Tras las huellas de Kubrick

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Al ser su primera película pensé que El beso del asesino (1955) funcionaría anticipadamente como un modelo visto más adelante en su lúdico, imponente y hasta bizarro estilo, con el que sería catalogado como uno de los mejores directores cinematográficos contemporáneos, pero no fue así. Esta película realizada por Stanley Kubrick a sus 25 años, tranquilamente podría pasar desapercibida al no coincidir con sus clásicos cuadros rígidamente organizados y su huella solemne en el desarrollo de la trama. Lo que en todo caso veo destacable al ser una muestra incipiente y entusiasta son sus imágenes panorámicas, la sencillez en su historia y lenguaje, y también el manejo temporal, por el que podríamos asumir que toda la acción se desarrolla en una estación de tren. Más no me atrevo a decir, pues creo que se las arruinaría.  Es una recomendable película por las sorpresas que asumo “sin desearlo” el director nos ofrecerá; al menos para mí. Entonces queda solo que la vean y puedan decir si consideran injusto su olvido en la carrera cinematográfica de Kubrick, o la guardarían al fondo de la videoteca, pensando que nunca nada pasó.

¿Y ahora qué pasa, eh?

Por: Fausto Barragán

 

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Cómo abordar una novela de la que se desprende una de las películas más populares de la cultura occidental de inicio de los 70´s,  sin restarle mérito por supuesto, corroborando que sí es posible llevar a la pantalla grande una gran historia,  sin que ella experimente el vedetismo en el que muchos de sus representantes vergonzosamente cayeron. Es cierto que ambos caminos artísticos (cine y literatura) presentan similares columnas dentro de todo el enmarañado trabajo que demanda su realización, pero también hay que reconocer que cada uno presenta sus propias reglas y herramientas, que lo vuelven autónomo e independiente del otro. Sabiendo ello, hay que reparar un momento en cómo se deba acceder a un producto fílmico el cual, parte de un anterior producto literario, y sobre todo, si este producto es la celebrada (por generaciones) película La naranja mecánica.

 

La anécdota

El libro La naranja mecánica (1962), escrita por el inglés Anthony Burgess, fue originalmente dividida en 3 partes, y cada una de ellas, contaba con 7 capítulos respectivamente, es decir, formaban en conjunto 21 apartados. En palabras del autor, él junto a sus colegas pertenecían a una generación en la que se le otorgaba a los números un valor fundamental como forma de soportes en cada una de sus historias, en pocas palabras: el valor numérico en la novela no era gratuito. Y ¿qué significó para Burgess el número 21? Simplemente la llegada de la mayoría de edad, ese tránsito de la adolescencia (nadsat) a la adultez, el cambio que lamentablemente no se logra plasmar a cabalidad en la magnífica pieza cinematográfica que Kubrick nos heredó, aquella que se erige sobre una interesante anécdota que en breve se las comentaré.

Cuenta el mismo Burgess que al terminar su libro fue continuamente rechazado por las editoriales norteamericanas, en donde la única manera posible de publicarlo, era si accedía a suprimir el último capítulo (21), pues hacerlo completo implicaría un fracaso editorial, y aprovechando la bisoñez de Burgess, se realizó; el resto (para Norteamérica) fue historia. Hago este hincapié pues solo para Norteamérica se dio tal omisión, y no para el resto de países. Entonces ¿cuál sería la controversia de la película con el libro? En que ese último capítulo, el cual se omitió evidentemente por intereses comerciales (el de las editoriales y posiblemente el de Kubrick ), cambia la historia, haciéndola redonda, distinta a la siniestra trama conspiradora con evidentes fines políticos que nos deja la película, centrándose en una simple fase de la vida: la madurez de su protagonista y su vuelta a la sociedad.

Entonces, podemos decir que la realización de La naranja mecánica (1971) de Kubrick fue producto (lo dudo) de su ignorancia al desconocer la publicación completa de la novela, como del resto de traducciones o (totalmente válida), decidió premeditadamente exprimir la historia hasta donde le sirvió. Sea de la forma que sea, existen dos productos distintos que merecen reconocimiento, cada uno de ellos a su manera.

 

El libro llevado a la pantalla

imagesComo mencioné líneas arriba, cada una de las diversas formas de expresión artística, cine y literatura, presentan características que las hacen similares, pero a la vez, recursos que las particularizan volviéndolas autónomas entre sí. Menciono esto porque siempre, al llevar una obra literaria a la pantalla grande, ésta se enfrentará tarde o temprano con aquella, sea de la forma que sea, rindiéndole cuentas. Es inevitable que exista la comparación, el cotejo de cuál es la dimensión de los cambios que registra la película con respecto al libro, cuáles son las modificaciones, las omisiones, los cortes, los aumentos, la variación de nombres o temperamentos de los personajes en ella, todo; está condenada a vivir a su sombra. Pero también, existen cambios en aquella, brillantes interpretaciones, y elementos visuales que le otorgan una peculiar representación zanjando claramente su distancia.

Por otro lado, la novela de Anthony Burgess presenta como fortaleza principal el lenguaje, ese elemento vanguardista propio de la adolescencia predominante en el ambiente de la historia. El narrador de ella es el joven Alex, personaje de dieciséis años de edad, el cual tiene a una banda de amigos (drugos) con los que sale por las noches a cometer diversos actos vandálicos e irrumpir sin permiso en casas, torturando a sus moradores, y a veces, causándoles la muerte. En las mañanas, su vida es lenta, tranquila, reflexionada, recargando sus energías para la noche, y salir nuevamente con una buena dosis de “Velocet” o como lo llaman, “Moloco plus”, esa que necesitan para despegar y entregarse a la violencia, la misma que compone toda la primera parte de la novela.

Una de las ventajas del libro se puede apreciar en la relación de la música y la violencia, conducida de una magistral forma por el (nuevamente mentado) lenguaje del autor. Las descripciones oníricas de notas musicales calando en lo más profundo del protagonista, acompañando de la mano a violentos deseos destructivos salidos de sus entrañas, y todo, bajo el solemne compás de los monstruos de la música clásica, le dan una eminente perspectiva apocalíptica a estos breves pero contundentes momentos de cavilación.

“Oh, era una maravilla de maravillas. Y entonces, como un ave de hilos entretejidos del más raro material celeste, o un vino de plata que flotaba en una nave del espacio, perdida toda gravedad, llegó el solo de violín imponiéndose a las otras cuerdas, y alzó como una jaula de seda alrededor de mi cama. Aquí entraron la flauta y el oboe, como gusanos platinados, en el espeso tejido de plata y oro. (…) Mientras slusaba, los glasos firmemente cerrados en el éxtasis que era mejor que cualquier Bogo de synthemesco, entreví maravillosas imágenes. Eran vecos y ptitsas, unos jóvenes y otros starrios, tirados en el suelo y pidiendo a gritos piedad, y yo smecaba con toda la rota, y descargaba la bota sobre los litsos.” (La naranja mecánica: 44)

Y para finalizar estos breves apuntes sobre el libro, hay que rescatar la fuerte crítica contra el gobierno y la conservadora cultura inglesa, de la cual son víctimas sus adolescentes personajes, en este caso, Alex, que los representa. La fuerte carga política, la voluntad suprimida, y la exposición de la podredumbre detrás del “correcto ciudadano” que retrata el autor, logra enrostrarnos un claro síntoma de disconformidad social ante la explosión de un mundo que cambia tomando nuevos rumbos. La juventud, la inexperiencia, y por supuesto, la violencia de los personajes jóvenes (que más destacan en la novela) son asumidas como una comprensible reacción de una sociedad que no ha terminado por definirse dentro de su coraza, y que es obligada a encontrar nuevos mecanismo que expectoren el mal y mantengan la calma, el status quo. Y en medio de este fuego cruzado, Alex, víctima perfecta de sucesos que él mismo desconoce, será víctima de las irresponsables medidas represivas y autoritarias de un gobierno que está terminando por desmoronarse. Al margen del sufrimiento que atraviesa Alex en donde se logra experimentar su angustia, confusión y dolor de perder la capacidad de decidir, lo que se roba protagonismo serán, las secuelas que cargue de por vida.

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Stanley Kubrick explora un peculiar lado de estos adolescentes, vándalos que se pasean por la oscuridad, escondidos de los ojos de la autoridad, al margen de la ley. Amparado en las imágenes relacionadas muchas de ellas al arte Pop, símbolo de novedad en su época, la película reconstruye espacios planteados en el libro que no necesariamente coinciden con él. Es evidente que la fortaleza de la que goza la película es el matrimonio entro lo visual y sonoro, la diestra conjunción de la música clásica y los espacios sugeridos en la novela.

Por ello, me atrevo a decir que la película es producto de la riqueza narrativa de la novela. Su labor fue tomar con las manos un torrente de imágenes, y aunque muchas se le escapasen entre los dedos, las que pudo conservar las explotó a su manera, regalándonos así esta extraordinaria película que rompe con tal precedente apropiándose de ella, sin temor al fracaso; cabe resaltar que el factor de la no popularidad de Burgess en los siguientes años a la publicación de su novela, ayudó a desatara la libertad creadora de Kubrick, sin presión alguna de transformar en propio los planos ya sugeridos con anterioridad.

No discuto en lo absoluto el trabajo de Kubrick (imagínense), ni tampoco pretendo afirmar que él solo se colgó de un trabajo superior, ya concluido, que fue la homónima novela de Burgess, simplemente exhorto al público que disfrutó de La naranja mecánica (1971) de Kubrick  (y a los que no), que se aventuren a hacerlo con La naranja mecánica (1962) de Burgess; no se arrepentirán. Es uno de los pocos ejemplos donde se rompe esa maldición de “ver antes la película que la novela”, pues la novela no sufrirá en lo absoluto la huella de Kubrick, y si llega a sufrirla, en el transcurrir de los capítulos, la presencia de Alex, no Malcolm Mcdowell, sino del Alex literario, ese real, inseguro y perverso que todos llevamos dentro, la arrebatará protagonismo de forma indiscutible. Se los aseguro. Será una experiencia agradable, y sobre todo reveladora (claro, para los que hayan visto la película), por el capítulo veintiuno, ese, el que se “olvidó” Kubrick, será la revelación de la historia conocida por todos nosotros, y no lo niego, esa revelación será propensa a que la detesten y digan “me quedo con la película”, o no. Ustedes decidan.