mis más sádicas fantasías adolescentes fue que descubrí grandes títulos del cine oriental (japonés sobre todo), aun así mi conocimiento sobre esta industria del este es bastante escaso, más todavía que el que tengo del correspondiente a nuestro hemisferio, debo confesar.

En esta ocasión me ocuparé de una de las películas más interesantes que he visto; antes debo aclara que aquellas referencias generales que haga no incluyen a esos títulos de terror coreano (si no me equivoco) que han pasado por nuestra cartelera en diversas oportunidades y, desde mi modesto punto de vista, no me llaman ni un poquito la atención, todas me parecen iguales y la gente me dice “pero dan miedo”, a lo que yo respondo “no me interesa”. La película a la que hago referencia y el eje de esta publicación es “Suicide club” o “Suicide circle” (o “Jisatsu Sakuru” en japonés) dirigida por el talentoso Sion Sono, quien además de cineasta es poeta. El título por sí solo resulta ya bastante provocador e insinuante, coquetea muy descaradamente con nuestro lado más retorcido y reprimido.

La temática ha sido replanteada hace pocos años en una producción hollywoodense titulada, si la memoria no me falla, “El fin de los tiempos”, agradable y entretenida pero sin mayor trascendencia. Reseñando brevemente esta película, recuerdo que de un momento a otro en una de las grandes metrópolis estadounidenses la gente comete suicidios en masa. La respuesta que nos brinda la película es que tras años de contaminación y maltrato a la naturaleza, ésta ha decidido cobrar venganza produciendo un extraño químico que inhibe la parte de nuestro cerebro encargada del instinto de autoconservación; como imaginan, ha resultado un típico producto de la poética del cine norteamericano de género. Años antes de El fin de los tiempos, Suicide club ya había ganado bastantes premios apelando a una historia similar pero con un giro de acontecimientos diferente.

La escena inicial es, sin exagerar, un auténtico baño de sangre (es precisamente el video que les dejo adjunto, perdonen la calidad pero fue lo mejor que conseguí); en una estación de metro en Tokyo un gran grupo de colegialas se toman de las manos y saltan a las vías del tren justo cuando éste se encuentra a punto de arribar en el andén, la primera toma después del salto muestra como la cabeza de una de las chicas queda sobre una de las vías en donde inmediatamente estalla al ser alcanzada por la primera rueda del vehículo. Así es como empieza este grotesco tránsito fílmico de corte medio policial aunque alguna crítica lo ha enclaustrado en el género del “horror-gore”, calificación que no termina de convencerme. Sin embargo, todo este despliegue de violencia explícita no es una forma de distraer al espectador de una narración sin sentido o carente de contenido, contrariamente el verdadero valor del film se halla en la trama, la misma que se encuentra sumergida en el mar de sangre y vísceras.

El relato invita a cuestionar la visión que se tiene del “otro”, es decir, todo aquello que es ajeno al “yo”, siendo visto este “otro” inicialmente como el enemigo desde el aspecto policial, para luego convertirse en el “otro” en general, desde la visión humana y las relaciones inter e intrapersonales. A diferencia de la otra película citada líneas arriba, en Suicide club la historia sí admite al hombre como ejecutor de su propia destrucción, una visión totalmente desesperanzadora y, por qué no decirlo, posmoderna de la sociedad, agregando el plus del agobio tecnológico e informático.

Suicide club, tiene tal vez algunos puntos débiles en la narración que prefiero no molestarme en mencionar porque de todos modos no restan mérito alguno a la obra en general. Es sin lugar a dudas una producción cruda y entrañable (usando la palabra en un extensión distinta) que sabe reflejar bastante bien su espíritu tanto en el aspecto visual como en el discursivo. Altamente recomendable pero sólo para estómagos, corazones y mentes fuertes, le doy las tres calificaciones (la primera relacionada a lo repugnante, la segunda a la capacidad de tensionar o asustar, y la tercera por el impacto psicológico que pueda causar) aunque la película no asuste en realidad, pero el clima que puede crear a lo largo de la cinta sí es capaz de mantener en suspenso. Y para aquellos que tengan la oportunidad de verla o la hayan visto ya, quisiera agregar que mi escena favorita es la de los suicidios en cadena que comienza con las cuatro mujeres conversando sobre la utilidad de la vida, la manera de entrelazar tomas y mezclar de alguna manera lo cómico y rutinario con aquello otro tan atroz es magistral. Realmente merece el tiempo que se le deba dedicar a este film para poder apreciar la lectura que tiene el realizador sobre la vida, su significado y como esta se puede terminar.