De aquellos días de cacería…

Por: Fausto Barragán

La última cacería (Norma: 2012) es la reciente entrega del escritor peruano Víctor Andrés Ponce. Tras su novela Las muertes de Emilio (2008), vuelve al ruedo con una fresca y breve historia, en la que nos cuenta la vida del niño Carlos Fernández, y sus avatares en una Lima que respira los mandatos del régimen dictatorial de los años 70´s, creciendo sin saberlo entre la frustración de vivir inválido de por vida y la incertidumbre por lanzarse contra las funestas condiciones que buscan retenerlo en los confines de su habitación. Es sin duda una considerable muestra de lo versátil que resulta este joven escritor, dándola vida a un pequeño niño que tiene una gran historia por contar.

Carlos Fernández, niño de siete años que sueña con ser un jugador de futbol profesional, es el protagonista de esta historia. Pero tal afición por el balompié, sólidamente arraigada, se eclipsa por un accidente automovilístico, al ser atropellado mientras jugaba en la pista con sus amigos. Luego de ello, empieza a cuestionar su vida, como si ella no tuviera sentido, reflexionando cuáles serían las oportunidades brindadas a un niño lisiado que le permitan sobrellevar el peso de sí mismo. Y para ello, la repentina llegada de su abuelo (Manuel Fernández), será la fuerza que necesite para lograrlo. La historia es sencilla, se basa en la voluntad de un joven de afrontar las adversidades que la vida le obliga a encarar.

En cuanto al narrador, podemos ver su honestidad al presentar de frente y sin reparo, el trágico accidente que marca la historia. No apuesta por exponer primero toda una vida llena de metas e ilusiones, para que luego sea interrumpida por un funesto final. Más bien trabaja a partir de ese incidente: un niño de 7 años víctima de un accidente, el cual lo vuelve un lisiado de por vida. Es ahí que estriba la destreza del narrador, al igual que la humildad con la que diseña su visión del mundo; la inocencia, la ilusión, el respeto, la fe de un infante, y su despertar a la vida, sea posiblemente la protagonista, más que los mismos personajes en la novela.  

En cuanto al aspecto formal, puedo afirmar que no ambiciona demasiado. Apuesta por la narración simple, directa, con un orden claro y definido. Los saltos de tiempo, retrospecciones, prospecciones y demás desajustes que desvíen la atención del lector, no se asoman, salvo en pequeñas elucubraciones y anécdotas de los jugadores de la edad de oro del futbol peruano, que no obedecen a otro fin, que el de encaminar la historia. Por otro lado, hablar de La última cacería sin hacer mención del catálogo futbolístico de aquella dorada época en el deporte nacional, centrándose únicamente en los dramas personales de un chico de 7 años, sería restarle injustamente mérito a la novela. Una historia se sostiene si bien es cierto por los personajes y el manejo verosímil de la misma, pero también, ella presenta soportes en su contexto, que le confieren un mayor espacio de desenvolvimiento a los personajes, y a la vez, un viraje distinto al rumbo de la historia. Uno de estos temas, es el futbolístico. Recordemos que buena parte del libro está dedicado a enardecidos debates y amenas charlas sobre los jugadores, los equipos y los resultados que más calaron en el imaginario peruano, destacando de toda esta pléyade, al Nene Cubillas.

Los personajes presentan ligeras variaciones, características superficiales, propias de niños de esa edad. Algunos de ellos, como el gordo Rodríguez y Rita, en los que el narradores grafica sus bruscos cambios emocionales, intentan darle un cariz equitativo a la narración, aunque Carlos (el narrador) se los lleva de encuentro. Son personajes pasivos que no presentan grandes reflexiones, a diferencia claro, de Carlos, quien se ve obligado a crecer de manera veloz, evitando decepcionar a papá Manuel (la revolución de su vida), a su familia, a sus amigos, y sobre todo, a él mismo.

Por último, hay que resaltar la naturaleza jerárquica en las relaciones de los personajes. Ella, se presenta como la constante búsqueda por parte del protagonista de una figura patriarcal. Carlos, es un sujeto en crecimiento, y por lo mismo, adolece de rumbos seguros que seguir en la vida; primero sigue a su hermano, que deja las cacerías de ratas en los parques por el enamoramiento, después de liderar a este pequeño grupo de cazadores, al cual Carlos pertenecía. Después, tenemos la llegada del abuelo (Papá Manuel), rescatando a Carlos de la depresión post-accidente. Este último, es el cambio radical que lo vuelca a salir de su cuarto y vivir. Es por medio del abuelo que Carlos interactúa con el mundo y realiza proezas nunca antes imaginadas. Podríamos hablar entonces de una configuración a través de la figura tutelar como tensión que impera en la atmósfera narrativa de la novela.

De esa manera, La última cacería no espera sorprender al lector con técnicas formales, ni bruscos cambios en el desenlace. Es la presentación de una historia, en la voz de un niño que es arrogado a la realidad bruscamente, y que una vez en ella, es interpelado por hostiles condiciones que lo mueven a tomar una decisión: seguir o no en la cacería del día a día.

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El amor y otras guerras

Por: Fausto Barragán

Si nos preguntamos ¿cómo debería ser una novela de la violencia política en el Perú? ¿Qué elementos debe tener para conferirle mayor verosimilitud? ¿De qué tópicos se debería asir para mantener el interés o impactar al lector? Creo que deberíamos evaluar cuáles son sus componentes, y de qué manera hacen mella en aquel. De por sí, el tema que se explota genera una sensibilidad particular, al margen de las estrategias narrativas de las que se sirva el novelista, que nos obliga a voltear la mirada, y darnos cuenta de que no hablamos de simple literatura, sino de una parte de nuestra historia,  esa que nos es difícil olvidar. Entonces, como de justa (y a veces injusta) manera fuimos testigos de una serie de publicaciones de ejemplares de ese tipo, desde escritores andinos, capitalinos, y hasta extranjeros; desde novelas comprometidas, las que buscan presentar melodramas baratos, o las que se aprovechan del contexto solo para elaborar un thriller, etc., todas son la prueba de que existen muchas maneras de afrontar nuestra historia. Hemos recibido de todo. Y así también como existen tales novelas, hay las que nos ofrecen lecturas alternativas, que exploran terrenos vírgenes dentro del mismo escenario funesto. Una de estas, es la que nos ofrece De amor y de guerra (Norma 2005) de Víctor Andrés Ponce. Un libro que definitivamente nos presenta otro lado de la guerra, uno que va más allá de escenas en parajes provincianos fantasmales roídos por la sombra de sendero luminoso, o por las fuerzas del orden. Nos vuelve testigos de traumas, paranoias, y secuelas irreparables que de seguro nos dejó la guerra interna en nuestro país.

La novela se compone por dos temas capitales: la religión, que es descrita como un vigente proceso de evangelización en un pueblo subdesarrollado, “Rinconada”; y las alucinaciones, que persiguen a los dos protagonistas de esta historia, moviéndolos a cometer los hechos más extremos, pero que a la vez, son propios de una guerra. Las acciones se desarrollan en varios planos temporales. Los saltos al pasado y al presente son constantes, no solo al narrar la historia de los protagonistas y de cómo llegaron a involucrarse en el conflicto, también de los escolares miembros de este grupo de resistencia civil (ronderos), y hasta de la figura del líder de las fuerzas terroristas, “el Manco Miguel”, mostrando sus primeros pasos en el campo, sus ilusiones, traumas, y las causas que lo llevaron a liderar la revolución en esa parte de la región. Los apartados no tienen un patrón fijo, ni un orden predeterminado en cuanto a dar la posta a las voces de algunos personajes. Estos saltos temporales, nutren la novela compensando “aparentes” vacíos e inconsistencias que un lector (primera lectura) pueda advertir. Vemos así que el narrador está constantemente un paso adelante del lector, y de esto, él mismo una vez sumergido en la lectura dará fe. De amor y de guerra narra principalmente la historia de Nicomedes Sierra, proveniente de una familia pequeño-burguesa, hijo de un hacendado beneficiado por la reforma agraria en los años de Velasco, y profesor de una escuela del pueblo de Rinconada, que luego de vivir por años en dichas tierras, queda proscrito por los terroristas que sorpresivamente ocupan la región, acusado de “terrateniente”, abandonando esos predios, hacia la capital. Es en esta ausencia, que se produce el macabro asesinato de su amada Violeta, hecho que permanece impune a la ley local (mostrándose su evidente corrupción). Nicomedes experimenta una muerte dentro suyo, la cual lo convertirá en una persona con agallas suficientes para encabezar la resistencia en Rinconada. Como también, empezará un diálogo con el más allá, específicamente, con Violeta, a quien a partir de ese momento, le dirigirá la narración, informándole los avances de su plan, que dicho sea de paso, tiene como fin máximo, no liberar a Rinconada, tampoco (en parte) vengar a su fallecida amada, sino, emprender el último viaje que lo lleve a ella. Así es, la muerte.

De amor y de guerra aparece dentro del canon literario popularizado a fines del siglo XX en el Perú, “literatura de la violencia política”, como una inquietante y peculiar propuesta, narrada por la voz de aquellos héroes olvidados dentro del panorama bélico: los ronderos. Son ellos quienes sostienen la narración, esa colectividad de brazos en alto con fusil en mano, esa voluntad por hacerle frente al abuso, a la matanza injustificada, y a la profanación de un pueblo con historia, costumbres y tradición, arrancado sin razón alguna por los denominados “Tucos”. Los pobladores, sin ayuda del estado, es más, con trabas puestas por él,  se ven obligados a decidir  entre vivir o morir. La presencia de Nicomedes y los miembros de su escuadrón, le dan una sólida formación al matrimonio amor/guerra presentado por el autor.

Así mismo, otro de los personajes a quien se entrega la narración es, Lucio Sulluchuco, pastor evangélico de Rinconada,  fiel seguidor y creyente de las Sagradas Escrituras, a quien muchas veces serán ellas mismas las que lo tormenten en su afán por explicar las desgracias desatadas de forma imprevista en su pueblo. Su situación es la de un humilde trabajador, que cautivado por la palabra divina (Sagradas Escrituras) asume la convicción de propalar esta misma, a aquellos faltos de fe, y desamparados espirituales hambrientos de luz y esperanza. Es un activo colaborar del pueblo, y preocupado por el devenir espiritual de su gente. Su historia, transcurre entre el constante cuestionamiento de sus sólidas creencias religiosas, a partir de la premisa “este infierno que estamos viviendo ¿será el mismo que dicta el Apocalipsis?”. Es por ello, que constantemente es asaltado por dudas existenciales, vuelcos repentinos y trastornos de la realidad, siendo esta característica, pólvora para los hechos traumáticos que le toque vivir, y lo motiven a levantarse en armas, cual ángel vengador, hasta que los causantes de su desgracia paguen por haber encendido la mecha, sea cual sea el final.

Víctor Andrés Ponce apuesta por la humanidad obviando los paisajes terroríficos, y los clásicos enfrentamientos entre las fuerzas armadas y terroristas, para centrase en la búsqueda interna de sus actores, y sus pequeños dramas particulares que son los que al final de todo, sostienen la narración. En ningún momento se llega al uso y abuso de los personajes como ornamento para dar rienda suelta deliberadamente a las historias de otros. Este pueblo, Rinconada, es el que rebosa de vida, lo dice el relieve de sus tierras (ceja de selva), el misticismo de sus animales, y sobre todo, la gente que lo compone. Si bien es cierto, que tienen dos figuras centrales (Sierra y Sulluchuco), éstas, no impiden el asomo de voces que alteren el rumbo de la historia con pequeños paralelismos dramáticos, permitiendo al lector voltear la cara, no hacia atrás, sino hacia los lados, y ser testigo de que la novela es capaz de alcanzar a todos los personajes, desde los protagónicos, hasta los que aparecen ocasionalmente. Es por eso que De amor y de guerra presenta una solidez narrativa, en donde ningún personaje, y por supuesto, ninguno de sus dramas, están de más. Todos retornan en algún momento de la historia golpeando al lector en la cara, haciéndolo caer en cuenta de su descuido. Un claro ejemplo de que en la literatura, nada es gratuito.

Y al respecto de las críticas en cuanto al “amor más allá de la muerte”, y lo “exagerado” que resulta en el contexto de la guerra su diálogo con Violeta, cabe mencionar y resaltar que dentro de la ficción (pues recordemos que por más que toque este tema, sigue siendo una “novela” ) el trastorno que experimenta Nicomedes, es tan válido, como muchos de los habidos y reportados en guerras, no solo en la que nos tocó vivir, sino en muchas más. Para abordar la novela, debemos asumir que el narrador nos presenta a sujetos alterados psicológicamente, expuestos a los más severos cambios físicos y mentales, y sobre todo, proclives a una inminente locura. Ese drama crítico es el que alimenta a la novela. Y si necesariamente, el lector pretende anular dicha condición, obviamente estaría ante un texto mutilado y sin valor.

Y para finalizar. Me queda decir que ésta novela, si bien no es la última de Víctor Andrés Ponce, es la que lo catapultó, dándole lugar dentro de la narrativa peruana contemporánea. Tras haber tenido con Los aniquiladores (San Marcos 1999) un debut relativamente flojo, con la novela aquí tratada, demostró de qué estaba hecha su pluma. Es, De amor y de guerra, en definitiva un libro que no puede pasar desapercibido. No solo por los temas que presenta (la violencia política, la religión, el parricidio, el narcotráfico, entre otros.), sino por la destreza con la que logra hilvanar estos pequeños dramas, y por la violencia con la que encara a la sensibilidad del lector.