Una película muy racional

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Woody Allen nos sorprende pero, esta vez, no por lo genial de sus guiones, planos, temáticas o, en fin, sus loables tributos a los directores de toda su vida (I. Bergman y G. Marx, etc.), sino por jalar excesivamente la atención del público hacia la copia más repetida y explotada del mismo Woody; solo con la sinopsis se puede ejemplificar ello. Un catedrático de filosofía, seducido por la idea del suicidio, se enamora de una de sus alumnas y, a partir de ello, vuelve a recobrar su brío juvenil. De esta manera, termina concretando elucubraciones, con un ímpetu romántico, aunque estas no sean del todo legales. Acompañados de la usual banda sonora, los brotes de comedia no parecen ser suficientes para evitar que la película se sumerja en la niebla de la que sus protagonistas, Joaquín Phoenix y Emma Stone, con su insulso sarcasmo, no pudieron rescatarla
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Irrational Man (2015)

Woody Allen

París no se acaba nunca

Por: Lenin Pantoja Torres

 

París es una fiesta, dice Hemingway. Y no nos encontramos en el libro del mismo nombre, ni en uno de sus cuentos, tampoco en algún artículo periodístico. Nos encontramos en la última película de Woody Allen: “Midnight in Paris” (“Medianoche en París”), donde el director neoyorquino brinda una protagónica ubicación a ciertos personajes literarios. Ahora, es probable que esa vieja idea de que Allen es un cineasta demasiado europeo dé mucho pan para rebanar a los entendidos en cine, y es que a pesar de que la recepción en el último Festival de Cannes no haya sido la más propicia, esta película vuelve sobre uno de los tópicos más atractivos (y tradicionales, a la vez) del cine y la literatura: París, la ciudad donde imaginación y arte son posibles. Y, precisamente, es algo parecido a la imaginación lo que lleva a Gil Better (Owen Wilson) a construir ese mundo ideal que siempre le produjo nostalgia: París de los años veinte.

“Medianoche en París” es una película cercana a la literatura no solo por el tratamiento de su historia sino también por la estructura de la misma, una forma que desafía las tan comentadas y estudiadas teorías de la ficción o, incluso, aquellas fronteras diluidas entre realidad y ficción. Gil Better es un escritor a punto de casarse con la hija de un empresario que viaja a París para concretar unos negocios. La joven pareja aprovecha esta oportunidad para conocer el lugar que cautivó y sigue cautivando a tantos escritores. Gil es un guionista de Hollywood con una posición cómoda en el mercado cinematográfico pero ahora encuentra en París el punto de inicio para convencerse de su verdadera vocación por la literatura, es decir, dejar todo para envolverse en la magia citadina de un lugar que le estimula terminar su novela.

La nostalgia que genera un pasado mejor, la negación del presente doloroso, “el complejo de la Edad de Oro” es el punto de partida de la película. Durante poco más de hora y media Gil tratará de luchar contra este sentimiento que lo perturba, un estado de ánimo que se ve representado en dos mujeres que lo conectan con ambos mundos sobre los que debe elegir: su prometida Inez y la realidad del siglo XXI o Adriana y París de los años veinte. El punto de quiebre, la frontera de un mundo a otro es la medianoche, momento en que Gil aborda un auto de su época añorada y reconstruye un París artísticamente apetecible. Así conocerá a Scott y Zelda Fitzgerald, Ernest Hemingway, Cole Porter, Picasso, Dalí, Buñuel y hasta una sensacional Gertrude Stein protagonizada por Kathy Bates. Como dijimos, no solo esto es lo literario en la película, también este mundo alterno nos remite, de modo distinto, a la idea estructural de “Las ruinas circulares” de Borges o, para acercarnos más al cine actual, “Inception” de Christopher Nolan: una historia que se construye dentro de otra historia. Aunque la propuesta de Allen es el paralelismo, la idea es similar.

¿Puede leer mi novela?, pregunta Gil. La odio, contesta Hemingway. Pero si no la ha leído, dice Gil. Si es mala, la odiaré; si es buena, la envidiaré y, por eso, la odiaré al doble; no pida la opinión de otro escritor, sentencia Hemingway. Más adelante, Gerturde Stein le dice a Gil que la tarea del escritor no es sucumbir ante la desesperación, sino encontrar un antídoto para el vacío de la existencia. Estos son dos pequeños ejemplos de los buenos diálogos que hay en la película. Sin duda, el trabajo en el guión ha sido muy agudo al elegir las frases, así como los momentos idóneos donde colocarlos. Allen sabe que la historia del film rebasa la intención de mostrar París como la ciudad de los sueños artísticos, por eso las panorámicas del inicio, donde se registra la vida parisina, tratan de rescatar y reflejar una magia que aún hoy persiste, un encanto que Gil deberá tratar de comprender no como escape sino como realidad casi al final de la película.

Se puede acusar a Woody Allen de tratar un tema por demás trillado en el cine y la literatura, pero su perspectiva es la que posibilita un mejor resultado. Quizá lo menos positivo de las películas de Allen sean las construcciones exactas de algunos de sus personajes, delimitaciones que bordean el estereotipo. Esto no ocurre en “Medianoche en París”, pero sin duda Gil nos recuerda a esos típicos personajes de Allen que hablan y hablan, entremezclando ideas y situaciones, comentarios con argumentos, verdades con mentiras, realidad con ficción, y que ya se han convertido en una marca registrada del cineasta. Finalmente, quizá unas palabras que Hemingway le dice a Gil resuman mejor la idea de esta película: “Si eres escritor, tienes que ser el mejor escritor. Pero no lo vas a discutir aquí conmigo, ¿o prefieres que sea en el ring?” El ring es la hoja misma. Hemingway le dice a Gil que no se ponga a divagar mucho, que escriba y punto. Así era la actitud de Hemingway, clara y directa como su prosa. Asimismo, si esta película tiene un mensaje, es que la vida no es perfecta, que no nos debemos detener a reflexionar sobre sus defectos, simplemente debemos vivirlos.